jueves, 25 de diciembre de 2008

Fulgor de una mañana indiferente

La cena había transcurrido con absoluta normalidad. La pavita de Mamá, la salsita saborizada de Papá, el vino tinto, el brindis de las 12, el soplar las velitas, el que los cumplas feliz Bruno, el me acuerdo cuando estabas en la panza de tu mamá cómo jodías antes de nacer che, los abrazos, el juntarnos en el balcón a mirar la ciudad iluminada -cada vez menos- por los fuegos artificiales, el goteo de las visitas posteriores, los primeros tangos, el folclore y la guitarra.

Son situaciones que se imponen cada 24 de diciembre en casa, más allá de las variaciones lógicas del paso del tiempo y de la partida o de la llegada de seres queridos en ese círculo movedizo que es la vida misma. Había decidido celebrar mi cumpleaños esa misma noche; no el 25 como de costumbre, lo que presagiaba ya de entrada un festejo diferente. Los amigos fueron llegando de a poco en un creciente rugir de encuentros, y en poco tiempo el ambiente pasó de ameno a desordenado. Suele suceder: la casa es chica y en cuanto viene gente, la cosa se desborda con facilidad. Sumado a la cantidad -nada escueta- de alcohol y de distintos cócteles que habíamos preparado, la cosa venía un poco feroz.

Alrededor de las 6 de la mañana nadie hacía ni el atisbo de retirarse. Entonces decidimos comprar más bebidas y cigarrillos. Sebastián ofreció su camioneta, y lo acompañamos el Flaco, el Negro y yo. Recorrimos varios lugares hasta que encontramos uno en avenida Sarmiento y Maipú. En el camino veníamos cantando lo que Seba dictaminaba en su coche. Si no me equivoco escuchábamos algo de Los Redondos a todo volumen, cantando medio a los gritos. Las latas de cerveza rodaban por el piso, y también de mano en mano, al vaivén de la inercia de todo movimiento vehicular. Cuando la camioneta se detuvo, el Flaco se bajó como pudo para ir al kiosco. Paradito en la acera, esperaba que pasasen los autos para poder cruzar la avenida. Su pulcra vestimenta de horas atrás ya no era la misma. Su impecable camisa blanca estaba ahora un poco roída por el estrago, y desprendida por demás.

Coqueteaba con su desequilibrio etílico en plena avenida. La arteria estaba muy transitada y los autos pasaban a toda velocidad. El Flaco no encontraba el momento preciso para cruzar. El semáforo estaba en intermitente. Tenía que encontrar un hueco de tiempo y espacio para poder atravesar y llegar al kiosco. La situación nos divertía. Él ahí afuera, con su particular postura, sin poder cruzar; nosotros ahí adentro riéndonos junto a él de su impotencia. De pronto comienza el show. El Flaco da un pasito hacia adelante como para cruzar, pero cuando un auto pasa a toda velocidad a centímetros de él, retrocede como bailando, desafiando a la muerte. Siempre nos hacía reír de esa manera. Era el más querido por todos. Estuvo así unos 5 o 6 minutos, yendo y viniendo por la avenida para hacernos reír. Nosotros nos divertíamos en las butacas de la camioneta. No veíamos entonces las predicciones del espanto.

Cuando encontró un hueco, cruzó la primera mitad de la avenida y llegó a la platabanda. Pero el juego continuaba allí afuera, y adentro ahora sonaba La Renga. “Estaba el diablo mal parado…” cantaba Chizzo, y en ese momento el Flaco amagó con otro cruce. Pero retrocedió de nuevo. A mí se me cae justo la lata de la mano. Me agacho a buscarla tanteando en la alfombra del vehículo. En esa oscuridad donde todo es táctil, busco mi lata a tientas. Siento la cerveza volcada en la alfombra, mis manos empapadas. Respiro con dificultad en esa posición tan incómoda de agacharse sentado a buscar algo en el suelo, mientras la sangre sube a la cabeza. Oigo, de golpe, un estampido seco, brutal, a metros de mí, seguido de una ensordecedora frenada de auto, y después el silencio. Un sórdido silencio difícil de olvidar.

Entonces los taxistas corren hacia la avenida. Entonces ¡llamá la ambulancia, boludo, llamá, que está vivo, está vivo! Entonces su camisa blanca manchada de sangre. Entonces el pavimento todavía huele a goma quemada. Y yo lo abrazo tendido en el suelo, inerte, besándole la indigna muerte que asoma por su boca. Oigo gritos de mujeres desesperadas, los vecinos que se despabilan en las aceras mirando cómo a nosotros se nos desdibuja el futuro. Por allá, ajeno y solo a las cosas, el conductor del vehículo le da cabezazos a una pared. Sebastián llora sentado en la platabanda, vencido; al Negro no lo veo en ningún lado, y las miradas insolentes de los perros se acercan a ese río colorado de sangre y estupor. El último aliento de la mañana permanece indiferente ante la muerte, mientras el Flaco, nuestro Flaco, va volando al infinito.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Zona liberada

Cuando me di cuenta, el reloj marcaba la 1 de la madrugada. En una ciudad donde todos los bares y discotecas están obligados a cerrar, por ley, a las 4 a.m., que la aguja esté pasando ya por el número uno es un problemita de tiempo bastante serio para quien quiera salir a divertirse o tomar algo con cierta comodidad temporal. La inútil ley que obliga a cerrar los bares y boliches a las 4 de la madrugada se cumple a rajatabla por estas tierras. Todas las demás leyes no; pero ésta, y la que prohíbe fumar en cualquier lugar público y cerrado, sí que se cumplen; siempre se cumplen. Si ésta es una ciudad seria, caramba!

Yo tenía ganas de salir a tomar algo con algún amigo. Era miércoles y llovía, lo cual lo hacía difícil. Pero tenía ganas igual, qué se yo… había recibido algunas buenas noticias durante el día (por fin de las buenas!) y tenía ganas de salir un poco. Miré el reloj otra vez y marcaba ya la 1.15. No, no da para llamar a nadie a estas horas. Además, quién querrá salir un miércoles lluvioso por la noche, cuando ya es la 1.15 de la madrugada y en esta ciudad no tenés tiempo para nada.

Resignado e insomne, me conecté a Internet. “El Inter de Porto Alegre se quedó con la Copa Sudamericana”, leía en un portal de noticias y no se por qué me acordé de Brasil, de esa otra patria que fluye por mis venas. En ese momento, se abre una ventana por el msn.

Adolfo dice: estás?
Bruno dice: sí, qué hacés?
Adolfo dice: nada, aquí ando, vos?
Bruno dice: bien, con ganas de salir un poco
Adolfo dice: si querés pasame a buscar y salgamos un rato
Bruno dice: vos decís?... no es muy tarde?
Adolfo dice: no boludo… venite y vemos qué hacemos, si salimos o nos quedamos acá
Bruno dice: bueno, en 10 minutos paso por ahí.
Adolfo dice: Ok.

Los beneficios que trae Internet son inconmensurables, pensé. Cerca de la 1.35 llegué a casa de Adolfo. Él también habrá tenido ganas de salir porque estaba esperándome en la puerta cuando llegué, cosa muy poco habitual en él. Dimos unas vueltas, y justo enfrente de la Plaza Urquiza, nos sentamos en un bar a tomar unas cervezas. Lo hicimos en la vereda, refugiados debajo de un toldo para no mojarnos. Adentro no había lugar para sentarse, un dúo tocaba música en vivo a un volumen exageradamente alto, mientras unos señores de 50 años bailaban muy divertidos. Como teníamos ganas de charlar tranquilos, nos sentamos afuera.

La conversación fue amena y el tiempo se hizo más corto de lo que ya era. Cuando el reloj marcó las 4 a.m., con puntualidad inglesa las luces del bar se apagaron, los dos músicos se llevaron calladitos sus instrumentos, y los cincuentones salían a los tumbos con el celular en una mano y el whisky en la otra. Nosotros tuvimos que tomarnos medio a las apuradas el último sorbo de cerveza. Con Adolfo nos miramos, y entre resignados y –mal- acostumbrados, subimos al auto para volver a casa.

- Llevame a comprar cigarrillos antes, por favor-, me dijo Adolfo. Fuimos a un 24 hs. conocido por ahí cerca. Justo al lado hay un bar que los fines de semana se convierte en un sitio bailable. Es uno de esos lugares periféricos, muy elemental, donde se escucha cumbia y para el que no existe ninguna ley.

Vimos varias mesas ocupadas en la vereda con botellas de cerveza recién abiertas, delatoras de la impunidad. Sin decirnos nada, caminamos hacia allí, nos sentamos en una mesa. Eran las 4.30 a.m., a plena luz de la noche, y ese lugar estaba abierto y vendiendo alcohol. La lluvia había parado, pero un viento fresco comenzó a empujar. Decidimos sentarnos adentro. “Adentro no vas a poder fumar”, le dije ingenuamente a Adolfo. Me miró y no dijo nada. Entramos igual. Pedimos cerveza, y un cenicero. Dos cosas que en Tucumán no se pueden pedir después de las 4 a.m., en ningún sitio cerrado. Nos trajeron lo que pedimos. Adolfo fumaba con mucho placer, cómodamente sentado en el bar, como si infringir una norma diera más sabor a la pitada. Yo hacía lo mismo pero con mi vaso, con una tácita sensación de venganza. Pensé en tantas noches en que a las 4 a.m. me obligaron a volver a casa, y ahora me sentía como en otra ciudad, o en otro país, donde se puede volver a casa a la hora que uno elija.

Ya había pasado mucho tiempo después de las 4 a.m. y en nuestro alrededor la gente fumaba y bebía como si nada, cuando toda la ciudad ya había apagado la luz y puesto el despertador, al ritmo que impone la ley y su férreo control policial de todas las noches. En nuestro ahora adorado bar estas cosas no suceden. Allí no hay ley. Allí descansa la impunidad. Es zona liberada
.


Nota del editor: el nombre del bar mencionado no se dará a conocer bajo ninguna razón. No queremos que por esta publicación alguien vaya a controlarlo. De todas maneras, una de las dos palabras del título de éste post forma parte de su nombre que tiene cuatro (4) palabras. Está premeditadamente puesto allí. Si alguien lo adivina, ganará un premio: tomar una cerveza y fumar un cigarrillo gratis en este bar abierto después de las 4 a.m. Invita, cordialmente, elreinodelreves.com.

martes, 2 de diciembre de 2008

Sólo quería que no doliera tanto

La fila era larga. El transcurrir lento de los piececitos de los pasajeros, con sus bolsos arrastrándose en el impoluto piso de Barajas, justificaba cualquier tipo de diálogo entre León, Nube, Mery y yo. Estábamos ahí porque en minutos más me subiría a un avión que me trajera de nuevo a la Argentina.

En momentos así, precedentes a una separación o despedida, es aconsejable apartar a un lado los pensamientos dolientes o proféticos, sumergirse ciegamente en una conversación urgente, sin importar mucho el tema. Lo que importa, de verdad, es anular como sea esa tortura que se produce antes de despedirse de alguien a quien se quiere, en la que el destino es un poco justiciero de vaya a saber qué culpabilidad, y manosea un poco ésas vidas que se separarán vaya a saber por cuánto tiempo.

Aunque más no sea para mitigar esa lenta y doliente agonía que precede a la muerte de una despedida, decía, estábamos en la fila mis amigos y Mery entablando conversación. Yo tenía en mis manos el pasaje y el pasaporte listo para ser presentado ante los empleados de mi compañía aérea. Madrid había sollozado lágrimas de otoño durante todo el día, y un frío sin pasado parecía haber nacido recién aquélla noche entre nosotros. Yo intentaba reír, hacer de cuenta que no me iba, empujar con fuerza y valentía ese nudo incómodo y creciente que se producía en mi garganta.

León, un buen amigo que se había ofrecido con su esposa Nube a llevarme al aeropuerto, es policía. Justo ése día había viajado a Mali junto a otros compañeros en una misión cuyo objetivo era llevar de regreso a ése país a un grupo de africanos que había intentado ingresar ilegalmente en España.

Uno lee cotidianamente noticias sobre inmigrantes ilegales en los medios españoles. Pero pocas veces uno tiene la posibilidad de hablar con un protagonista directo de un flagelo cuya solución los europeos siguen sin encontrar. Mi vocación periodística y su curiosidad a tiempo completo, quizás, me llevaron a interesarme en aquélla misión. Para León era algo habitual, que ya había hecho varias veces en su trabajo. Para mí era una singular posibilidad de saber un poco más sobre aquello, algo que no se publique habitualmente en los medios.

Entre pregunta y respuesta, entre un paso y otro de la larga fila, mi amigo León me contó mucho: que van y vuelven en el mismo día; que dejan a los africanos en el aeropuerto y se marchan; que casi no tienen tiempo de asimilar el entorno y dónde están; que es muy cansador ese tipo de trabajo; que en algunos casos es riesgoso, según el lugar adonde vayan, y más cosas me contó León. Cosas inesperadas, que nunca había oído y leído.

- Antes de partir en el avión hacia el país africano que nos designen, coordinamos con las autoridades africanas algunas cuestiones-, me comentó León.
- Cuestiones como qué?-, pregunté.
- Pues en muchos casos nos piden que les llevemos mercaderías de aquí de España.
- Mercaderías?
- Sí, botellas de whiskys, algunas cajas de habanos, ése tipo de cosas.
- Pero con qué razón exigen eso? (huele un poco a coima, pensé, en argentino básico).
- Sin ninguna razón. Nosotros sabemos que si no llevamos lo que nos piden, no podemos aterrizar en sus territorios.
- Y si no aterrizan, qué pasaría?
- Dónde dejamos los negritos?
- O sea que es una extorsión-, pensé. ¿Pero no debiera el Estado de Mali, en este caso, cuidar y recibir nuevamente a sus legítimos habitantes que se han marchado ilegalmente a España?
- Debiera. Pero lamentablemente no es así, Bruno. Para nosotros la inmigración ilegal es un problema serio, y no queremos regresar con los negritos en el avión otra vez. Así que no nos queda otra que llevar lo que nos pidan para poder cumplir nuestra misión. Sino, insisto, no nos dejan aterrizar en sus territorios.

En ese momento, un señor gordo, con dos pesadas valijas, me miraba desde atrás con impaciencia porque la conversación con León me paralizó tanto, que olvidé que estaba en una fila de pasajeros que querían llegar pronto al mostrador de nuestra compañía aérea. Puse cara de circunstancia, como pidiendo perdón al señor gordo –creo que era mexicano, lo vi en su pasaporte- y completé el hueco de la fila caminando unos pasos hacia delante.

- León, no te puedo creer lo que me cuentas (no se por qué cuando hablo con amigos españoles el acento argentino se me anula inconscientemente). Es increíble.
- Es así Bruno. Increíble pero cierto.

El pequeño dato de León me conmovió. Repasé en mi pensamiento tantas cosas leídas sobre la inmigración ilegal en la prensa gráfica; vistas en la Televisión Española, pero no había nada como esto. Nada. Ni siquiera lo de las camas calientes en Madrid, historia ya comentada en este blog.

- Pero entonces es un negocio… -, pensé en voz alta.
- Por qué te crees que muchos arriesgan sus vidas en subirse a barcazas precarias, cayucos insostenibles, para llegar a tierra española todos los días?-, preguntó al aire León.
- Bueno, por la situación de pobreza que atraviesan, porque están buscando un mejor lugar para vivir…
- Sí, Bruno… pero la mayoría viene engañado. En las costas africanas hay gente que se aprovecha de la gente pobre y les dicen que España es el paraíso, que llegando aquí les esperan con trabajo digno, un sueldo, una vida mejor. Y por ese traslado les cobran mucho dinero.
- Y son ésos mismos pobres a los que luego el Estado no quiere recibir de nuevo si no les llega el whiskisito y los puros?

Ya no había nada que hacer. Yo buscaba hacer de cuenta que no me iba, apartar como sea mis pensamientos dolientes y proféticos, hablar de cualquier cosa. No de los africanos que engañan a africanos; no de los que mueren en el mar intentando buscar un horizonte mejor en la vida. Yo sólo quería olvidarme de mi partida y amenizar como sea la profusa agonía de las despedidas. Me salió mal, evidentemente me salió mal.

Ahora ya estoy en el avión, arrancado de todo y de todos, con una espina clavada en mi estado de ánimo ya bastante vapuleado; y aunque es de noche y no se ve nada por las ventanillas, sé que debajo de mí, justo once mil metros debajo de mí, hay negritos desesperados cruzando el mar; justo debajo de mí, África y su dolor. Yo la atravieso desde el cielo empotrado a la comodidad del avión y pienso en tantas cosas que no son precisamente whiskis o habanos.

Se apagan las luces. En 11 horas llego a mi casa. Intento dormir. Olvidar mi partida. Yo sólo quería que no doliera tanto. No tanto… no tanto así.

jueves, 6 de noviembre de 2008

El día que no pude cantar el cumpleaños feliz

Mikel se apartó un momento de la multitud. Lo hizo en silencio, con pasos cortos, casi sin que nadie se diera cuenta. Los demás estábamos conversando amigablemente en el jardín, con una copa de vino en una mano y algún que otro tentempié en la otra. El aire era frío en el pueblo, pero un tímido sol de otoño se las arreglaba para brindarnos un poco de calor. Las horas transcurrían con esa automática manera de ser de los relojes, del tiempo detenido que es la paz de todo pueblo.

Cuando pensó que era el momento adecuado, Mikel fue hasta su auto y buscó el regalo. En ese momento sintió un apretujo de lágrimas abrazarse a su garganta; el corazón le latía fuerte. Abrió la puerta, tomó entre sus brazos el inmenso cartel enrollado y volvió a la reunión. Entonces todos habíamos terminado de comer, y algunos hasta se animaban a repetir una taza más de café, como para pelearle al viento frío que seguía machacando. Cuando Mikel entró otra vez al jardín, fue hasta la loma que estaba entre nosotros. Creyó que allí era un buen lugar. Arrojó al césped el póster, se agachó y comenzó a desenrollarlo lentamente. Lo hizo con calma y sigilo como para no interrumpir la serena digestión de los que estábamos ahí, sin darnos cuenta de lo que iba a suceder.

Cuando el último centímetro de cartel vio el sol, un silencio brutal estalló entre nosotros. “Felicidades”, en castellano; “Zorionak”, en euskera. Eran las únicas dos palabras que había en la gigantografía, y de fondo una foto inmensa de él, de Guillermo, el amigo, el hermano, el colega que cumplía 29 años aquél día y por quien todos habíamos coincidido en aquél mismo lugar, en aquélla misma tarde.

Nos fuimos acercando al cartel. Queríamos mirar más de cerca su cara, su sonrisa amplia y transparente que se desplegaba en el inmenso prado del jardín de su casa. Felicidades, Guillermo, felicidades dije para mis adentros mientras lo miraba… ahí, recostado y horizontal sobre el jardín. En la distancia se oyó un grito desconsolado. “¡Mikel!, ¡Mikel!, donde estás!?”, gritaba Manoli, mamá de Guillermo, mientras zigzagueaba entre la gente buscándolo. Y Mikel estaba en un rincón, detrás de la escena, sentadito en el suelo, con las manos apretando sus rodillas. Manoli fue hasta él casi corriendo y lo abrazó sollozando, fuerte, quizás agradeciendo el regalo, el homenaje, el agasajo para su hijo Guillermo que sus amigos habían preparado.

Había 200 personas alrededor de ése cartel. Familiares, compañeros, colegas, amigos de todos los rincones del país se habían dado cita hasta el pueblo por él. Cómo le querían… Todos allí con la mirada perdida en los ojos de Guiller, en esos ojos que no olvidaremos y que ése día cumplieron 29. Yo había viajado mucho para estar ahí, y de alguna manera agradecí a Dios el haber podido ir. Miré los ojos de Guillermo, su foto, su sonrisa una vez más, y se desprendieron sobre mi memoria aquéllos recuerdos que me unían a él. Yo no era su amigo, no he compartido con él más que un puñado de excelentes momentos; apenas los suficientes como para darme cuenta de su singularidad, de su ser tan especial.

No se quién fue el que detrás de mí rompió con valentía el murmullo hecho de sollozos, y comenzó a cantar: “Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz”. Otros valientes se unieron al canto y la voz se hizo plural. La mía se hizo silencio y no pudo unirse a las demás.

Dos semanas antes de aquel día, el de su cumpleaños, Guillermo había partido. Amaba la montaña, las alturas, las cumbres. Y como si fuese una analogía de la vida, escaló un monte, llegó a la cumbre y no regresó nunca más. Sus amigos y su familia quisieron agasajarlo igual. Como si estuviera vivo, como si él mismo hubiese organizado todo; un cumpleaños al revés, donde el agasajado no estuvo. Pero… ¿quién dijo que no estuvo?

Alguien aquélla tarde me explicó el por qué de esa foto en el cartel. Guiller se la había sacado a él mismo, con su celular, frente a un espejo. Luego de sacársela le dijo a quien estaba con él.

- ¿Ves esta foto que me acabo de sacar?
- Sí, ¿qué pasa con ella?
- Pues guárdala... guárdala siempre contigo
- ¿Acaso quieres que vaya en tu epitafio?
- Pues no estaría nada mal.

Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, cantaban una vez más los invitados con la mirada perdida, casi como un suspiro, como un pedido al cielo o como un grito enronquecido que clama por consuelos de felicidad eterna. Te deseamos todos, cumpleaños feliz…

domingo, 12 de octubre de 2008

Cosas que la fama no puede cambiar

Hace cinco años, las circunstancias de la vida me llevaron a grabar un spot publicitario que se vio en la televisión de Tucumán. Se trataba de una propaganda política en la que yo actuaba de un joven medio que, en un mitin con otros jóvenes, hablaba sobre lo bueno de tener acceso a ciertas oportunidades en la vida, cosa que sólo su candidato podía darle, claro está. Recuerdo que tuve que soportar estoicamente bromas y críticas de todo tipo en aquél entonces.

Una tarde, a la salida de una iglesia, una señora me apretujó sin más y llamó a sus amigas octogenarias para que también me abrazaran y manosearan porque les había gustado mucho mi discurso. Con educación agradecí sus palabras y salí corriendo. Lo que ellas no entendieron jamás, era que lo dicho en la propaganda no eran mis palabras, sino la del joven que yo representé actuando. Otra vez, conversando con un reconocido productor de televisión de mi ciudad, con quien en esos días trabajábamos en un programa de rock, me comentó lo siguiente: “Por Dios, ¿viste la propaganda del boludo ése? A quién se le habrá ocurrido semejante idea. ¡Es patética!”. Al principio me sorprendí, pero después me di cuenta de que el productor no me había reconocido. Entonces decidí hacerle pasar un mal momento. “No sólo la ví –le dije- sino que yo mismo la hice. El chico patético de la propaganda soy yo”. La cara del reconocido productor se desfiguró totalmente, y recuerdo haber disfrutado mucho de ése momento. Luego intentó minimizar su crítica y hasta elogiar ciertos aspectos de la propaganda. Tanta falsedad fue demasiada para mí, asi que me fui.

Seis meses después de lo patético de todo esto, una tarde mi amigo Mocho tenía que trasladar unos muebles de su casa hasta su estudio de diseño gráfico. Quería reacomodar su ámbito de trabajo y pensó que los viejos y abandonados estantes podían reciclarse allí. Así que me llamó por teléfono y me pidió el favor de llevarlos en mi auto. Sin ningún problema accedí y salimos en horas de la siesta. Recuerdo que hacía un calor infernal. Yo salí de casa con una bermuda, sandalias, musculosa y una gorra. No llevé ni siquiera mi billetera, ni mis documentos ni nada de nada, como suelo hacer. Total, era trasladar eso en el coche y de vuelta hacia casa a la frescura del aire acondicionado.

Recuerdo que el auto apenas podía moverse: llevaba adentro y afuera un montón de estantes, muebles y maderas con lo cual había que conducir despacito. Ibamos por avenida Além; en la intersección con Bolivar crucé un semáforo en rojo, a 40 km por hora. Inmediatamente escuché el pitido inconfundible de un agente de tránsito que me pide que detenga el coche. Tuve la desgracia de que justo en esa esquina, en horas en que nadie trabaja y hace un calor infernal en Tucumán, había paradito allí un agente de tránsito dispuesto a trabajar. Quizás si no hubiera ido tan cargado me animaba a huir, a jugar un poco al ladrón y al policía. Pero las circunstancias no me dejaron. Detuve el auto.

- Buenas tardes caballero, me permite los documentos del auto y su licencia de conducir, por favor?

- Hola Agente. Me va a disculpar pero salí apurado de casa y no traje nada de lo que usted me pide.

- Señor, usted acaba de cruzar un semáforo en rojo y no tiene documentos ni licencia de conducir.

- Lo sé… no lo puedo negar. Pero le soy sincero, salí apurado de casa, estamos llevando estos muebles y ya volvemos. Le pido disculpas.

Yo veía que el agente mi miraba. No como quien mira a una persona que acaba de infringir la ley y a la que está por llevar a la comisaría. Me miraba con curiosidad, inspeccionando mis facciones. Pensé que se debía a mi vestimenta, o quizás me estaba confundiendo con algún delincuente y contemplando la posibilidad de llevarme detenido. Todo esto pensé en fracciones de segundo mientras, ya resignado, esperaba la estocada final del agente: la multa, la detención o el pedido de coima (costumbre muy arraigada en esta ciudad por parte de los agentes de tránsito que cuando te pillan en una, para salvarte, te piden unos pesos para “el sándwich y la coca” sic.). Sin embargo, yo no tenía ni para la coima ese día, así que estaba completamente desprotegido y entregado a su decisión. A mi lado, mi amigo Mocho hizo un ademán como para sacar unos billetes y solucionar todo de una buena vez, pero inmediatamente lo detuve sin que me viera el agente y le dije que no hiciera nada de eso. Salíamos con la nuestra, o no salíamos.

- Señor, me veo obligado a retener su auto-, me dijo como queriendo asustarme y obligar mi ofrecimiento de coima.

-Agente –dije sonriendo, buscando complicidad- de verdad que si tuviera alguna posibilidad de solucionarlo lo solucionaría. Pero mire cómo estoy, no traje nada de nada. Sé que cometí un error, pero no le puedo decir otra cosa. Haga lo que tenga que hacer: la multa y todo eso, y déjeme ir porque estoy apurado.

El hombre seguía mirándome de esa manera. Se sorprendió un poco por mi respuesta. Se quedó mirándome en silencio unos segundos más. Yo lo miraba a los ojos. Hasta que me dijo:

- Usted es el de la propaganda?

Cómo explicar lo que sentí en ese momento. No sabía si reírme, si sentirme aliviado ante la posibilidad de que el agente fuese un fan de aquel anuncio de seis meses atrás y por ende me dejara ir en libertad, o agarrarme de los pelos ante su pregunta tan particular.

- Sí, soy yo – le dije- pero ha pasado mucho tiempo ya de aquélla publicidad

-¡Usted no se da una idea lo que a mi mamá le gustó esa publicidad!-, exclamó. Si ella se entera de que estuve hablando con usted, se va a volver loca. Se emocionó tanto con sus palabras...

- Bueno, le agradezco mucho. Me alegra que a su madre le haya gustado ese anuncio; pero ya pasó mucho tiempo… me gustaría irme ya…

- ¡Qué linda que estaba la propaganda! – volvió a exclamar casi gritando, agarrándome del brazo izquierdo-. Si no es mucha curiosidad de mi parte: ¿cuánto le pagaron por eso?-, preguntó.

- Nada, nada… lo hice absolutamente gratis.

- ¡No, no puede ser… ¿en serio!? ¡Pero si estaba tan buena!. Le deberían haber pagado algo.

- Y bueno compañero, así es la vida-, dije como queriendo cortar la charla.

A mi lado, el Mocho estaba descostillándose de la risa. La situación era muy surreal, como muchas de las que ocurren por estas tierras. Soporté el entusiasmo del agente como pude, hasta que me dice:

- Bueno, don Bruno. Vaya nomás. Aquí no ha pasado nada. Vaya con cuidado, eso sí, con tantos muebles.

- Le agradezco mucho agente, ¿cómo es su nombre?-, pregunté para darle mayor intimidad a nuestro encuentro.

- González, agente Pedro González-, me dijo extendiéndome la mano.

- Bueno González, hasta la próxima!-, me despedí.

Al parecer, en el reino del revés, aparecer en la televisión te exime de ciertas multas y obligaciones. De lo que no te libra ni te librará jamás, es de lo que ocurrió al final de esta historia.

- Don Bruno… perdone ¿no? ¿Por casualidad no le sobraron unas moneditas para el sándwich y la coca?

jueves, 25 de septiembre de 2008

Entre los cerros y yo

Hace exactamente un año, regresé a Tucumán tras el exilio voluntario en España. Recuerdo que en los días previos a mi llegada me preguntaba cómo sería volver a casa. Imaginaba ése momento dibujando en mi cabeza múltiples escenarios para un barrio y una ciudad muy poco acostumbrados a cambiar. Me preguntaba si las calles estarían iguales, si el ciber de la esquina seguiría estando allí, o si la panadería de al lado de casa siguió subsistiendo con las mismas y escuetas ventas de panes, tortillas y medialunas. En realidad el que había cambiado era yo, no tanto el barrio; y mi mirada sobre él y la ciudad nunca más volvería a ser igual. Tampoco el tiempo transcurrido en el exterior fue el suficiente como para que cambiaran tanto las cosas por acá. Aquí la palabra cambio se pronuncia con labios de cristal, cada 15 o 20 años; y el transcurrir de la historia es un tren detenido en los andenes de un subdesarrollo integral.

Cuando llegué a casa después de un año sin verla, subí al sexto piso de mi departamento; y lo primero que hice fue salir al balcón, a ese pequeño pulmón del hogar, para comprobar cuánto había cambiado mi horizonte barrial. Justamente desde allí, donde uno puede mirar toda la ciudad hacia el Norte, el amanecer y el Parque 9 de Julio hacia el Este, y todos los cerros hacia el Oeste. Ah, los cerros tucumanos… los cerros! pero… “¿y los cerros?”, pregunté casi para mis adentros en ese instante. Ya no estaban allí, en la puntita de mi nariz. Ahora sólo alcanzaba a ver una masa de hormigón, una premonición de edificio que pronto llegaría alto, quizás demasiado o apenas lo suficiente como para nublar irremediablemente y para siempre el cielo de mi balcón.

En la vida, los paisajes y los horizontes personales sí que suelen cambiar, por lo que me acostumbré pronto a este, digamos, pequeño detalle. A lo que quizás no me acostumbro –he aquí, tarde, la razón de este relato- es a esos obreros de la construcción que trabajan en el pseudo edificio que se está erigiendo justo al frente de mi casa, entre el cerro y yo. Hace un tiempo ya que he cambiado las montañas por el hormigón, y he pasado muchas mañanas detenido, observando no ya el sol caer detrás de ellos, sino la obra creciente, la doméstica Babel tan llena de impunidad.

Mis tres años estudiando en la Facultad de Arquitectura apenas me habilitan a decir que esos obreros no cumplían ni cumplen con ninguna norma de seguridad personal. Están ahí, colgados de los andamios sin más que una gorra desgastada en la cabeza; no tienen ni guantes, ni cascos, ni rieles que puedan sujetar sus cuerpos mientras bailan por los aires desafiando la gravedad y la muerte. En el interior no hay señalizaciones ni carteles de seguridad que puedan prevenir cualquier accidente. Se pasean por las cornisas silbando bajito, pasándose los ladrillos de mano en mano; y cualquier intercambio de palabras no es un dialogo sino un griterío; y cualquier traslado de algún material no es su movimiento de un lugar a otro sino un arrojo violento y descontrolado que provoca un ruido ensordecedor. El transeúnte que camina por la acera debe bajar a la calle cuando pasa por allí, y los camiones que entran y salen provocan un caos vehicular ocho veces al día.

No hay conciencia del valor de una vida humana en ningún ámbito, y mucho menos en las obras en construcción de Tucumán, cuyo número ha crecido en los últimos años de una manera nociva, sin contar las muertes ocurridas en el sector. Y parece que no bastasen las vidas humanas evaporadas debajo de los escombros ruinosos de la inseguridad, ni tampoco la falta de control de un Estado cada vez más ausente. Nada parece ser suficiente; ni siquiera la resignación de los obreros que se pasean por las cornisas con total despreocupación ante la precariedad de sus ámbitos de trabajo. Desde lo alto, no sólo vociferan ingeniosos piropos a las damas caminantes del lugar, sino que arriesgan sus vidas día a día sin que nadie los cuide, los proteja o los instruya.

Hace ya tiempo que cambié los cerros por la impunidad. El horizonte de mi balcón ya no es el mismo que era. Hoy está poblado de obreros gritones e inseguros que nadie cuida, inmersos en una estructura deficiente de hormigón que nadie controla, y tapando los hermosos cerros tucumanos que ya nadie puede mirar porque el reino del revés está justo enfrente, en ese punto exacto y pendular que va del encanto de un paisaje natural al desencanto de la realidad lisa y llana. Un mundo dado vuelta plagado de muertes que ya nadie recuerda. Justo aquí, enfrente de mi casa… entre los cerros y yo.

jueves, 21 de agosto de 2008

De otro planeta

Al entrar se produce un desconcierto. No se sabe muy bien si estás entrando en un bar, en un pub, o en una discoteca. La categorización es imposible. Las paredes están empapeladas –literalmente- con afiches de conciertos, recitales y promociones de artistas de los ochenta: The Ramones, La Fura dels Baus, Hombres G, Lou Reed, entre tantos otros. Las luces son tenues y van variando de colores pop a cada rato y en cada ambiente del lugar. Llama la atención ver en las paredes y en la barra varias pantallas (no son planas por cierto) viejas pasando Tom y Jerry en blanco y negro, y en silencio. Muchas veces el audio del gato y el ratón se traslada a todo el lugar generando aún más desconcierto, y llevando hasta el límite la paciencia de algún desprevenido que haya llegado hasta ahí con ganas de bailar punchi punchi . Luego, el gato y el ratón callan y la música -siempre de los ochenta- regresa. Y todo vuelve a ser como antes.

En un momento veo entrar a alguien con una remera blanca y una inscripción en letras grandes y negras que dice así: “Who the fuck is Mick Jagger?”. A su lado, una negra muy gorda con falda corta y sandalias marrones baila poseída un góspel rockanrolizado. En la parte de atrás hay una mesa de pool donde algunos juegan con su cerveza y taco en mano. Los techos son bajos, a veces demasiado, por lo que el lugar está lleno de humo y de calor. Cuando voy al baño veo en la puerta otra inscripción con letras grandes: "Hoy es un buen día… para morir". No la escribió ningún estudiante apocalíptico con lapicera; todo forma parte de la decoración que ya no es decoración sino restos de una época que sobrevivió hasta hoy. De eso se trata: de una atmósfera. Esa que envolvió a toda una generación, protagonistas de un movimiento cultural sin precedentes en los ochenta mundialmente conocido como la movida madrileña.
Por eso, todo lo que se ve ahí dentro no es puesto adrede. Es lo que quedó del pasado. Es lo que quedó encerrado en esas paredes y que forma parte de un momento de la historia que marcó la vida y el destino del imaginario colectivo de toda una generación. No es un lugar del 2.008 con decoración y música de los 80’. Es un lugar de los 80’ con decoración y música de los 80’. Esa es la atmósfera de la que hablo, y que te envuelve y que te traslada; que te hace vivir un momento que no viviste, o revivir aquello que olvidaste.

Nunca fui un apasionado de los 80’. Pero muchos de los que están ahí, bailando o conversando como si nadie los estuviera viendo, tienen ropas de aquélla época. No es que estén producidos a los 80’. Son así! Y yo los miro como si miraría mi infancia. En aquel tiempo yo sólo era un niño. Y no están pasados de moda, como diría cualquiera. Cultivan un estilo de vida que los ha marcado; se resisten a los cambios cada vez más veloces del mundo actual y permanecen en un pasado compuesto por tantos ingredientes, que llega al presente simple mirando el futuro quizás sin preocupación, y así ponen de patas para arriba los tiempos verbales, y ya todo lo demás. Por eso este lugar permanece intacto desde hace 25 años. Cuántas cosas han cambiado en ese tiempo, menos este lugar. Allí quedó encerrada una época que no quiere salir ni adaptarse a los nuevos tiempos como indica la lógica posmo.

Toda tribu urbana es un poco así: busca componentes en común y se identifica y expresa mediante ellos, concurriendo casi siempre a los mismos lugares. Quizás son sólo eso. Pero son diferentes de los demás, y también del mundo de hoy. Y está justamente en Madrid, allí donde sobran las opciones de ocio y nocturnidad, donde las nuevas tendencias y la moda están a la vuelta de la esquina. Justamente aquí, desafiante y de pie permanece este lugar gritando que hoy es un buen día para morir, justo ahora que todos quieren vivir hasta morir. Y se preguntan quién carajo es Mick; y visten la ropa que yo ya tiré a la basura y tienen la valentía de coincidir conmigo en un mismo lugar.

Ahora, me pregunto cuál es el anverso y el reverso de esta trama; me cuestiono si el revés está en esa atmosfera entrañable cargada de pasado o si está en las calles que la preceden y que forman parte del mundo actual. En cualquier caso, el revés es un lugar. Éste se llama ‘La Vía Láctea’, y es de otro planeta!

martes, 5 de agosto de 2008

En Lavapiés las camas nunca duermen

El contraste es brutal. No son más de quince minutos los que hay que caminar para pasar de un escenario a otro: por un lado la multitud de turistas invadiendo de fotografías la poblada Puerta del Sol –centro neurálgico de Madrid-, las remeras con inscripciones estúpidas (Joé, qué caló!), souvenires, tapas, cañas y Viva España!, calles asfaltadas y peatonales preñadas de consumismo. Por el otro, hombres y mujeres vestidos con túnicas; coreanos, japoneses y chinos; africanos, árabes y orientales; restaurantes de comida india, turca y pakistaní; adoquines y calles angostas y empinadas. Entre un escenario y otro, apenas unos pasos. Una ciudad dentro de otra ciudad.

Se trata del ingreso al mítico Lavapiés: el barrio que alberga la mayor mezcla de España de nacionalidades, culturas y colores. Un mosaico plural de etnias donde bulle cierta bohemia, cultura y arte alternativos, progresismo y activismo social.

Allí mismo, en la calle Jesús y María, me encontré con Hassan, un joven pakistaní que atiende un diminuto y acalorado bar donde apenas se pueden beber unas cuantas cosas. Me contó que vive hace un año y medio en Lavapiés, que está sin papeles y que la mayoría lo está, y que espera algún día poder traer a sus hermanos a Madrid. En la conversación que era amena y cordial, ya casi pensando en retirarme y seguir caminando, le pregunté por dónde vivía, si alquilaba una habitación y esas cosas. Para cualquier joven, pakistaní o español, es casi imposible alquilar un departamento para él solo, dado el alto precio que se cobra; lo que se acostumbra entonces es compartir viviendas donde cada uno tiene su propia habitación. Eso es lo normal.

- No, -me dijo Hassan- yo alquilo una cama
- ¿Cómo una cama? Será una habitación… -dije,
- No amigo. Alquilo una cama por horas para poder descansar, cuando yo termino con mi turno, entra otra persona a la misma cama, y así sucesivamente.
- Pero cuántos son en esa vivienda?
- Debe haber unos quince colchones más o menos, todos juntos.

Lo que sentí entonces fue una mezcla rara y absurda de pena, bronca e impotencia. Para los ‘ilegales’ de Europa sí que hay una ley, no escrita, pero clara y contundente: aprovechá lo que tengas en cada momento porque en cualquier momento quedás en la calle. A Hassan no le quedaba otra que alquilar un colchón por ocho horas para poder dormir; a veces la tarifa incluía el baño, a veces no. Este método muchas veces está marcado por el horario laboral: así cuando un residente va a trabajar, cede su lecho para que sea ocupado por otro.

Hassan me contó que este sistema utilizado en los pisos sobreocupados de Lavapiés se conoce como el de “Camas Calientes”, en el que los inquilinos duermen rotatoriamente subalquilando camas, colchones o camastros. En algunos casos hasta se alquilan sofás, alfombras o lo que sea para descansar un poco. Y otro dato: “sólo una persona es la que tiene el permiso de residencia y es quien responde ante el propietario –dice Hassan-. Nosotros no tenemos ningún vínculo contractual con nadie”.

Tanta realidad arrojada a la cara así de golpe resultó ser como un grito agudo e insoportable. Yo, que tan sólo paseaba por Lavapiés, que apenas quería caminar sus cuestas, sentir sus aromas, respirar esa multiculturalidad tan arraigada, me fui de ahí con un sabor amargo difícil de digerir. Tenía que suceder justo en este barrio que se jacta de la ‘tolerancia y el respeto’ hacia el vecino; de ser ‘laboratorio de culturas’. Y tenía que ocurrir justo aquí, en la España de la abundancia y del bienestar. Paradojas del primer mundo, pensé.

El pequeño dialogo con Hassan fue una experiencia corta que durará largamente; como la palabra 'adiós'. Charlar con él fue como si se me abrieran los ojos de repente. Ahora dejo posar por Lavapiés una mirada diferente. Ya no veo lo de antes. Miro cada tienda y cada bazar; los rasgos en los surcados rostros del inmigrante; oigo los idiomas imposibles que se oyen en cada esquina y que no es el español; observo las vestimentas diferentes… Tantos mundos unidos en un par de cuadras, tantos sueños disueltos y sin futuro; tantas esperanzas de resucitación; tanto silencio en el pecho de cada uno de los que viven amordazados por el cadalso de la ilegalidad, pero redimidos por la humanidad que cada ser posee en su calvario.

Que Lavapiés es un lugar mítico, una manera de vivir, un estilo y una historia… es verdad. Pero también lo es la crueldad de las ‘camas calientes’ a la vuelta de la abundancia. Quizás esta sea la otra cara de la realidad. El reino del revés viene a decir que no está solamente presente en el sur; que no todo es tan bueno como parece, y que en Lavapiés, justa y tristemente en Lavapiés, las camas no descansan, no se enfrían, no duermen. Están siempre… calientes.

sábado, 26 de julio de 2008

El optimismo también existe

Esperaba una puteada. Una gran puteada, de las de siempre. De esas que me vocifera el taxista cada vez que vengo a Buenos Aires y al subirme en la estación de ómnibus de Retiro, le digo con soltura ‘llevame a Maipú y Córdoba, por favor’.

La mayoría de las veces que vengo a Capital lo hago con una mochila que me permite, tranquilamente, recorrer a pie esas 10 cuadras y evitarme así dos cosas: el gasto de subirme a un taxi, y la puteada, claro está. Pero otras veces, como ahora, vengo cargado y necesito imperiosamente un medio de transporte más o menos cómodo que me lleve a destino; a mí y a la valija, en este caso, pesada.

Digamos que ya es casi un ritual el que se genera cada vez que tengo que venir a Buenos Aires: el preparar mi equipaje en casa, el buscar monedas; muchas monedas para darle: al señor que sube la valija al ómnibus en Tucumán; al señor que la baja del ómnibus en Buenos Aires; y al señor que te abre y te cierra la puerta del taxi en Retiro. Tantas monedas y un presupuesto para justificar la estúpida costumbre de darle dinero a gente a la que no estás obligado a darle nada. Como a esos de los estacionamientos en la propia calle, cuando vas a ver un espectáculo, a la cancha o a tomar un café con amigos. '¿Se lo cuido maestro?'. Decía, en todo este ritual, cuando veo que será inevitable el taxi en Retiro, lo que no puedo dejar de preparar es mi cabeza para el momento en que lleguen las puteadas. Lo hago de manera inocente; como si preparándome para eso me doliera menos el encontronazo. Por ejemplo, la última vez que vine, en mayo de este año:

- Pero hermano, ¿no te podés ir caminando? No me podés hacer esto. Eso es de putos. Tomate el bondi si tenés valija, loco.

Cosas así uno tiene que soportar en Buenos Aires de la boca de un pelotudo que está laburando gracias a vos que te subís a él para que te lleve a cualquier lado. Por eso, otro día y hablando con otro taxista –mi amiga Marta sabe bien que me encanta charlar con ellos- una vez le pregunté:

- Pero por qué se enojan tanto?
- A ellos no les gusta salir de la Terminal por un viaje tan corto, hermano. No les conviene. Hacen la fila de taxis un montón de tiempo para que venga uno como vos y le pida que lo lleve aquí nomás, a 10 cuadras. Ellos están esperando agarrar un viajecito a Ezeiza, o a Aeroparque. Por eso se enojan.

El hombre me confirmó lo que yo ya sabía. Pero aún sabiéndolo, cada vez que me toca el infortunio, soporto la puteada como puedo, y digo por dentro ‘que se cague, si no le gusta que me baje’, y listo. Así que se hizo una pintoresca costumbre esto de llegar siempre a Buenos Aires con un coro de puteadas. Eso, y todo eso, hasta ayer.

Venía de buen humor; el viaje había sido perfecto y yo había dormido casi todo el trayecto, lo cual es para celebrar largamente. Mientras estaba en la fila esperando un taxi, y ya imaginando el vocifero incipiente, veo aparecer lentamente un viejo Peugeot 504, el que me tocaba a mí. Traté de adivinar si la cara del taxista me sugería algo, aunque rápidamente me subí, le di la monedita al señor que me abrió la puerta y una vez adentro del coche, digo: 'Maipú y Córdoba, por favor'. Se produjo un silencio. El hombre balbucea y mueve los labios en voz baja:

- Maipú y Córdoba; maipú y cór-do-ba… maipú y…. mmmm, a ver a ver, podemos ir por Além hasta Córdoba, o por Santa Fé… aunque siendo hoy viernes, estará todo tapado, maestro.

Ya tantas palabras de entrada y que ninguna sea las puteadas que habitualmente escucho me pareció como encontrar una flor en pleno desierto. Lo cual me generó inmediatamente cierta simpatía hacia el atípico taxista del Peugeot 504. ‘Vamos por donde sea más rápido’ le dije sin más. Pensé, casi creyendo adivinarlo, que su buen trato se debía a que posiblemente fuese su primer día de trabajo, que llevaba en la sangre ese entusiasmo un tanto pueril de los que recién comienzan, y otras tantas conjeturas para explicar tanta rareza.

- Hace mucho que estás en la calle con el auto?-, pregunté.
- Uhh… toda una vida, querido. Pero uno se acostumbra. Cualquiera puede pensar que por estar aquí metido entre tanto estrés, uno odia este laburo. Pero no… uno se acostumbra. Mirá, te digo más: cuando yo estoy subido al auto es como si estuviera de vacaciones (sic). Aquí soy feliz!

A esta altura yo no sabía si el hombre fumaba marihuana en las mañanas, si estaba delirando o si en realidad no había dormido tanto en el ómnibus como pensaba. Yo creo que me encontré, finalmente, con uno que no reniegue ni putee ni hable mal del gobierno –esa tan argentina costumbre en los taxis, no?-. Seguimos charlando, me contó que vive en Escalada, que no es como la tele dice, no señor, lo de la inseguridad es mentira, es hermoso lugar para vivir, además aquí nomás, a 15 minutitos del centro, cruzando el puente. Que tiene una hija y que se llama Sol. Que menos mal que viniste hoy, porque ayer estaba lloviendo una barbaridad, hoy al menos tenés solcito. Que venís por laburo o de vacaciones? Que sí, esta ciudad tiene sus cosas, pero es linda… que se yo.

Y así seguimos… subiendo por Além hasta Córdoba y de ahí hasta Maipú. Al llegar al destino, le pagué, tomé mi equipaje y le di la mano a modo de despedida. Cuando estaba ya cerrando la puerta, con medio cuerpo en la calle y medio cuerpo adentro del Peugeot, escucho que me dice algo. El taxista me dice algo que yo no escucho bien. Entonces giro mi cabeza hacia él.

- ¿Qué dijiste?-, le pregunto.
- Bienvenido a la jungla, hermano… Bienvenido y que la disfrutes-, dijo con una sonrisa apenas perceptible.

Yo seguí mi camino, casi impávido pero a la vez reconfortado. Quizás pensando en que en el reino del revés todo puede suceder, incluso el optimismo. Que puede salir de pronto una flor en el desierto, incluso en Buenos Aires; y que al llegar te reciban, incluso, sin las mismas e impunes puteadas de siempre.

miércoles, 16 de julio de 2008

Las banderas de la indiferencia

Salí de casa pensando en un e-mail que me envió una lectora de este blog. “A no perder la capacidad de asombro, Bruno. Después de todo, algunas cosas nunca cambian” me decía en el epílogo de su correspondencia. Minutos más tarde, me encontraba caminando por la calle Mendoza hacia 25 de Mayo. Había salido con la firme intención de reponer mi gran elenco de medias y calzoncillos, tarea tantas veces postergada por años de pereza y de cierta melancolía hacia los trapos íntimos viejos. En ese instante, mínimo y vago, en que pensaba que nada podría interrumpir mi cometido, a lo lejos pero cada vez más cerca comencé a escuchar un estruendo de tambores, redoblantes y bombas.

Por un momento, debo reconocer que me ilusioné con la posibilidad de ver en la calle una murga; quien sabe uruguaya, que haya podido desempolvar un poco el estrago que ocasiona caminar entre el caos y el desorden de un microcentro cada vez más concentrado. Pero no; lamentablemente mi pueril ilusión duró lo que un helado al sol, chocándose quizás con la más cruda realidad.

Casi al llegar a la esquina, oí con creciente estridencia el repiqueteo de los tambores, aún sin verlos. Los oía llegar, de a poco. Apuré el paso para comprobar lo que deseaba que fuera, ya casi ensayando unos aplausos y pasitos murgueros que, vaya a saber por qué, uno siempre cree saber hacerlos. Cuando llegué y pude divisar la otra calle, me choqué no sólo con el final de mi ingenua ilusión sino con esa porción doliente de habitantes del reino del revés que, como animales llevados al corral, son arriados a actos de políticos que no conocen, con reivindicaciones sociales que ignoran, y portando banderas con imágenes de líderes que vaya a saber quiénes son. Todo esto, por la módica suma de un pancho y una coca. Quien sabe cuánto más, o cuánto menos.

Me detuve a mirarlos. No los miré en su conjunto como los miraría un distraído, sino que fui directamente a las personas; más precisamente los miré a los ojos, bien de cerca; escudriñé cada paso, cada acción, el modo en que caminaban y en que, supuestamente, manifestaban. Detrás de ellos venía el superior mirándolo todo atentamente, como un pastor latigando el rebaño. A los pocos minutos me sumé; caminé con ellos y seguí la turba de costado, sin dejar de mirarlos.

Algunos parecían derrotados, se les notaba en la manera de caminar, en los hombros caídos; otros, marchaban resignados como autómatas sin saber, ni intención de saber, lo que les obligaban a hacer. Había entre la masa de gentes, adolescentes cargando banderas rojas con el icono mundialmente conocido del líder revolucionario Che Guevara, no habrán tenido más de 16 años; también había ancianas, muchas ancianas, caminando como podían del brazo de sus hijas o de otras compañeras ocasionales de matadero, que iban cargando más banderas, esta vez celestes, con la figura de Eva Perón. No entendí muy bien el desconcierto de ver a Evita y al Che en una misma manifestación; uno al lado de la otra. Seguí caminando. Tuve ganas de conversar con algunos de los manifestantes, preguntarles cosas, tratar de encontrar las respuestas a tantos ‘por qué’ que se me venían en ese momento a la cabeza.

Descubrí que nadie cantaba, ni gritaba, ni nada. Sólo caminaban hacia la Plaza, calladitos y obedientes. La derrota del silencio la producía solamente el incesante golpear de los tambores; ni siquiera ya las voces de una porción de habitantes que reclama algo, ni las ideas que puedan tener sobre un modelo de país. No me importó en ese momento la ideología de los organizadores -responsables del macabro desfile- sino el manoseo, la compra-venta de libertades que se derriten al calorcito aparentemente plácido de un dinero espurio, para sumar un número raquítico en una plaza tan cansada como yo.

Me dio temor, debo reconocer, hablar con ellos. Sólo los seguía, a la vera. Hasta que entre la muchedumbre una chica me llamó la atención: caminaba con la mirada perdida, a saber en qué estaba pensando, y abrazada con las dos manos a una caña larga y vertical con una de esas banderas rojas. Me acerqué tímidamente, y le pregunté:

- Sabés cómo se llama ese hombre de tu bandera?

Fue como si se despertara de un largo sueño; me miró sorprendida, como enojada, y levantó pronto la mirada hacia el cielo que no era el cielo sino Guevara. Volvió a mirarme. Y sin decir palabra, su respuesta fue un mudo encogimiento de hombros. ‘Ni se ni me importa’ parece haber querido decir su adolescente lamento.

Ya no quise preguntar más. El después de todo, algunas cosas nunca cambian volvió a mi cabeza. Sólo atiné a bajarla, doblé en la otra esquina y seguí mi camino. Al menos… yo sabía por qué caminaba; conocía la razón de mi destino. Pero si ella lo hubiera sabido; si al menos hubiera dicho el nombre de la figura estampada en su bandera, todo hubiera sido diferente… infinitamente diferente.

En el reino del revés, los líderes de ayer se han convertido en banderas de producción seriada. Esas que ella llevaba sin saber por qué. Esas que hoy… son tan sólo indiferencia, y derrota.

miércoles, 9 de julio de 2008

Errores que matan

Nunca había donado sangre en mi vida. Y no se si por suerte o por desgracia (dadas las circunstancias de esta historia). Hace unas dos semanas lo hice, no por altruismo ni filantropía; el papá de un amigo la necesitaba. Así que fui a la Sala 5 del Sanatorio del Parque acompañado por Sari, un amigo que iba a lo mismo que yo. Él, médico clínico, sabía a lo que iba y estaba como si nada. Yo, cagón reprimido, no sabía cuál sería mi reacción. Fuimos tempranito, en ayunas, para sacarnos el medio litro de sangre correspondiente a cada uno, y luego estamparnos un desayuno digno que retribuya, aunque sea psicológicamente, el medio litro faltante.

Siempre que uno va al médico, lo hace pensando en los minutos y en las horas que pasarán hasta ser atendido. Al menos en mi caso. Así que fui con la idea –optimista- de una módica espera, digamos, de no menos de 30 minutos. Al llegar al lugar indicado para las donaciones de sangre, para variar, nos informaron que la hematóloga no estaba; pero que esperásemos, que pronto llegaría. Realmente fue así, y sin demasiadas sorpresas Sari entró a la sala de donaciones.

Desde el pasillo, podía oír la amena conversación que mantenía Sari con la doctora mientras duraba la extracción. Esto me inquietaba sobremanera: no podía entender que alguien pudiese estar conversando amenamente con una aguja clavada en una vena, durante 8 o 10 minutos, mientras se le quita medio litro de sangre. Cosas de médicos, pensé; y me preguntaba cómo reaccionaría yo en el momento en que la hematóloga comenzase a darme charleta, minutos más tarde.

Para animar un poco la muerte que son siempre las esperas en los pasillos de hospitales, busqué en mi billetera mi carné de conducir y miré qué tipo de sangre es la mía. Sabía que era RH-Negativo; pero no sabía el grupo sanguíneo. Como seguramente la doctora me lo preguntaría, quería estar seguro para dar mi respuesta.

Minutos más tarde, Sari salió de la salita 5 y al verme entrar -habrá notado la palidez de mi cara- me dio una reconfortante palmadita en los hombros. La doctora me hizo un par de preguntas de rigor y me invitó a recostarme en una camilla con forma de sillón de masaje. Me arremangué solito la manga del brazo izquierdo y esperé el pinchazo con estoicismo y respiro profundo. A partir de ahí, la mente ayuda bastante; puede llevarte a todo tipo de lugares y escenas para abstraerlo a uno de tanta tortura. Y no se si estaba en alguna playa de Bali o jugando al fútbol con amigos, cuando escucho de pronto:

- Qué grupo sanguíneo sos?
- Grupo 0, RH-Negativo- contesté con seguridad.
- Bien- dijo la doctora y siguió en lo suyo.

No se cuánto habrá durado este pequeño intercambio de palabras en mi mente, pero al ratito ya me habían retirado la aguja, y yo estaba reposando en el inmenso sillón, sosteniéndome con el brazo derecho el algodón alcoholizado sobre el puntazo. Más tranquilo, pensando ya en el desayuno incipiente, iniciamos un pequeño dialogo intrascendente con la médica, mientras ella, de espaldas a mí, recogía unas muestras de mi sangre para su posterior análisis. Yo miraba el techo y hablaba... cuando de pronto me interrumpe:

- Debe haber un error.
- Por?
- No sos grupo 0; sos grupo A.
- Bueno, debe ser lo mismo-, dije sin pensar con quién hablaba.
- No -me dijo- no es lo mismo.
- Pero lo vi en mi licencia de conducir, mire-, dije.
- Eso dice tu licencia –dijo al comprobar el documento- pero tu sangre dice otra cosa.

Me quedé en silencio. Absorto. De no haber sabido este detalle, si el día de mañana tengo un accidente en mi Renault 12 y me ponen sangre de otro grupo sanguíneo –los bomberos o paramédicos mirarían mi licencia de conducir inmediatamente para conocer mi GS- literalmente me muero. Y yo no lo sabía! Andaba por ahí cargando en mi billetera una posible muerte por transfusión de sangre equivocada, producto de una reacción hemolítica fatal.

Ahora, más tranquilo, me pregunto quién habrá sido el responsable de ese error en mi licencia de conducir: el médico estatal que me revisó cuando saqué mi carné por primera vez a mis 18 años; o alguien que, al transcribir los papeles, escribió "0" en vez de "A" en mi grupo sanguíneo.

En realidad, a veces puede ocurrir que en el reino del revés, “0” y “A” son lo mismo, aún cuando entre ellos pueda haber un abismo de diferencias, quizás inabarcable como la muerte; o un simple error, fatal e irreversible, que puede llegar a matar.

martes, 1 de julio de 2008

Cuando lo simple es una odisea

Al salir del aeropuerto, todavía compungido por la inevitable despedida, fui a la Dirección de Tránsito a renovar mi carné de conducir, vencido hacía unos días. Mientras iba hacia allá, intentaba recordar la última vez que había ido, cinco años atrás: había llegado tempranito, tipo 8 de la mañana; un par de filas obligadas, una firmita por aquí otra por allá, y ese mismo día, como a las 19, ya lucía, satisfecho, mi licencia renovada. Ahora, cinco años después, regresaba con similar esperanza y confiado en poder conducir, esa misma noche, mi Renault 12 rojo con esa tranquilidad que proponen los papeles al día.

Entré al organismo estatal, besé la virgencita apostada en la entrada e inmediatamente me sumé a la primera fila que vi.

– Esta es para renovar el carné, no?- le pregunté al último de la fila.
- Sí, joven; y para sacar por primera vez también- me dijo un hombre de unos 60 años.

Seguí con mis ojos el recorrido lento de la larga hilera de personas que terminaba en dos mesitas de recepción, al final de una sala. Al cabo de unos 15 minutos, uno de los empleados que atendía en una de las mesitas se levantó y desapareció, lo que retrasaría el recorrer de la gente; sin embargo nadie supo adonde fue. El hombre ubicado delante de mí en la fila, volteó y dijo “ahora falta que la chica de la otra mesa también se vaya… y cagamos”. Yo sonreí, nada más, casi sin pensar que a los 10 minutos la profecía de este buen hombre se cumpliría: la joven se paró, miró un poco para todos lados y se fue. Nosotros, los que hacíamos la fila, nos mirábamos unos a otros como buscando una respuesta. Las mesitas ahora estaban desoladas. Estas cosas pasan en los organismos públicos con normalidad, parece. Quizás era la hora del cafecito de media mañana… nadie lo supo nunca. Lo cierto es que otros 15 minutos pasaron, hasta que ella regresó. Del otro empleado desaparecido primero, nada. Algo es algo, pensé. Cuando llegué finalmente a la mesita, me presenté y dije a lo que venía. La empleada me preguntó:

-Para cuándo querés el turno?
-Qué turno?
-El turno… yo te doy una fecha para que vengas a hacer el trámite.
- Pero vine a hacerlo hoy al trámite; hace cinco años lo hacía en un solo día y además…
- No –me interrumpió-. Sólo hay turno para dentro de 20 días.

No tuve otro remedio que aceptar la propuesta de la empleada y volverme a casa con un papelito firmado con la fecha en que debía volver. Veinte días después, regresé lógicamente y, ahora sí – me dije- tendré mi carné, basta ya de andar esquivando los controles por las calles, Bruno. Al entrar, volví a besar a la virgencita de la entrada, pero esta vez, me animé a pedirle que todo saliera bien, como si estuviera entrando en un quirófano. Fui a la recepción, presenté mi papelito y llené unos formularios. El turno me lo habían dado para la inhumana hora de las 7 de la mañana; pero aún así, pensé que era una buena opción; podía aprovechar el resto de la mañana en la conclusión de mi tarea. Cuando terminé de llenar los papeles eran las 7.20. Me acerqué a la mesa de entradas otra vez.

- Y ahora qué hago?- le pregunté a una señora simpática que atendía allí.
- Ahora tiene que pasar por la psicóloga y después por el oculista señor, al fondo a la derecha. Pero ellos atienden sólo a partir de las 14.
- Ahá, y qué hago yo hasta las 14?
- Y espere, señor… después tendrá que sacarse la foto.
- Pero no puedo traer la foto directamente?
- No señor, ahora tenemos un sistema computarizado de fotografía. Debe sacársela aquí.
- Ah, qué bien… qué avanzados!

A la siesta volví otra vez. Mientras esperaba a la psicóloga que llegó con media hora de retraso, me di cuenta de que nunca había ido a una, y mucho menos, para sacar un carné de conducir. Siempre hay una primera vez, pensé. En la sala contigua, una empleada de unos 50 años daba una charla brillante sobre normas de tránsito para los que sacarían su licencia por primera vez. Pude escuchar algo por las agrietadas paredes y, sinceramente, nunca oí un nivel tan alto de conocimientos viales como los de esa dama. Hasta explicaba cómo ponerse el cinturón de seguridad! Una excelencia.

Luego de pasar por la psicóloga y el oculista –también llegó media hora tarde- fui a la sala de fotografía. Colgaba en la puerta un papel que decía “atendemos de 8 a 12”. La puta que te parió!, grité. Tenía que volver otra vez al día siguiente y no me quedaba otra. Acaso no podían sistematizar algunos horarios para poder hacer todo de manera escalonada, cronológica y ordenada, y así evitar el invariable ir y venir de todo trámite estatal? Si Dalí hubiera conocido este lugar, el surrealismo de su obra habría sido un lugar común.

Cuando volví al día siguiente, me esperaba una fila de unas 35 personas. Ya había ido preparado: llevé mi mp3 para abstraerme un poco de tanta espera. Cuando llegó mi turno –una hora después- la máquina de sacar fotos tuvo un pequeño percance. “Justo en mi turno” suspiré para mis adentros y no sabía ya si era una broma macabra o la realidad lisa y llana. El percance no demoró en solucionarse. Me saqué la foto, finalmente. Con razón todas las fotos de cualquier documento tienen cara de culo, pensé.

- Listo, señor. Usted ha concluido con todos los trámites para renovar su carné (dijo, como felicitándome, el encargado de las fotos).
- Bueno, muchas gracias (había que agradecer algo así). Y mi carné?
- Ah no, eso sólo la semana que viene.
- La semana que…?

En ese punto de mi odisea, preferí no decir nada. No vaya a ser que un exabrupto inoportuno de mi parte arruinase mi objetivo principal. Yo sólo quería mi carné renovado para pasear tranquilo en mi R12. Ahora sólo faltaba una semana más.
Mastiqué mi bronca como pude y me fui a casa preguntándome si lo que me había ocurrido en estos 40 días para renovar mi licencia, era producto de la fatalidad, de un golpe de mala suerte, o si simplemente fui una de las tantas víctimas de un sistema –el de este organismo- vetusto, decadente y mediocre diseñado por quienes lo conducen. A veces, en el reino del revés, lo que puede ser tan simple… se convierte en una odisea.

Al cabo de una semana volví a retirar mi carné ya renovado. Eso sí… no sin antes besar la virgencita de la entrada.

jueves, 26 de junio de 2008

Vuelan demasiado bajo...

Fernanda y Luis Enrique no salían de su asombro. Cuando llegaron al aeropuerto internacional de Tucumán, se dirigieron al mostrador de Aerolíneas Argentinas con documentos y pasajes en mano, y realizaron sin sobresaltos el check-in del vuelo matutino hacia Buenos Aires. Hasta aquí nada podía interrumpir la tranquila digestión del desayuno tomado un poco a las apuradas, ni presentir otro frío que no fuese aquél, el de esa mañana de junio.

El asombro llegó después, cuando el empleado aeroportuario encargado de pesar los equipajes, etiquetó cada una de las dos pesadas valijas, el carrito del bebé de la pareja, y dijo con total normalidad: “Ahora deben llevar el equipaje hasta los scaners, háganlo pasar por ahí que luego serán llevados al avión”. Se produjo un silencio. Fernanda y Luis Enrique son parientes míos brasileños que vinieron de visita a Tucumán, y se quedaron atónitos. Querían comprobar que lo que habían oído del empleado aeroportuario no era un malentendido producto de la diferencia idiomática. No!

Yo, anfitrión y avergonzado, tomé como pude las dos pesadas valijas (por suerte tenían un buen sistema de rueditas), recorrí los 20 metros hasta el scaner y, con alguna dificultad, las tuve que levantar hacia el aparato y ponerlas en la cinta. A mi lado, un señor gordo y uniformado miraba mi esfuerzo con atención, sin mover sus manos. Del otro lado del aparato, llegaba justo un empleado encargado de llevar las valijas hacia el avión. Un poco transpirado pese al frío helado matinal, el señor levantó el equipaje y lo puso en un pequeño carrito que usaba para tales efectos y en el que apenas cabían dos valijas grandes. Calculo que por cada vuelo que sale de Tucumán, este señor debe ir y volver con el carrito hacia el avión unas 50 veces, como mínimo, para poder transportar la totalidad del equipaje de los pasajeros de un vuelo doméstico. Nada de cintas transportadoras, nada de un sistema automático de transporte de equipajes; nada de nada. Con atenta mirada seguí el recorrido del equipaje en el carrito empujado por un señor cansado y cincuentón, hasta el avión.

Una vez convencido de que estaba todo bien y ya un poco más tranquilo, me di media vuelta aunque aún sin salir de mi asombro. Fernanda y Luis Enrique, un poco más atrás de mí, tampoco. Ninguno de los tres decía nada, pero nos mirábamos como quien acababa de presenciar algo único, digno de contar en cualquier sobremesa con amigos o en algún blog inhóspito de la red.

“Bruno, ¿esto es normal aquí?”, me preguntaron ellos después de unos segundos. La verdad es que no pude atinar ninguna respuesta. A veces pasa… en el reino del revés lo anormal es lo corriente; nada el pájaro, y vuela el pez.