jueves, 26 de junio de 2008

Vuelan demasiado bajo...

Fernanda y Luis Enrique no salían de su asombro. Cuando llegaron al aeropuerto internacional de Tucumán, se dirigieron al mostrador de Aerolíneas Argentinas con documentos y pasajes en mano, y realizaron sin sobresaltos el check-in del vuelo matutino hacia Buenos Aires. Hasta aquí nada podía interrumpir la tranquila digestión del desayuno tomado un poco a las apuradas, ni presentir otro frío que no fuese aquél, el de esa mañana de junio.

El asombro llegó después, cuando el empleado aeroportuario encargado de pesar los equipajes, etiquetó cada una de las dos pesadas valijas, el carrito del bebé de la pareja, y dijo con total normalidad: “Ahora deben llevar el equipaje hasta los scaners, háganlo pasar por ahí que luego serán llevados al avión”. Se produjo un silencio. Fernanda y Luis Enrique son parientes míos brasileños que vinieron de visita a Tucumán, y se quedaron atónitos. Querían comprobar que lo que habían oído del empleado aeroportuario no era un malentendido producto de la diferencia idiomática. No!

Yo, anfitrión y avergonzado, tomé como pude las dos pesadas valijas (por suerte tenían un buen sistema de rueditas), recorrí los 20 metros hasta el scaner y, con alguna dificultad, las tuve que levantar hacia el aparato y ponerlas en la cinta. A mi lado, un señor gordo y uniformado miraba mi esfuerzo con atención, sin mover sus manos. Del otro lado del aparato, llegaba justo un empleado encargado de llevar las valijas hacia el avión. Un poco transpirado pese al frío helado matinal, el señor levantó el equipaje y lo puso en un pequeño carrito que usaba para tales efectos y en el que apenas cabían dos valijas grandes. Calculo que por cada vuelo que sale de Tucumán, este señor debe ir y volver con el carrito hacia el avión unas 50 veces, como mínimo, para poder transportar la totalidad del equipaje de los pasajeros de un vuelo doméstico. Nada de cintas transportadoras, nada de un sistema automático de transporte de equipajes; nada de nada. Con atenta mirada seguí el recorrido del equipaje en el carrito empujado por un señor cansado y cincuentón, hasta el avión.

Una vez convencido de que estaba todo bien y ya un poco más tranquilo, me di media vuelta aunque aún sin salir de mi asombro. Fernanda y Luis Enrique, un poco más atrás de mí, tampoco. Ninguno de los tres decía nada, pero nos mirábamos como quien acababa de presenciar algo único, digno de contar en cualquier sobremesa con amigos o en algún blog inhóspito de la red.

“Bruno, ¿esto es normal aquí?”, me preguntaron ellos después de unos segundos. La verdad es que no pude atinar ninguna respuesta. A veces pasa… en el reino del revés lo anormal es lo corriente; nada el pájaro, y vuela el pez.