sábado, 26 de julio de 2008

El optimismo también existe

Esperaba una puteada. Una gran puteada, de las de siempre. De esas que me vocifera el taxista cada vez que vengo a Buenos Aires y al subirme en la estación de ómnibus de Retiro, le digo con soltura ‘llevame a Maipú y Córdoba, por favor’.

La mayoría de las veces que vengo a Capital lo hago con una mochila que me permite, tranquilamente, recorrer a pie esas 10 cuadras y evitarme así dos cosas: el gasto de subirme a un taxi, y la puteada, claro está. Pero otras veces, como ahora, vengo cargado y necesito imperiosamente un medio de transporte más o menos cómodo que me lleve a destino; a mí y a la valija, en este caso, pesada.

Digamos que ya es casi un ritual el que se genera cada vez que tengo que venir a Buenos Aires: el preparar mi equipaje en casa, el buscar monedas; muchas monedas para darle: al señor que sube la valija al ómnibus en Tucumán; al señor que la baja del ómnibus en Buenos Aires; y al señor que te abre y te cierra la puerta del taxi en Retiro. Tantas monedas y un presupuesto para justificar la estúpida costumbre de darle dinero a gente a la que no estás obligado a darle nada. Como a esos de los estacionamientos en la propia calle, cuando vas a ver un espectáculo, a la cancha o a tomar un café con amigos. '¿Se lo cuido maestro?'. Decía, en todo este ritual, cuando veo que será inevitable el taxi en Retiro, lo que no puedo dejar de preparar es mi cabeza para el momento en que lleguen las puteadas. Lo hago de manera inocente; como si preparándome para eso me doliera menos el encontronazo. Por ejemplo, la última vez que vine, en mayo de este año:

- Pero hermano, ¿no te podés ir caminando? No me podés hacer esto. Eso es de putos. Tomate el bondi si tenés valija, loco.

Cosas así uno tiene que soportar en Buenos Aires de la boca de un pelotudo que está laburando gracias a vos que te subís a él para que te lleve a cualquier lado. Por eso, otro día y hablando con otro taxista –mi amiga Marta sabe bien que me encanta charlar con ellos- una vez le pregunté:

- Pero por qué se enojan tanto?
- A ellos no les gusta salir de la Terminal por un viaje tan corto, hermano. No les conviene. Hacen la fila de taxis un montón de tiempo para que venga uno como vos y le pida que lo lleve aquí nomás, a 10 cuadras. Ellos están esperando agarrar un viajecito a Ezeiza, o a Aeroparque. Por eso se enojan.

El hombre me confirmó lo que yo ya sabía. Pero aún sabiéndolo, cada vez que me toca el infortunio, soporto la puteada como puedo, y digo por dentro ‘que se cague, si no le gusta que me baje’, y listo. Así que se hizo una pintoresca costumbre esto de llegar siempre a Buenos Aires con un coro de puteadas. Eso, y todo eso, hasta ayer.

Venía de buen humor; el viaje había sido perfecto y yo había dormido casi todo el trayecto, lo cual es para celebrar largamente. Mientras estaba en la fila esperando un taxi, y ya imaginando el vocifero incipiente, veo aparecer lentamente un viejo Peugeot 504, el que me tocaba a mí. Traté de adivinar si la cara del taxista me sugería algo, aunque rápidamente me subí, le di la monedita al señor que me abrió la puerta y una vez adentro del coche, digo: 'Maipú y Córdoba, por favor'. Se produjo un silencio. El hombre balbucea y mueve los labios en voz baja:

- Maipú y Córdoba; maipú y cór-do-ba… maipú y…. mmmm, a ver a ver, podemos ir por Além hasta Córdoba, o por Santa Fé… aunque siendo hoy viernes, estará todo tapado, maestro.

Ya tantas palabras de entrada y que ninguna sea las puteadas que habitualmente escucho me pareció como encontrar una flor en pleno desierto. Lo cual me generó inmediatamente cierta simpatía hacia el atípico taxista del Peugeot 504. ‘Vamos por donde sea más rápido’ le dije sin más. Pensé, casi creyendo adivinarlo, que su buen trato se debía a que posiblemente fuese su primer día de trabajo, que llevaba en la sangre ese entusiasmo un tanto pueril de los que recién comienzan, y otras tantas conjeturas para explicar tanta rareza.

- Hace mucho que estás en la calle con el auto?-, pregunté.
- Uhh… toda una vida, querido. Pero uno se acostumbra. Cualquiera puede pensar que por estar aquí metido entre tanto estrés, uno odia este laburo. Pero no… uno se acostumbra. Mirá, te digo más: cuando yo estoy subido al auto es como si estuviera de vacaciones (sic). Aquí soy feliz!

A esta altura yo no sabía si el hombre fumaba marihuana en las mañanas, si estaba delirando o si en realidad no había dormido tanto en el ómnibus como pensaba. Yo creo que me encontré, finalmente, con uno que no reniegue ni putee ni hable mal del gobierno –esa tan argentina costumbre en los taxis, no?-. Seguimos charlando, me contó que vive en Escalada, que no es como la tele dice, no señor, lo de la inseguridad es mentira, es hermoso lugar para vivir, además aquí nomás, a 15 minutitos del centro, cruzando el puente. Que tiene una hija y que se llama Sol. Que menos mal que viniste hoy, porque ayer estaba lloviendo una barbaridad, hoy al menos tenés solcito. Que venís por laburo o de vacaciones? Que sí, esta ciudad tiene sus cosas, pero es linda… que se yo.

Y así seguimos… subiendo por Além hasta Córdoba y de ahí hasta Maipú. Al llegar al destino, le pagué, tomé mi equipaje y le di la mano a modo de despedida. Cuando estaba ya cerrando la puerta, con medio cuerpo en la calle y medio cuerpo adentro del Peugeot, escucho que me dice algo. El taxista me dice algo que yo no escucho bien. Entonces giro mi cabeza hacia él.

- ¿Qué dijiste?-, le pregunto.
- Bienvenido a la jungla, hermano… Bienvenido y que la disfrutes-, dijo con una sonrisa apenas perceptible.

Yo seguí mi camino, casi impávido pero a la vez reconfortado. Quizás pensando en que en el reino del revés todo puede suceder, incluso el optimismo. Que puede salir de pronto una flor en el desierto, incluso en Buenos Aires; y que al llegar te reciban, incluso, sin las mismas e impunes puteadas de siempre.

miércoles, 16 de julio de 2008

Las banderas de la indiferencia

Salí de casa pensando en un e-mail que me envió una lectora de este blog. “A no perder la capacidad de asombro, Bruno. Después de todo, algunas cosas nunca cambian” me decía en el epílogo de su correspondencia. Minutos más tarde, me encontraba caminando por la calle Mendoza hacia 25 de Mayo. Había salido con la firme intención de reponer mi gran elenco de medias y calzoncillos, tarea tantas veces postergada por años de pereza y de cierta melancolía hacia los trapos íntimos viejos. En ese instante, mínimo y vago, en que pensaba que nada podría interrumpir mi cometido, a lo lejos pero cada vez más cerca comencé a escuchar un estruendo de tambores, redoblantes y bombas.

Por un momento, debo reconocer que me ilusioné con la posibilidad de ver en la calle una murga; quien sabe uruguaya, que haya podido desempolvar un poco el estrago que ocasiona caminar entre el caos y el desorden de un microcentro cada vez más concentrado. Pero no; lamentablemente mi pueril ilusión duró lo que un helado al sol, chocándose quizás con la más cruda realidad.

Casi al llegar a la esquina, oí con creciente estridencia el repiqueteo de los tambores, aún sin verlos. Los oía llegar, de a poco. Apuré el paso para comprobar lo que deseaba que fuera, ya casi ensayando unos aplausos y pasitos murgueros que, vaya a saber por qué, uno siempre cree saber hacerlos. Cuando llegué y pude divisar la otra calle, me choqué no sólo con el final de mi ingenua ilusión sino con esa porción doliente de habitantes del reino del revés que, como animales llevados al corral, son arriados a actos de políticos que no conocen, con reivindicaciones sociales que ignoran, y portando banderas con imágenes de líderes que vaya a saber quiénes son. Todo esto, por la módica suma de un pancho y una coca. Quien sabe cuánto más, o cuánto menos.

Me detuve a mirarlos. No los miré en su conjunto como los miraría un distraído, sino que fui directamente a las personas; más precisamente los miré a los ojos, bien de cerca; escudriñé cada paso, cada acción, el modo en que caminaban y en que, supuestamente, manifestaban. Detrás de ellos venía el superior mirándolo todo atentamente, como un pastor latigando el rebaño. A los pocos minutos me sumé; caminé con ellos y seguí la turba de costado, sin dejar de mirarlos.

Algunos parecían derrotados, se les notaba en la manera de caminar, en los hombros caídos; otros, marchaban resignados como autómatas sin saber, ni intención de saber, lo que les obligaban a hacer. Había entre la masa de gentes, adolescentes cargando banderas rojas con el icono mundialmente conocido del líder revolucionario Che Guevara, no habrán tenido más de 16 años; también había ancianas, muchas ancianas, caminando como podían del brazo de sus hijas o de otras compañeras ocasionales de matadero, que iban cargando más banderas, esta vez celestes, con la figura de Eva Perón. No entendí muy bien el desconcierto de ver a Evita y al Che en una misma manifestación; uno al lado de la otra. Seguí caminando. Tuve ganas de conversar con algunos de los manifestantes, preguntarles cosas, tratar de encontrar las respuestas a tantos ‘por qué’ que se me venían en ese momento a la cabeza.

Descubrí que nadie cantaba, ni gritaba, ni nada. Sólo caminaban hacia la Plaza, calladitos y obedientes. La derrota del silencio la producía solamente el incesante golpear de los tambores; ni siquiera ya las voces de una porción de habitantes que reclama algo, ni las ideas que puedan tener sobre un modelo de país. No me importó en ese momento la ideología de los organizadores -responsables del macabro desfile- sino el manoseo, la compra-venta de libertades que se derriten al calorcito aparentemente plácido de un dinero espurio, para sumar un número raquítico en una plaza tan cansada como yo.

Me dio temor, debo reconocer, hablar con ellos. Sólo los seguía, a la vera. Hasta que entre la muchedumbre una chica me llamó la atención: caminaba con la mirada perdida, a saber en qué estaba pensando, y abrazada con las dos manos a una caña larga y vertical con una de esas banderas rojas. Me acerqué tímidamente, y le pregunté:

- Sabés cómo se llama ese hombre de tu bandera?

Fue como si se despertara de un largo sueño; me miró sorprendida, como enojada, y levantó pronto la mirada hacia el cielo que no era el cielo sino Guevara. Volvió a mirarme. Y sin decir palabra, su respuesta fue un mudo encogimiento de hombros. ‘Ni se ni me importa’ parece haber querido decir su adolescente lamento.

Ya no quise preguntar más. El después de todo, algunas cosas nunca cambian volvió a mi cabeza. Sólo atiné a bajarla, doblé en la otra esquina y seguí mi camino. Al menos… yo sabía por qué caminaba; conocía la razón de mi destino. Pero si ella lo hubiera sabido; si al menos hubiera dicho el nombre de la figura estampada en su bandera, todo hubiera sido diferente… infinitamente diferente.

En el reino del revés, los líderes de ayer se han convertido en banderas de producción seriada. Esas que ella llevaba sin saber por qué. Esas que hoy… son tan sólo indiferencia, y derrota.

miércoles, 9 de julio de 2008

Errores que matan

Nunca había donado sangre en mi vida. Y no se si por suerte o por desgracia (dadas las circunstancias de esta historia). Hace unas dos semanas lo hice, no por altruismo ni filantropía; el papá de un amigo la necesitaba. Así que fui a la Sala 5 del Sanatorio del Parque acompañado por Sari, un amigo que iba a lo mismo que yo. Él, médico clínico, sabía a lo que iba y estaba como si nada. Yo, cagón reprimido, no sabía cuál sería mi reacción. Fuimos tempranito, en ayunas, para sacarnos el medio litro de sangre correspondiente a cada uno, y luego estamparnos un desayuno digno que retribuya, aunque sea psicológicamente, el medio litro faltante.

Siempre que uno va al médico, lo hace pensando en los minutos y en las horas que pasarán hasta ser atendido. Al menos en mi caso. Así que fui con la idea –optimista- de una módica espera, digamos, de no menos de 30 minutos. Al llegar al lugar indicado para las donaciones de sangre, para variar, nos informaron que la hematóloga no estaba; pero que esperásemos, que pronto llegaría. Realmente fue así, y sin demasiadas sorpresas Sari entró a la sala de donaciones.

Desde el pasillo, podía oír la amena conversación que mantenía Sari con la doctora mientras duraba la extracción. Esto me inquietaba sobremanera: no podía entender que alguien pudiese estar conversando amenamente con una aguja clavada en una vena, durante 8 o 10 minutos, mientras se le quita medio litro de sangre. Cosas de médicos, pensé; y me preguntaba cómo reaccionaría yo en el momento en que la hematóloga comenzase a darme charleta, minutos más tarde.

Para animar un poco la muerte que son siempre las esperas en los pasillos de hospitales, busqué en mi billetera mi carné de conducir y miré qué tipo de sangre es la mía. Sabía que era RH-Negativo; pero no sabía el grupo sanguíneo. Como seguramente la doctora me lo preguntaría, quería estar seguro para dar mi respuesta.

Minutos más tarde, Sari salió de la salita 5 y al verme entrar -habrá notado la palidez de mi cara- me dio una reconfortante palmadita en los hombros. La doctora me hizo un par de preguntas de rigor y me invitó a recostarme en una camilla con forma de sillón de masaje. Me arremangué solito la manga del brazo izquierdo y esperé el pinchazo con estoicismo y respiro profundo. A partir de ahí, la mente ayuda bastante; puede llevarte a todo tipo de lugares y escenas para abstraerlo a uno de tanta tortura. Y no se si estaba en alguna playa de Bali o jugando al fútbol con amigos, cuando escucho de pronto:

- Qué grupo sanguíneo sos?
- Grupo 0, RH-Negativo- contesté con seguridad.
- Bien- dijo la doctora y siguió en lo suyo.

No se cuánto habrá durado este pequeño intercambio de palabras en mi mente, pero al ratito ya me habían retirado la aguja, y yo estaba reposando en el inmenso sillón, sosteniéndome con el brazo derecho el algodón alcoholizado sobre el puntazo. Más tranquilo, pensando ya en el desayuno incipiente, iniciamos un pequeño dialogo intrascendente con la médica, mientras ella, de espaldas a mí, recogía unas muestras de mi sangre para su posterior análisis. Yo miraba el techo y hablaba... cuando de pronto me interrumpe:

- Debe haber un error.
- Por?
- No sos grupo 0; sos grupo A.
- Bueno, debe ser lo mismo-, dije sin pensar con quién hablaba.
- No -me dijo- no es lo mismo.
- Pero lo vi en mi licencia de conducir, mire-, dije.
- Eso dice tu licencia –dijo al comprobar el documento- pero tu sangre dice otra cosa.

Me quedé en silencio. Absorto. De no haber sabido este detalle, si el día de mañana tengo un accidente en mi Renault 12 y me ponen sangre de otro grupo sanguíneo –los bomberos o paramédicos mirarían mi licencia de conducir inmediatamente para conocer mi GS- literalmente me muero. Y yo no lo sabía! Andaba por ahí cargando en mi billetera una posible muerte por transfusión de sangre equivocada, producto de una reacción hemolítica fatal.

Ahora, más tranquilo, me pregunto quién habrá sido el responsable de ese error en mi licencia de conducir: el médico estatal que me revisó cuando saqué mi carné por primera vez a mis 18 años; o alguien que, al transcribir los papeles, escribió "0" en vez de "A" en mi grupo sanguíneo.

En realidad, a veces puede ocurrir que en el reino del revés, “0” y “A” son lo mismo, aún cuando entre ellos pueda haber un abismo de diferencias, quizás inabarcable como la muerte; o un simple error, fatal e irreversible, que puede llegar a matar.

martes, 1 de julio de 2008

Cuando lo simple es una odisea

Al salir del aeropuerto, todavía compungido por la inevitable despedida, fui a la Dirección de Tránsito a renovar mi carné de conducir, vencido hacía unos días. Mientras iba hacia allá, intentaba recordar la última vez que había ido, cinco años atrás: había llegado tempranito, tipo 8 de la mañana; un par de filas obligadas, una firmita por aquí otra por allá, y ese mismo día, como a las 19, ya lucía, satisfecho, mi licencia renovada. Ahora, cinco años después, regresaba con similar esperanza y confiado en poder conducir, esa misma noche, mi Renault 12 rojo con esa tranquilidad que proponen los papeles al día.

Entré al organismo estatal, besé la virgencita apostada en la entrada e inmediatamente me sumé a la primera fila que vi.

– Esta es para renovar el carné, no?- le pregunté al último de la fila.
- Sí, joven; y para sacar por primera vez también- me dijo un hombre de unos 60 años.

Seguí con mis ojos el recorrido lento de la larga hilera de personas que terminaba en dos mesitas de recepción, al final de una sala. Al cabo de unos 15 minutos, uno de los empleados que atendía en una de las mesitas se levantó y desapareció, lo que retrasaría el recorrer de la gente; sin embargo nadie supo adonde fue. El hombre ubicado delante de mí en la fila, volteó y dijo “ahora falta que la chica de la otra mesa también se vaya… y cagamos”. Yo sonreí, nada más, casi sin pensar que a los 10 minutos la profecía de este buen hombre se cumpliría: la joven se paró, miró un poco para todos lados y se fue. Nosotros, los que hacíamos la fila, nos mirábamos unos a otros como buscando una respuesta. Las mesitas ahora estaban desoladas. Estas cosas pasan en los organismos públicos con normalidad, parece. Quizás era la hora del cafecito de media mañana… nadie lo supo nunca. Lo cierto es que otros 15 minutos pasaron, hasta que ella regresó. Del otro empleado desaparecido primero, nada. Algo es algo, pensé. Cuando llegué finalmente a la mesita, me presenté y dije a lo que venía. La empleada me preguntó:

-Para cuándo querés el turno?
-Qué turno?
-El turno… yo te doy una fecha para que vengas a hacer el trámite.
- Pero vine a hacerlo hoy al trámite; hace cinco años lo hacía en un solo día y además…
- No –me interrumpió-. Sólo hay turno para dentro de 20 días.

No tuve otro remedio que aceptar la propuesta de la empleada y volverme a casa con un papelito firmado con la fecha en que debía volver. Veinte días después, regresé lógicamente y, ahora sí – me dije- tendré mi carné, basta ya de andar esquivando los controles por las calles, Bruno. Al entrar, volví a besar a la virgencita de la entrada, pero esta vez, me animé a pedirle que todo saliera bien, como si estuviera entrando en un quirófano. Fui a la recepción, presenté mi papelito y llené unos formularios. El turno me lo habían dado para la inhumana hora de las 7 de la mañana; pero aún así, pensé que era una buena opción; podía aprovechar el resto de la mañana en la conclusión de mi tarea. Cuando terminé de llenar los papeles eran las 7.20. Me acerqué a la mesa de entradas otra vez.

- Y ahora qué hago?- le pregunté a una señora simpática que atendía allí.
- Ahora tiene que pasar por la psicóloga y después por el oculista señor, al fondo a la derecha. Pero ellos atienden sólo a partir de las 14.
- Ahá, y qué hago yo hasta las 14?
- Y espere, señor… después tendrá que sacarse la foto.
- Pero no puedo traer la foto directamente?
- No señor, ahora tenemos un sistema computarizado de fotografía. Debe sacársela aquí.
- Ah, qué bien… qué avanzados!

A la siesta volví otra vez. Mientras esperaba a la psicóloga que llegó con media hora de retraso, me di cuenta de que nunca había ido a una, y mucho menos, para sacar un carné de conducir. Siempre hay una primera vez, pensé. En la sala contigua, una empleada de unos 50 años daba una charla brillante sobre normas de tránsito para los que sacarían su licencia por primera vez. Pude escuchar algo por las agrietadas paredes y, sinceramente, nunca oí un nivel tan alto de conocimientos viales como los de esa dama. Hasta explicaba cómo ponerse el cinturón de seguridad! Una excelencia.

Luego de pasar por la psicóloga y el oculista –también llegó media hora tarde- fui a la sala de fotografía. Colgaba en la puerta un papel que decía “atendemos de 8 a 12”. La puta que te parió!, grité. Tenía que volver otra vez al día siguiente y no me quedaba otra. Acaso no podían sistematizar algunos horarios para poder hacer todo de manera escalonada, cronológica y ordenada, y así evitar el invariable ir y venir de todo trámite estatal? Si Dalí hubiera conocido este lugar, el surrealismo de su obra habría sido un lugar común.

Cuando volví al día siguiente, me esperaba una fila de unas 35 personas. Ya había ido preparado: llevé mi mp3 para abstraerme un poco de tanta espera. Cuando llegó mi turno –una hora después- la máquina de sacar fotos tuvo un pequeño percance. “Justo en mi turno” suspiré para mis adentros y no sabía ya si era una broma macabra o la realidad lisa y llana. El percance no demoró en solucionarse. Me saqué la foto, finalmente. Con razón todas las fotos de cualquier documento tienen cara de culo, pensé.

- Listo, señor. Usted ha concluido con todos los trámites para renovar su carné (dijo, como felicitándome, el encargado de las fotos).
- Bueno, muchas gracias (había que agradecer algo así). Y mi carné?
- Ah no, eso sólo la semana que viene.
- La semana que…?

En ese punto de mi odisea, preferí no decir nada. No vaya a ser que un exabrupto inoportuno de mi parte arruinase mi objetivo principal. Yo sólo quería mi carné renovado para pasear tranquilo en mi R12. Ahora sólo faltaba una semana más.
Mastiqué mi bronca como pude y me fui a casa preguntándome si lo que me había ocurrido en estos 40 días para renovar mi licencia, era producto de la fatalidad, de un golpe de mala suerte, o si simplemente fui una de las tantas víctimas de un sistema –el de este organismo- vetusto, decadente y mediocre diseñado por quienes lo conducen. A veces, en el reino del revés, lo que puede ser tan simple… se convierte en una odisea.

Al cabo de una semana volví a retirar mi carné ya renovado. Eso sí… no sin antes besar la virgencita de la entrada.