miércoles, 16 de julio de 2008

Las banderas de la indiferencia

Salí de casa pensando en un e-mail que me envió una lectora de este blog. “A no perder la capacidad de asombro, Bruno. Después de todo, algunas cosas nunca cambian” me decía en el epílogo de su correspondencia. Minutos más tarde, me encontraba caminando por la calle Mendoza hacia 25 de Mayo. Había salido con la firme intención de reponer mi gran elenco de medias y calzoncillos, tarea tantas veces postergada por años de pereza y de cierta melancolía hacia los trapos íntimos viejos. En ese instante, mínimo y vago, en que pensaba que nada podría interrumpir mi cometido, a lo lejos pero cada vez más cerca comencé a escuchar un estruendo de tambores, redoblantes y bombas.

Por un momento, debo reconocer que me ilusioné con la posibilidad de ver en la calle una murga; quien sabe uruguaya, que haya podido desempolvar un poco el estrago que ocasiona caminar entre el caos y el desorden de un microcentro cada vez más concentrado. Pero no; lamentablemente mi pueril ilusión duró lo que un helado al sol, chocándose quizás con la más cruda realidad.

Casi al llegar a la esquina, oí con creciente estridencia el repiqueteo de los tambores, aún sin verlos. Los oía llegar, de a poco. Apuré el paso para comprobar lo que deseaba que fuera, ya casi ensayando unos aplausos y pasitos murgueros que, vaya a saber por qué, uno siempre cree saber hacerlos. Cuando llegué y pude divisar la otra calle, me choqué no sólo con el final de mi ingenua ilusión sino con esa porción doliente de habitantes del reino del revés que, como animales llevados al corral, son arriados a actos de políticos que no conocen, con reivindicaciones sociales que ignoran, y portando banderas con imágenes de líderes que vaya a saber quiénes son. Todo esto, por la módica suma de un pancho y una coca. Quien sabe cuánto más, o cuánto menos.

Me detuve a mirarlos. No los miré en su conjunto como los miraría un distraído, sino que fui directamente a las personas; más precisamente los miré a los ojos, bien de cerca; escudriñé cada paso, cada acción, el modo en que caminaban y en que, supuestamente, manifestaban. Detrás de ellos venía el superior mirándolo todo atentamente, como un pastor latigando el rebaño. A los pocos minutos me sumé; caminé con ellos y seguí la turba de costado, sin dejar de mirarlos.

Algunos parecían derrotados, se les notaba en la manera de caminar, en los hombros caídos; otros, marchaban resignados como autómatas sin saber, ni intención de saber, lo que les obligaban a hacer. Había entre la masa de gentes, adolescentes cargando banderas rojas con el icono mundialmente conocido del líder revolucionario Che Guevara, no habrán tenido más de 16 años; también había ancianas, muchas ancianas, caminando como podían del brazo de sus hijas o de otras compañeras ocasionales de matadero, que iban cargando más banderas, esta vez celestes, con la figura de Eva Perón. No entendí muy bien el desconcierto de ver a Evita y al Che en una misma manifestación; uno al lado de la otra. Seguí caminando. Tuve ganas de conversar con algunos de los manifestantes, preguntarles cosas, tratar de encontrar las respuestas a tantos ‘por qué’ que se me venían en ese momento a la cabeza.

Descubrí que nadie cantaba, ni gritaba, ni nada. Sólo caminaban hacia la Plaza, calladitos y obedientes. La derrota del silencio la producía solamente el incesante golpear de los tambores; ni siquiera ya las voces de una porción de habitantes que reclama algo, ni las ideas que puedan tener sobre un modelo de país. No me importó en ese momento la ideología de los organizadores -responsables del macabro desfile- sino el manoseo, la compra-venta de libertades que se derriten al calorcito aparentemente plácido de un dinero espurio, para sumar un número raquítico en una plaza tan cansada como yo.

Me dio temor, debo reconocer, hablar con ellos. Sólo los seguía, a la vera. Hasta que entre la muchedumbre una chica me llamó la atención: caminaba con la mirada perdida, a saber en qué estaba pensando, y abrazada con las dos manos a una caña larga y vertical con una de esas banderas rojas. Me acerqué tímidamente, y le pregunté:

- Sabés cómo se llama ese hombre de tu bandera?

Fue como si se despertara de un largo sueño; me miró sorprendida, como enojada, y levantó pronto la mirada hacia el cielo que no era el cielo sino Guevara. Volvió a mirarme. Y sin decir palabra, su respuesta fue un mudo encogimiento de hombros. ‘Ni se ni me importa’ parece haber querido decir su adolescente lamento.

Ya no quise preguntar más. El después de todo, algunas cosas nunca cambian volvió a mi cabeza. Sólo atiné a bajarla, doblé en la otra esquina y seguí mi camino. Al menos… yo sabía por qué caminaba; conocía la razón de mi destino. Pero si ella lo hubiera sabido; si al menos hubiera dicho el nombre de la figura estampada en su bandera, todo hubiera sido diferente… infinitamente diferente.

En el reino del revés, los líderes de ayer se han convertido en banderas de producción seriada. Esas que ella llevaba sin saber por qué. Esas que hoy… son tan sólo indiferencia, y derrota.

10 comentarios:

Belu dijo...

tan cierto, tan triste...

Lucas Vilte dijo...

Brunits: es muy cierto lo que contás. Hoy pasó en otro nivel, comprándose no ya una voluntad, sino provincias enteras a favor de no sé qué causa, pero seguro que deshonesta.
Ella no tuvo la culpa, quizá ni sabía que tenía que elegir.
Un abrazo amigo, me gusta mucho tu forma de escribir, ADELANTE!
Lucas Vilte

Anónimo dijo...

coincido con lucas, ella no tiene la culpa... habria que apuntar las miradas hacia los que pagan esa presencia y que por lo gral nunca se los ve...ellos son los verdaderos culpables
un fuerte abrazo,
gustavo

Anónimo dijo...

"sabes como se llama el hombre de tu bandera?"
Brillante!!!
El anonimo

Cristián Saracco dijo...

Sin desperdicio!...

belen dijo...

esta muy bueno lo que escribis,porque es la realidad que veo cada dia, tantos jovenes como nosotros ,pero ellos ,con la nesecidad de enarbolar banderas ...

matias L dijo...

esto demuestra lo que muchos pensamos, son rehenes de politicos que usan la ignorancia de seres humanos, y usan metodos autoritarios de los que ellos mismos creen que combaten con el resentimiento y el odio hacia el pasado, en vez de imitar paises del primer mundo en donde tratan de mirar hacia el futuro, y por lo tanto estan varios pasos adelantados de nuestra relidad... tal vez alguien en algun momento de la historia se ocupe de estos rehenes y puedan mostrarles la verdad de la mentira..

Vicky Jiménez dijo...

Excelente relato. Espero seguir asombrándome no sólo con la perfección y la simpleza de tus palabras, sino también con lo identificada que me siento con cada uno de tus posteos.
Un gusto leerte.

Valentín dijo...

Muy buena tu historia nueva camero. A diferencia de las entradas anteriores, ésta no me causo ese poquito de risa mezclada con impotencia e ira; me causó mas bién tristeza.
Sin embargo me quedé con la intriga de saber, porqué marchaban o que pedían; debe ser mi cuota de esperanza que aún cree que tal vez los hombros caídos y el izar de esas banderas, podrían estar motivados por otras causas.

Bruno Cirnigliaro dijo...

Fue el día de los dos actos en Buenos Aires Adolfo, el de Palermo y el del Congreso. Aquí en Tucumán intentaron hacer lo mismo: los del campo en la Casa Histórica; y los del gobierno en la Plaza Independencia. Estos últimos fueron los que yo vi... supuestamente marchaban en apoyo al gobierno en el tema de las retenciones.
Respecto a tus sensaciones, coincido con vos. Esto genera más tristeza que otra cosa... creo que en el reino del revés hay lugar para todo...