jueves, 21 de agosto de 2008

De otro planeta

Al entrar se produce un desconcierto. No se sabe muy bien si estás entrando en un bar, en un pub, o en una discoteca. La categorización es imposible. Las paredes están empapeladas –literalmente- con afiches de conciertos, recitales y promociones de artistas de los ochenta: The Ramones, La Fura dels Baus, Hombres G, Lou Reed, entre tantos otros. Las luces son tenues y van variando de colores pop a cada rato y en cada ambiente del lugar. Llama la atención ver en las paredes y en la barra varias pantallas (no son planas por cierto) viejas pasando Tom y Jerry en blanco y negro, y en silencio. Muchas veces el audio del gato y el ratón se traslada a todo el lugar generando aún más desconcierto, y llevando hasta el límite la paciencia de algún desprevenido que haya llegado hasta ahí con ganas de bailar punchi punchi . Luego, el gato y el ratón callan y la música -siempre de los ochenta- regresa. Y todo vuelve a ser como antes.

En un momento veo entrar a alguien con una remera blanca y una inscripción en letras grandes y negras que dice así: “Who the fuck is Mick Jagger?”. A su lado, una negra muy gorda con falda corta y sandalias marrones baila poseída un góspel rockanrolizado. En la parte de atrás hay una mesa de pool donde algunos juegan con su cerveza y taco en mano. Los techos son bajos, a veces demasiado, por lo que el lugar está lleno de humo y de calor. Cuando voy al baño veo en la puerta otra inscripción con letras grandes: "Hoy es un buen día… para morir". No la escribió ningún estudiante apocalíptico con lapicera; todo forma parte de la decoración que ya no es decoración sino restos de una época que sobrevivió hasta hoy. De eso se trata: de una atmósfera. Esa que envolvió a toda una generación, protagonistas de un movimiento cultural sin precedentes en los ochenta mundialmente conocido como la movida madrileña.
Por eso, todo lo que se ve ahí dentro no es puesto adrede. Es lo que quedó del pasado. Es lo que quedó encerrado en esas paredes y que forma parte de un momento de la historia que marcó la vida y el destino del imaginario colectivo de toda una generación. No es un lugar del 2.008 con decoración y música de los 80’. Es un lugar de los 80’ con decoración y música de los 80’. Esa es la atmósfera de la que hablo, y que te envuelve y que te traslada; que te hace vivir un momento que no viviste, o revivir aquello que olvidaste.

Nunca fui un apasionado de los 80’. Pero muchos de los que están ahí, bailando o conversando como si nadie los estuviera viendo, tienen ropas de aquélla época. No es que estén producidos a los 80’. Son así! Y yo los miro como si miraría mi infancia. En aquel tiempo yo sólo era un niño. Y no están pasados de moda, como diría cualquiera. Cultivan un estilo de vida que los ha marcado; se resisten a los cambios cada vez más veloces del mundo actual y permanecen en un pasado compuesto por tantos ingredientes, que llega al presente simple mirando el futuro quizás sin preocupación, y así ponen de patas para arriba los tiempos verbales, y ya todo lo demás. Por eso este lugar permanece intacto desde hace 25 años. Cuántas cosas han cambiado en ese tiempo, menos este lugar. Allí quedó encerrada una época que no quiere salir ni adaptarse a los nuevos tiempos como indica la lógica posmo.

Toda tribu urbana es un poco así: busca componentes en común y se identifica y expresa mediante ellos, concurriendo casi siempre a los mismos lugares. Quizás son sólo eso. Pero son diferentes de los demás, y también del mundo de hoy. Y está justamente en Madrid, allí donde sobran las opciones de ocio y nocturnidad, donde las nuevas tendencias y la moda están a la vuelta de la esquina. Justamente aquí, desafiante y de pie permanece este lugar gritando que hoy es un buen día para morir, justo ahora que todos quieren vivir hasta morir. Y se preguntan quién carajo es Mick; y visten la ropa que yo ya tiré a la basura y tienen la valentía de coincidir conmigo en un mismo lugar.

Ahora, me pregunto cuál es el anverso y el reverso de esta trama; me cuestiono si el revés está en esa atmosfera entrañable cargada de pasado o si está en las calles que la preceden y que forman parte del mundo actual. En cualquier caso, el revés es un lugar. Éste se llama ‘La Vía Láctea’, y es de otro planeta!

martes, 5 de agosto de 2008

En Lavapiés las camas nunca duermen

El contraste es brutal. No son más de quince minutos los que hay que caminar para pasar de un escenario a otro: por un lado la multitud de turistas invadiendo de fotografías la poblada Puerta del Sol –centro neurálgico de Madrid-, las remeras con inscripciones estúpidas (Joé, qué caló!), souvenires, tapas, cañas y Viva España!, calles asfaltadas y peatonales preñadas de consumismo. Por el otro, hombres y mujeres vestidos con túnicas; coreanos, japoneses y chinos; africanos, árabes y orientales; restaurantes de comida india, turca y pakistaní; adoquines y calles angostas y empinadas. Entre un escenario y otro, apenas unos pasos. Una ciudad dentro de otra ciudad.

Se trata del ingreso al mítico Lavapiés: el barrio que alberga la mayor mezcla de España de nacionalidades, culturas y colores. Un mosaico plural de etnias donde bulle cierta bohemia, cultura y arte alternativos, progresismo y activismo social.

Allí mismo, en la calle Jesús y María, me encontré con Hassan, un joven pakistaní que atiende un diminuto y acalorado bar donde apenas se pueden beber unas cuantas cosas. Me contó que vive hace un año y medio en Lavapiés, que está sin papeles y que la mayoría lo está, y que espera algún día poder traer a sus hermanos a Madrid. En la conversación que era amena y cordial, ya casi pensando en retirarme y seguir caminando, le pregunté por dónde vivía, si alquilaba una habitación y esas cosas. Para cualquier joven, pakistaní o español, es casi imposible alquilar un departamento para él solo, dado el alto precio que se cobra; lo que se acostumbra entonces es compartir viviendas donde cada uno tiene su propia habitación. Eso es lo normal.

- No, -me dijo Hassan- yo alquilo una cama
- ¿Cómo una cama? Será una habitación… -dije,
- No amigo. Alquilo una cama por horas para poder descansar, cuando yo termino con mi turno, entra otra persona a la misma cama, y así sucesivamente.
- Pero cuántos son en esa vivienda?
- Debe haber unos quince colchones más o menos, todos juntos.

Lo que sentí entonces fue una mezcla rara y absurda de pena, bronca e impotencia. Para los ‘ilegales’ de Europa sí que hay una ley, no escrita, pero clara y contundente: aprovechá lo que tengas en cada momento porque en cualquier momento quedás en la calle. A Hassan no le quedaba otra que alquilar un colchón por ocho horas para poder dormir; a veces la tarifa incluía el baño, a veces no. Este método muchas veces está marcado por el horario laboral: así cuando un residente va a trabajar, cede su lecho para que sea ocupado por otro.

Hassan me contó que este sistema utilizado en los pisos sobreocupados de Lavapiés se conoce como el de “Camas Calientes”, en el que los inquilinos duermen rotatoriamente subalquilando camas, colchones o camastros. En algunos casos hasta se alquilan sofás, alfombras o lo que sea para descansar un poco. Y otro dato: “sólo una persona es la que tiene el permiso de residencia y es quien responde ante el propietario –dice Hassan-. Nosotros no tenemos ningún vínculo contractual con nadie”.

Tanta realidad arrojada a la cara así de golpe resultó ser como un grito agudo e insoportable. Yo, que tan sólo paseaba por Lavapiés, que apenas quería caminar sus cuestas, sentir sus aromas, respirar esa multiculturalidad tan arraigada, me fui de ahí con un sabor amargo difícil de digerir. Tenía que suceder justo en este barrio que se jacta de la ‘tolerancia y el respeto’ hacia el vecino; de ser ‘laboratorio de culturas’. Y tenía que ocurrir justo aquí, en la España de la abundancia y del bienestar. Paradojas del primer mundo, pensé.

El pequeño dialogo con Hassan fue una experiencia corta que durará largamente; como la palabra 'adiós'. Charlar con él fue como si se me abrieran los ojos de repente. Ahora dejo posar por Lavapiés una mirada diferente. Ya no veo lo de antes. Miro cada tienda y cada bazar; los rasgos en los surcados rostros del inmigrante; oigo los idiomas imposibles que se oyen en cada esquina y que no es el español; observo las vestimentas diferentes… Tantos mundos unidos en un par de cuadras, tantos sueños disueltos y sin futuro; tantas esperanzas de resucitación; tanto silencio en el pecho de cada uno de los que viven amordazados por el cadalso de la ilegalidad, pero redimidos por la humanidad que cada ser posee en su calvario.

Que Lavapiés es un lugar mítico, una manera de vivir, un estilo y una historia… es verdad. Pero también lo es la crueldad de las ‘camas calientes’ a la vuelta de la abundancia. Quizás esta sea la otra cara de la realidad. El reino del revés viene a decir que no está solamente presente en el sur; que no todo es tan bueno como parece, y que en Lavapiés, justa y tristemente en Lavapiés, las camas no descansan, no se enfrían, no duermen. Están siempre… calientes.