jueves, 25 de septiembre de 2008

Entre los cerros y yo

Hace exactamente un año, regresé a Tucumán tras el exilio voluntario en España. Recuerdo que en los días previos a mi llegada me preguntaba cómo sería volver a casa. Imaginaba ése momento dibujando en mi cabeza múltiples escenarios para un barrio y una ciudad muy poco acostumbrados a cambiar. Me preguntaba si las calles estarían iguales, si el ciber de la esquina seguiría estando allí, o si la panadería de al lado de casa siguió subsistiendo con las mismas y escuetas ventas de panes, tortillas y medialunas. En realidad el que había cambiado era yo, no tanto el barrio; y mi mirada sobre él y la ciudad nunca más volvería a ser igual. Tampoco el tiempo transcurrido en el exterior fue el suficiente como para que cambiaran tanto las cosas por acá. Aquí la palabra cambio se pronuncia con labios de cristal, cada 15 o 20 años; y el transcurrir de la historia es un tren detenido en los andenes de un subdesarrollo integral.

Cuando llegué a casa después de un año sin verla, subí al sexto piso de mi departamento; y lo primero que hice fue salir al balcón, a ese pequeño pulmón del hogar, para comprobar cuánto había cambiado mi horizonte barrial. Justamente desde allí, donde uno puede mirar toda la ciudad hacia el Norte, el amanecer y el Parque 9 de Julio hacia el Este, y todos los cerros hacia el Oeste. Ah, los cerros tucumanos… los cerros! pero… “¿y los cerros?”, pregunté casi para mis adentros en ese instante. Ya no estaban allí, en la puntita de mi nariz. Ahora sólo alcanzaba a ver una masa de hormigón, una premonición de edificio que pronto llegaría alto, quizás demasiado o apenas lo suficiente como para nublar irremediablemente y para siempre el cielo de mi balcón.

En la vida, los paisajes y los horizontes personales sí que suelen cambiar, por lo que me acostumbré pronto a este, digamos, pequeño detalle. A lo que quizás no me acostumbro –he aquí, tarde, la razón de este relato- es a esos obreros de la construcción que trabajan en el pseudo edificio que se está erigiendo justo al frente de mi casa, entre el cerro y yo. Hace un tiempo ya que he cambiado las montañas por el hormigón, y he pasado muchas mañanas detenido, observando no ya el sol caer detrás de ellos, sino la obra creciente, la doméstica Babel tan llena de impunidad.

Mis tres años estudiando en la Facultad de Arquitectura apenas me habilitan a decir que esos obreros no cumplían ni cumplen con ninguna norma de seguridad personal. Están ahí, colgados de los andamios sin más que una gorra desgastada en la cabeza; no tienen ni guantes, ni cascos, ni rieles que puedan sujetar sus cuerpos mientras bailan por los aires desafiando la gravedad y la muerte. En el interior no hay señalizaciones ni carteles de seguridad que puedan prevenir cualquier accidente. Se pasean por las cornisas silbando bajito, pasándose los ladrillos de mano en mano; y cualquier intercambio de palabras no es un dialogo sino un griterío; y cualquier traslado de algún material no es su movimiento de un lugar a otro sino un arrojo violento y descontrolado que provoca un ruido ensordecedor. El transeúnte que camina por la acera debe bajar a la calle cuando pasa por allí, y los camiones que entran y salen provocan un caos vehicular ocho veces al día.

No hay conciencia del valor de una vida humana en ningún ámbito, y mucho menos en las obras en construcción de Tucumán, cuyo número ha crecido en los últimos años de una manera nociva, sin contar las muertes ocurridas en el sector. Y parece que no bastasen las vidas humanas evaporadas debajo de los escombros ruinosos de la inseguridad, ni tampoco la falta de control de un Estado cada vez más ausente. Nada parece ser suficiente; ni siquiera la resignación de los obreros que se pasean por las cornisas con total despreocupación ante la precariedad de sus ámbitos de trabajo. Desde lo alto, no sólo vociferan ingeniosos piropos a las damas caminantes del lugar, sino que arriesgan sus vidas día a día sin que nadie los cuide, los proteja o los instruya.

Hace ya tiempo que cambié los cerros por la impunidad. El horizonte de mi balcón ya no es el mismo que era. Hoy está poblado de obreros gritones e inseguros que nadie cuida, inmersos en una estructura deficiente de hormigón que nadie controla, y tapando los hermosos cerros tucumanos que ya nadie puede mirar porque el reino del revés está justo enfrente, en ese punto exacto y pendular que va del encanto de un paisaje natural al desencanto de la realidad lisa y llana. Un mundo dado vuelta plagado de muertes que ya nadie recuerda. Justo aquí, enfrente de mi casa… entre los cerros y yo.