domingo, 12 de octubre de 2008

Cosas que la fama no puede cambiar

Hace cinco años, las circunstancias de la vida me llevaron a grabar un spot publicitario que se vio en la televisión de Tucumán. Se trataba de una propaganda política en la que yo actuaba de un joven medio que, en un mitin con otros jóvenes, hablaba sobre lo bueno de tener acceso a ciertas oportunidades en la vida, cosa que sólo su candidato podía darle, claro está. Recuerdo que tuve que soportar estoicamente bromas y críticas de todo tipo en aquél entonces.

Una tarde, a la salida de una iglesia, una señora me apretujó sin más y llamó a sus amigas octogenarias para que también me abrazaran y manosearan porque les había gustado mucho mi discurso. Con educación agradecí sus palabras y salí corriendo. Lo que ellas no entendieron jamás, era que lo dicho en la propaganda no eran mis palabras, sino la del joven que yo representé actuando. Otra vez, conversando con un reconocido productor de televisión de mi ciudad, con quien en esos días trabajábamos en un programa de rock, me comentó lo siguiente: “Por Dios, ¿viste la propaganda del boludo ése? A quién se le habrá ocurrido semejante idea. ¡Es patética!”. Al principio me sorprendí, pero después me di cuenta de que el productor no me había reconocido. Entonces decidí hacerle pasar un mal momento. “No sólo la ví –le dije- sino que yo mismo la hice. El chico patético de la propaganda soy yo”. La cara del reconocido productor se desfiguró totalmente, y recuerdo haber disfrutado mucho de ése momento. Luego intentó minimizar su crítica y hasta elogiar ciertos aspectos de la propaganda. Tanta falsedad fue demasiada para mí, asi que me fui.

Seis meses después de lo patético de todo esto, una tarde mi amigo Mocho tenía que trasladar unos muebles de su casa hasta su estudio de diseño gráfico. Quería reacomodar su ámbito de trabajo y pensó que los viejos y abandonados estantes podían reciclarse allí. Así que me llamó por teléfono y me pidió el favor de llevarlos en mi auto. Sin ningún problema accedí y salimos en horas de la siesta. Recuerdo que hacía un calor infernal. Yo salí de casa con una bermuda, sandalias, musculosa y una gorra. No llevé ni siquiera mi billetera, ni mis documentos ni nada de nada, como suelo hacer. Total, era trasladar eso en el coche y de vuelta hacia casa a la frescura del aire acondicionado.

Recuerdo que el auto apenas podía moverse: llevaba adentro y afuera un montón de estantes, muebles y maderas con lo cual había que conducir despacito. Ibamos por avenida Além; en la intersección con Bolivar crucé un semáforo en rojo, a 40 km por hora. Inmediatamente escuché el pitido inconfundible de un agente de tránsito que me pide que detenga el coche. Tuve la desgracia de que justo en esa esquina, en horas en que nadie trabaja y hace un calor infernal en Tucumán, había paradito allí un agente de tránsito dispuesto a trabajar. Quizás si no hubiera ido tan cargado me animaba a huir, a jugar un poco al ladrón y al policía. Pero las circunstancias no me dejaron. Detuve el auto.

- Buenas tardes caballero, me permite los documentos del auto y su licencia de conducir, por favor?

- Hola Agente. Me va a disculpar pero salí apurado de casa y no traje nada de lo que usted me pide.

- Señor, usted acaba de cruzar un semáforo en rojo y no tiene documentos ni licencia de conducir.

- Lo sé… no lo puedo negar. Pero le soy sincero, salí apurado de casa, estamos llevando estos muebles y ya volvemos. Le pido disculpas.

Yo veía que el agente mi miraba. No como quien mira a una persona que acaba de infringir la ley y a la que está por llevar a la comisaría. Me miraba con curiosidad, inspeccionando mis facciones. Pensé que se debía a mi vestimenta, o quizás me estaba confundiendo con algún delincuente y contemplando la posibilidad de llevarme detenido. Todo esto pensé en fracciones de segundo mientras, ya resignado, esperaba la estocada final del agente: la multa, la detención o el pedido de coima (costumbre muy arraigada en esta ciudad por parte de los agentes de tránsito que cuando te pillan en una, para salvarte, te piden unos pesos para “el sándwich y la coca” sic.). Sin embargo, yo no tenía ni para la coima ese día, así que estaba completamente desprotegido y entregado a su decisión. A mi lado, mi amigo Mocho hizo un ademán como para sacar unos billetes y solucionar todo de una buena vez, pero inmediatamente lo detuve sin que me viera el agente y le dije que no hiciera nada de eso. Salíamos con la nuestra, o no salíamos.

- Señor, me veo obligado a retener su auto-, me dijo como queriendo asustarme y obligar mi ofrecimiento de coima.

-Agente –dije sonriendo, buscando complicidad- de verdad que si tuviera alguna posibilidad de solucionarlo lo solucionaría. Pero mire cómo estoy, no traje nada de nada. Sé que cometí un error, pero no le puedo decir otra cosa. Haga lo que tenga que hacer: la multa y todo eso, y déjeme ir porque estoy apurado.

El hombre seguía mirándome de esa manera. Se sorprendió un poco por mi respuesta. Se quedó mirándome en silencio unos segundos más. Yo lo miraba a los ojos. Hasta que me dijo:

- Usted es el de la propaganda?

Cómo explicar lo que sentí en ese momento. No sabía si reírme, si sentirme aliviado ante la posibilidad de que el agente fuese un fan de aquel anuncio de seis meses atrás y por ende me dejara ir en libertad, o agarrarme de los pelos ante su pregunta tan particular.

- Sí, soy yo – le dije- pero ha pasado mucho tiempo ya de aquélla publicidad

-¡Usted no se da una idea lo que a mi mamá le gustó esa publicidad!-, exclamó. Si ella se entera de que estuve hablando con usted, se va a volver loca. Se emocionó tanto con sus palabras...

- Bueno, le agradezco mucho. Me alegra que a su madre le haya gustado ese anuncio; pero ya pasó mucho tiempo… me gustaría irme ya…

- ¡Qué linda que estaba la propaganda! – volvió a exclamar casi gritando, agarrándome del brazo izquierdo-. Si no es mucha curiosidad de mi parte: ¿cuánto le pagaron por eso?-, preguntó.

- Nada, nada… lo hice absolutamente gratis.

- ¡No, no puede ser… ¿en serio!? ¡Pero si estaba tan buena!. Le deberían haber pagado algo.

- Y bueno compañero, así es la vida-, dije como queriendo cortar la charla.

A mi lado, el Mocho estaba descostillándose de la risa. La situación era muy surreal, como muchas de las que ocurren por estas tierras. Soporté el entusiasmo del agente como pude, hasta que me dice:

- Bueno, don Bruno. Vaya nomás. Aquí no ha pasado nada. Vaya con cuidado, eso sí, con tantos muebles.

- Le agradezco mucho agente, ¿cómo es su nombre?-, pregunté para darle mayor intimidad a nuestro encuentro.

- González, agente Pedro González-, me dijo extendiéndome la mano.

- Bueno González, hasta la próxima!-, me despedí.

Al parecer, en el reino del revés, aparecer en la televisión te exime de ciertas multas y obligaciones. De lo que no te libra ni te librará jamás, es de lo que ocurrió al final de esta historia.

- Don Bruno… perdone ¿no? ¿Por casualidad no le sobraron unas moneditas para el sándwich y la coca?