jueves, 25 de diciembre de 2008

Fulgor de una mañana indiferente

La cena había transcurrido con absoluta normalidad. La pavita de Mamá, la salsita saborizada de Papá, el vino tinto, el brindis de las 12, el soplar las velitas, el que los cumplas feliz Bruno, el me acuerdo cuando estabas en la panza de tu mamá cómo jodías antes de nacer che, los abrazos, el juntarnos en el balcón a mirar la ciudad iluminada -cada vez menos- por los fuegos artificiales, el goteo de las visitas posteriores, los primeros tangos, el folclore y la guitarra.

Son situaciones que se imponen cada 24 de diciembre en casa, más allá de las variaciones lógicas del paso del tiempo y de la partida o de la llegada de seres queridos en ese círculo movedizo que es la vida misma. Había decidido celebrar mi cumpleaños esa misma noche; no el 25 como de costumbre, lo que presagiaba ya de entrada un festejo diferente. Los amigos fueron llegando de a poco en un creciente rugir de encuentros, y en poco tiempo el ambiente pasó de ameno a desordenado. Suele suceder: la casa es chica y en cuanto viene gente, la cosa se desborda con facilidad. Sumado a la cantidad -nada escueta- de alcohol y de distintos cócteles que habíamos preparado, la cosa venía un poco feroz.

Alrededor de las 6 de la mañana nadie hacía ni el atisbo de retirarse. Entonces decidimos comprar más bebidas y cigarrillos. Sebastián ofreció su camioneta, y lo acompañamos el Flaco, el Negro y yo. Recorrimos varios lugares hasta que encontramos uno en avenida Sarmiento y Maipú. En el camino veníamos cantando lo que Seba dictaminaba en su coche. Si no me equivoco escuchábamos algo de Los Redondos a todo volumen, cantando medio a los gritos. Las latas de cerveza rodaban por el piso, y también de mano en mano, al vaivén de la inercia de todo movimiento vehicular. Cuando la camioneta se detuvo, el Flaco se bajó como pudo para ir al kiosco. Paradito en la acera, esperaba que pasasen los autos para poder cruzar la avenida. Su pulcra vestimenta de horas atrás ya no era la misma. Su impecable camisa blanca estaba ahora un poco roída por el estrago, y desprendida por demás.

Coqueteaba con su desequilibrio etílico en plena avenida. La arteria estaba muy transitada y los autos pasaban a toda velocidad. El Flaco no encontraba el momento preciso para cruzar. El semáforo estaba en intermitente. Tenía que encontrar un hueco de tiempo y espacio para poder atravesar y llegar al kiosco. La situación nos divertía. Él ahí afuera, con su particular postura, sin poder cruzar; nosotros ahí adentro riéndonos junto a él de su impotencia. De pronto comienza el show. El Flaco da un pasito hacia adelante como para cruzar, pero cuando un auto pasa a toda velocidad a centímetros de él, retrocede como bailando, desafiando a la muerte. Siempre nos hacía reír de esa manera. Era el más querido por todos. Estuvo así unos 5 o 6 minutos, yendo y viniendo por la avenida para hacernos reír. Nosotros nos divertíamos en las butacas de la camioneta. No veíamos entonces las predicciones del espanto.

Cuando encontró un hueco, cruzó la primera mitad de la avenida y llegó a la platabanda. Pero el juego continuaba allí afuera, y adentro ahora sonaba La Renga. “Estaba el diablo mal parado…” cantaba Chizzo, y en ese momento el Flaco amagó con otro cruce. Pero retrocedió de nuevo. A mí se me cae justo la lata de la mano. Me agacho a buscarla tanteando en la alfombra del vehículo. En esa oscuridad donde todo es táctil, busco mi lata a tientas. Siento la cerveza volcada en la alfombra, mis manos empapadas. Respiro con dificultad en esa posición tan incómoda de agacharse sentado a buscar algo en el suelo, mientras la sangre sube a la cabeza. Oigo, de golpe, un estampido seco, brutal, a metros de mí, seguido de una ensordecedora frenada de auto, y después el silencio. Un sórdido silencio difícil de olvidar.

Entonces los taxistas corren hacia la avenida. Entonces ¡llamá la ambulancia, boludo, llamá, que está vivo, está vivo! Entonces su camisa blanca manchada de sangre. Entonces el pavimento todavía huele a goma quemada. Y yo lo abrazo tendido en el suelo, inerte, besándole la indigna muerte que asoma por su boca. Oigo gritos de mujeres desesperadas, los vecinos que se despabilan en las aceras mirando cómo a nosotros se nos desdibuja el futuro. Por allá, ajeno y solo a las cosas, el conductor del vehículo le da cabezazos a una pared. Sebastián llora sentado en la platabanda, vencido; al Negro no lo veo en ningún lado, y las miradas insolentes de los perros se acercan a ese río colorado de sangre y estupor. El último aliento de la mañana permanece indiferente ante la muerte, mientras el Flaco, nuestro Flaco, va volando al infinito.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Zona liberada

Cuando me di cuenta, el reloj marcaba la 1 de la madrugada. En una ciudad donde todos los bares y discotecas están obligados a cerrar, por ley, a las 4 a.m., que la aguja esté pasando ya por el número uno es un problemita de tiempo bastante serio para quien quiera salir a divertirse o tomar algo con cierta comodidad temporal. La inútil ley que obliga a cerrar los bares y boliches a las 4 de la madrugada se cumple a rajatabla por estas tierras. Todas las demás leyes no; pero ésta, y la que prohíbe fumar en cualquier lugar público y cerrado, sí que se cumplen; siempre se cumplen. Si ésta es una ciudad seria, caramba!

Yo tenía ganas de salir a tomar algo con algún amigo. Era miércoles y llovía, lo cual lo hacía difícil. Pero tenía ganas igual, qué se yo… había recibido algunas buenas noticias durante el día (por fin de las buenas!) y tenía ganas de salir un poco. Miré el reloj otra vez y marcaba ya la 1.15. No, no da para llamar a nadie a estas horas. Además, quién querrá salir un miércoles lluvioso por la noche, cuando ya es la 1.15 de la madrugada y en esta ciudad no tenés tiempo para nada.

Resignado e insomne, me conecté a Internet. “El Inter de Porto Alegre se quedó con la Copa Sudamericana”, leía en un portal de noticias y no se por qué me acordé de Brasil, de esa otra patria que fluye por mis venas. En ese momento, se abre una ventana por el msn.

Adolfo dice: estás?
Bruno dice: sí, qué hacés?
Adolfo dice: nada, aquí ando, vos?
Bruno dice: bien, con ganas de salir un poco
Adolfo dice: si querés pasame a buscar y salgamos un rato
Bruno dice: vos decís?... no es muy tarde?
Adolfo dice: no boludo… venite y vemos qué hacemos, si salimos o nos quedamos acá
Bruno dice: bueno, en 10 minutos paso por ahí.
Adolfo dice: Ok.

Los beneficios que trae Internet son inconmensurables, pensé. Cerca de la 1.35 llegué a casa de Adolfo. Él también habrá tenido ganas de salir porque estaba esperándome en la puerta cuando llegué, cosa muy poco habitual en él. Dimos unas vueltas, y justo enfrente de la Plaza Urquiza, nos sentamos en un bar a tomar unas cervezas. Lo hicimos en la vereda, refugiados debajo de un toldo para no mojarnos. Adentro no había lugar para sentarse, un dúo tocaba música en vivo a un volumen exageradamente alto, mientras unos señores de 50 años bailaban muy divertidos. Como teníamos ganas de charlar tranquilos, nos sentamos afuera.

La conversación fue amena y el tiempo se hizo más corto de lo que ya era. Cuando el reloj marcó las 4 a.m., con puntualidad inglesa las luces del bar se apagaron, los dos músicos se llevaron calladitos sus instrumentos, y los cincuentones salían a los tumbos con el celular en una mano y el whisky en la otra. Nosotros tuvimos que tomarnos medio a las apuradas el último sorbo de cerveza. Con Adolfo nos miramos, y entre resignados y –mal- acostumbrados, subimos al auto para volver a casa.

- Llevame a comprar cigarrillos antes, por favor-, me dijo Adolfo. Fuimos a un 24 hs. conocido por ahí cerca. Justo al lado hay un bar que los fines de semana se convierte en un sitio bailable. Es uno de esos lugares periféricos, muy elemental, donde se escucha cumbia y para el que no existe ninguna ley.

Vimos varias mesas ocupadas en la vereda con botellas de cerveza recién abiertas, delatoras de la impunidad. Sin decirnos nada, caminamos hacia allí, nos sentamos en una mesa. Eran las 4.30 a.m., a plena luz de la noche, y ese lugar estaba abierto y vendiendo alcohol. La lluvia había parado, pero un viento fresco comenzó a empujar. Decidimos sentarnos adentro. “Adentro no vas a poder fumar”, le dije ingenuamente a Adolfo. Me miró y no dijo nada. Entramos igual. Pedimos cerveza, y un cenicero. Dos cosas que en Tucumán no se pueden pedir después de las 4 a.m., en ningún sitio cerrado. Nos trajeron lo que pedimos. Adolfo fumaba con mucho placer, cómodamente sentado en el bar, como si infringir una norma diera más sabor a la pitada. Yo hacía lo mismo pero con mi vaso, con una tácita sensación de venganza. Pensé en tantas noches en que a las 4 a.m. me obligaron a volver a casa, y ahora me sentía como en otra ciudad, o en otro país, donde se puede volver a casa a la hora que uno elija.

Ya había pasado mucho tiempo después de las 4 a.m. y en nuestro alrededor la gente fumaba y bebía como si nada, cuando toda la ciudad ya había apagado la luz y puesto el despertador, al ritmo que impone la ley y su férreo control policial de todas las noches. En nuestro ahora adorado bar estas cosas no suceden. Allí no hay ley. Allí descansa la impunidad. Es zona liberada
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Nota del editor: el nombre del bar mencionado no se dará a conocer bajo ninguna razón. No queremos que por esta publicación alguien vaya a controlarlo. De todas maneras, una de las dos palabras del título de éste post forma parte de su nombre que tiene cuatro (4) palabras. Está premeditadamente puesto allí. Si alguien lo adivina, ganará un premio: tomar una cerveza y fumar un cigarrillo gratis en este bar abierto después de las 4 a.m. Invita, cordialmente, elreinodelreves.com.

martes, 2 de diciembre de 2008

Sólo quería que no doliera tanto

La fila era larga. El transcurrir lento de los piececitos de los pasajeros, con sus bolsos arrastrándose en el impoluto piso de Barajas, justificaba cualquier tipo de diálogo entre León, Nube, Mery y yo. Estábamos ahí porque en minutos más me subiría a un avión que me trajera de nuevo a la Argentina.

En momentos así, precedentes a una separación o despedida, es aconsejable apartar a un lado los pensamientos dolientes o proféticos, sumergirse ciegamente en una conversación urgente, sin importar mucho el tema. Lo que importa, de verdad, es anular como sea esa tortura que se produce antes de despedirse de alguien a quien se quiere, en la que el destino es un poco justiciero de vaya a saber qué culpabilidad, y manosea un poco ésas vidas que se separarán vaya a saber por cuánto tiempo.

Aunque más no sea para mitigar esa lenta y doliente agonía que precede a la muerte de una despedida, decía, estábamos en la fila mis amigos y Mery entablando conversación. Yo tenía en mis manos el pasaje y el pasaporte listo para ser presentado ante los empleados de mi compañía aérea. Madrid había sollozado lágrimas de otoño durante todo el día, y un frío sin pasado parecía haber nacido recién aquélla noche entre nosotros. Yo intentaba reír, hacer de cuenta que no me iba, empujar con fuerza y valentía ese nudo incómodo y creciente que se producía en mi garganta.

León, un buen amigo que se había ofrecido con su esposa Nube a llevarme al aeropuerto, es policía. Justo ése día había viajado a Mali junto a otros compañeros en una misión cuyo objetivo era llevar de regreso a ése país a un grupo de africanos que había intentado ingresar ilegalmente en España.

Uno lee cotidianamente noticias sobre inmigrantes ilegales en los medios españoles. Pero pocas veces uno tiene la posibilidad de hablar con un protagonista directo de un flagelo cuya solución los europeos siguen sin encontrar. Mi vocación periodística y su curiosidad a tiempo completo, quizás, me llevaron a interesarme en aquélla misión. Para León era algo habitual, que ya había hecho varias veces en su trabajo. Para mí era una singular posibilidad de saber un poco más sobre aquello, algo que no se publique habitualmente en los medios.

Entre pregunta y respuesta, entre un paso y otro de la larga fila, mi amigo León me contó mucho: que van y vuelven en el mismo día; que dejan a los africanos en el aeropuerto y se marchan; que casi no tienen tiempo de asimilar el entorno y dónde están; que es muy cansador ese tipo de trabajo; que en algunos casos es riesgoso, según el lugar adonde vayan, y más cosas me contó León. Cosas inesperadas, que nunca había oído y leído.

- Antes de partir en el avión hacia el país africano que nos designen, coordinamos con las autoridades africanas algunas cuestiones-, me comentó León.
- Cuestiones como qué?-, pregunté.
- Pues en muchos casos nos piden que les llevemos mercaderías de aquí de España.
- Mercaderías?
- Sí, botellas de whiskys, algunas cajas de habanos, ése tipo de cosas.
- Pero con qué razón exigen eso? (huele un poco a coima, pensé, en argentino básico).
- Sin ninguna razón. Nosotros sabemos que si no llevamos lo que nos piden, no podemos aterrizar en sus territorios.
- Y si no aterrizan, qué pasaría?
- Dónde dejamos los negritos?
- O sea que es una extorsión-, pensé. ¿Pero no debiera el Estado de Mali, en este caso, cuidar y recibir nuevamente a sus legítimos habitantes que se han marchado ilegalmente a España?
- Debiera. Pero lamentablemente no es así, Bruno. Para nosotros la inmigración ilegal es un problema serio, y no queremos regresar con los negritos en el avión otra vez. Así que no nos queda otra que llevar lo que nos pidan para poder cumplir nuestra misión. Sino, insisto, no nos dejan aterrizar en sus territorios.

En ese momento, un señor gordo, con dos pesadas valijas, me miraba desde atrás con impaciencia porque la conversación con León me paralizó tanto, que olvidé que estaba en una fila de pasajeros que querían llegar pronto al mostrador de nuestra compañía aérea. Puse cara de circunstancia, como pidiendo perdón al señor gordo –creo que era mexicano, lo vi en su pasaporte- y completé el hueco de la fila caminando unos pasos hacia delante.

- León, no te puedo creer lo que me cuentas (no se por qué cuando hablo con amigos españoles el acento argentino se me anula inconscientemente). Es increíble.
- Es así Bruno. Increíble pero cierto.

El pequeño dato de León me conmovió. Repasé en mi pensamiento tantas cosas leídas sobre la inmigración ilegal en la prensa gráfica; vistas en la Televisión Española, pero no había nada como esto. Nada. Ni siquiera lo de las camas calientes en Madrid, historia ya comentada en este blog.

- Pero entonces es un negocio… -, pensé en voz alta.
- Por qué te crees que muchos arriesgan sus vidas en subirse a barcazas precarias, cayucos insostenibles, para llegar a tierra española todos los días?-, preguntó al aire León.
- Bueno, por la situación de pobreza que atraviesan, porque están buscando un mejor lugar para vivir…
- Sí, Bruno… pero la mayoría viene engañado. En las costas africanas hay gente que se aprovecha de la gente pobre y les dicen que España es el paraíso, que llegando aquí les esperan con trabajo digno, un sueldo, una vida mejor. Y por ese traslado les cobran mucho dinero.
- Y son ésos mismos pobres a los que luego el Estado no quiere recibir de nuevo si no les llega el whiskisito y los puros?

Ya no había nada que hacer. Yo buscaba hacer de cuenta que no me iba, apartar como sea mis pensamientos dolientes y proféticos, hablar de cualquier cosa. No de los africanos que engañan a africanos; no de los que mueren en el mar intentando buscar un horizonte mejor en la vida. Yo sólo quería olvidarme de mi partida y amenizar como sea la profusa agonía de las despedidas. Me salió mal, evidentemente me salió mal.

Ahora ya estoy en el avión, arrancado de todo y de todos, con una espina clavada en mi estado de ánimo ya bastante vapuleado; y aunque es de noche y no se ve nada por las ventanillas, sé que debajo de mí, justo once mil metros debajo de mí, hay negritos desesperados cruzando el mar; justo debajo de mí, África y su dolor. Yo la atravieso desde el cielo empotrado a la comodidad del avión y pienso en tantas cosas que no son precisamente whiskis o habanos.

Se apagan las luces. En 11 horas llego a mi casa. Intento dormir. Olvidar mi partida. Yo sólo quería que no doliera tanto. No tanto… no tanto así.