Esperaba una puteada. Una gran puteada, de las de siempre. De esas que me vocifera el taxista cada vez que vengo a Buenos Aires y al subirme en la estación de ómnibus de Retiro, le digo con soltura ‘llevame a Maipú y Córdoba, por favor’.
La mayoría de las veces que vengo a Capital lo hago con una mochila que me permite, tranquilamente, recorrer a pie esas 10 cuadras y evitarme así dos cosas: el gasto de subirme a un taxi, y la puteada, claro está. Pero otras veces, como ahora, vengo cargado y necesito imperiosamente un medio de transporte más o menos cómodo que me lleve a destino; a mí y a la valija, en este caso, pesada.
Digamos que ya es casi un ritual el que se genera cada vez que tengo que venir a Buenos Aires: el preparar mi equipaje en casa, el buscar monedas; muchas monedas para darle: al señor que sube la valija al ómnibus en Tucumán; al señor que la baja del ómnibus en Buenos Aires; y al señor que te abre y te cierra la puerta del taxi en Retiro. Tantas monedas y un presupuesto para justificar la estúpida costumbre de darle dinero a gente a la que no estás obligado a darle nada. Como a esos de los estacionamientos en la propia calle, cuando vas a ver un espectáculo, a la cancha o a tomar un café con amigos. '¿Se lo cuido maestro?'. Decía, en todo este ritual, cuando veo que será inevitable el taxi en Retiro, lo que no puedo dejar de preparar es mi cabeza para el momento en que lleguen las puteadas. Lo hago de manera inocente; como si preparándome para eso me doliera menos el encontronazo. Por ejemplo, la última vez que vine, en mayo de este año:
- Pero hermano, ¿no te podés ir caminando? No me podés hacer esto. Eso es de putos. Tomate el bondi si tenés valija, loco.
Cosas así uno tiene que soportar en Buenos Aires de la boca de un pelotudo que está laburando gracias a vos que te subís a él para que te lleve a cualquier lado. Por eso, otro día y hablando con otro taxista –mi amiga Marta sabe bien que me encanta charlar con ellos- una vez le pregunté:
- Pero por qué se enojan tanto?
- A ellos no les gusta salir de la Terminal por un viaje tan corto, hermano. No les conviene. Hacen la fila de taxis un montón de tiempo para que venga uno como vos y le pida que lo lleve aquí nomás, a 10 cuadras. Ellos están esperando agarrar un viajecito a Ezeiza, o a Aeroparque. Por eso se enojan.
El hombre me confirmó lo que yo ya sabía. Pero aún sabiéndolo, cada vez que me toca el infortunio, soporto la puteada como puedo, y digo por dentro ‘que se cague, si no le gusta que me baje’, y listo. Así que se hizo una pintoresca costumbre esto de llegar siempre a Buenos Aires con un coro de puteadas. Eso, y todo eso, hasta ayer.
Venía de buen humor; el viaje había sido perfecto y yo había dormido casi todo el trayecto, lo cual es para celebrar largamente. Mientras estaba en la fila esperando un taxi, y ya imaginando el vocifero incipiente, veo aparecer lentamente un viejo Peugeot 504, el que me tocaba a mí. Traté de adivinar si la cara del taxista me sugería algo, aunque rápidamente me subí, le di la monedita al señor que me abrió la puerta y una vez adentro del coche, digo: 'Maipú y Córdoba, por favor'. Se produjo un silencio. El hombre balbucea y mueve los labios en voz baja:
- Maipú y Córdoba; maipú y cór-do-ba… maipú y…. mmmm, a ver a ver, podemos ir por Além hasta Córdoba, o por Santa Fé… aunque siendo hoy viernes, estará todo tapado, maestro.
Ya tantas palabras de entrada y que ninguna sea las puteadas que habitualmente escucho me pareció como encontrar una flor en pleno desierto. Lo cual me generó inmediatamente cierta simpatía hacia el atípico taxista del Peugeot 504. ‘Vamos por donde sea más rápido’ le dije sin más. Pensé, casi creyendo adivinarlo, que su buen trato se debía a que posiblemente fuese su primer día de trabajo, que llevaba en la sangre ese entusiasmo un tanto pueril de los que recién comienzan, y otras tantas conjeturas para explicar tanta rareza.
- Hace mucho que estás en la calle con el auto?-, pregunté.
- Uhh… toda una vida, querido. Pero uno se acostumbra. Cualquiera puede pensar que por estar aquí metido entre tanto estrés, uno odia este laburo. Pero no… uno se acostumbra. Mirá, te digo más: cuando yo estoy subido al auto es como si estuviera de vacaciones (sic). Aquí soy feliz!
A esta altura yo no sabía si el hombre fumaba marihuana en las mañanas, si estaba delirando o si en realidad no había dormido tanto en el ómnibus como pensaba. Yo creo que me encontré, finalmente, con uno que no reniegue ni putee ni hable mal del gobierno –esa tan argentina costumbre en los taxis, no?-. Seguimos charlando, me contó que vive en Escalada, que no es como la tele dice, no señor, lo de la inseguridad es mentira, es hermoso lugar para vivir, además aquí nomás, a 15 minutitos del centro, cruzando el puente. Que tiene una hija y que se llama Sol. Que menos mal que viniste hoy, porque ayer estaba lloviendo una barbaridad, hoy al menos tenés solcito. Que venís por laburo o de vacaciones? Que sí, esta ciudad tiene sus cosas, pero es linda… que se yo.
Y así seguimos… subiendo por Além hasta Córdoba y de ahí hasta Maipú. Al llegar al destino, le pagué, tomé mi equipaje y le di la mano a modo de despedida. Cuando estaba ya cerrando la puerta, con medio cuerpo en la calle y medio cuerpo adentro del Peugeot, escucho que me dice algo. El taxista me dice algo que yo no escucho bien. Entonces giro mi cabeza hacia él.
- ¿Qué dijiste?-, le pregunto.
- Bienvenido a la jungla, hermano… Bienvenido y que la disfrutes-, dijo con una sonrisa apenas perceptible.
Yo seguí mi camino, casi impávido pero a la vez reconfortado. Quizás pensando en que en el reino del revés todo puede suceder, incluso el optimismo. Que puede salir de pronto una flor en el desierto, incluso en Buenos Aires; y que al llegar te reciban, incluso, sin las mismas e impunes puteadas de siempre.
La mayoría de las veces que vengo a Capital lo hago con una mochila que me permite, tranquilamente, recorrer a pie esas 10 cuadras y evitarme así dos cosas: el gasto de subirme a un taxi, y la puteada, claro está. Pero otras veces, como ahora, vengo cargado y necesito imperiosamente un medio de transporte más o menos cómodo que me lleve a destino; a mí y a la valija, en este caso, pesada.
Digamos que ya es casi un ritual el que se genera cada vez que tengo que venir a Buenos Aires: el preparar mi equipaje en casa, el buscar monedas; muchas monedas para darle: al señor que sube la valija al ómnibus en Tucumán; al señor que la baja del ómnibus en Buenos Aires; y al señor que te abre y te cierra la puerta del taxi en Retiro. Tantas monedas y un presupuesto para justificar la estúpida costumbre de darle dinero a gente a la que no estás obligado a darle nada. Como a esos de los estacionamientos en la propia calle, cuando vas a ver un espectáculo, a la cancha o a tomar un café con amigos. '¿Se lo cuido maestro?'. Decía, en todo este ritual, cuando veo que será inevitable el taxi en Retiro, lo que no puedo dejar de preparar es mi cabeza para el momento en que lleguen las puteadas. Lo hago de manera inocente; como si preparándome para eso me doliera menos el encontronazo. Por ejemplo, la última vez que vine, en mayo de este año:
- Pero hermano, ¿no te podés ir caminando? No me podés hacer esto. Eso es de putos. Tomate el bondi si tenés valija, loco.
Cosas así uno tiene que soportar en Buenos Aires de la boca de un pelotudo que está laburando gracias a vos que te subís a él para que te lleve a cualquier lado. Por eso, otro día y hablando con otro taxista –mi amiga Marta sabe bien que me encanta charlar con ellos- una vez le pregunté:
- Pero por qué se enojan tanto?
- A ellos no les gusta salir de la Terminal por un viaje tan corto, hermano. No les conviene. Hacen la fila de taxis un montón de tiempo para que venga uno como vos y le pida que lo lleve aquí nomás, a 10 cuadras. Ellos están esperando agarrar un viajecito a Ezeiza, o a Aeroparque. Por eso se enojan.
El hombre me confirmó lo que yo ya sabía. Pero aún sabiéndolo, cada vez que me toca el infortunio, soporto la puteada como puedo, y digo por dentro ‘que se cague, si no le gusta que me baje’, y listo. Así que se hizo una pintoresca costumbre esto de llegar siempre a Buenos Aires con un coro de puteadas. Eso, y todo eso, hasta ayer.
Venía de buen humor; el viaje había sido perfecto y yo había dormido casi todo el trayecto, lo cual es para celebrar largamente. Mientras estaba en la fila esperando un taxi, y ya imaginando el vocifero incipiente, veo aparecer lentamente un viejo Peugeot 504, el que me tocaba a mí. Traté de adivinar si la cara del taxista me sugería algo, aunque rápidamente me subí, le di la monedita al señor que me abrió la puerta y una vez adentro del coche, digo: 'Maipú y Córdoba, por favor'. Se produjo un silencio. El hombre balbucea y mueve los labios en voz baja:
- Maipú y Córdoba; maipú y cór-do-ba… maipú y…. mmmm, a ver a ver, podemos ir por Além hasta Córdoba, o por Santa Fé… aunque siendo hoy viernes, estará todo tapado, maestro.
Ya tantas palabras de entrada y que ninguna sea las puteadas que habitualmente escucho me pareció como encontrar una flor en pleno desierto. Lo cual me generó inmediatamente cierta simpatía hacia el atípico taxista del Peugeot 504. ‘Vamos por donde sea más rápido’ le dije sin más. Pensé, casi creyendo adivinarlo, que su buen trato se debía a que posiblemente fuese su primer día de trabajo, que llevaba en la sangre ese entusiasmo un tanto pueril de los que recién comienzan, y otras tantas conjeturas para explicar tanta rareza.
- Hace mucho que estás en la calle con el auto?-, pregunté.
- Uhh… toda una vida, querido. Pero uno se acostumbra. Cualquiera puede pensar que por estar aquí metido entre tanto estrés, uno odia este laburo. Pero no… uno se acostumbra. Mirá, te digo más: cuando yo estoy subido al auto es como si estuviera de vacaciones (sic). Aquí soy feliz!
A esta altura yo no sabía si el hombre fumaba marihuana en las mañanas, si estaba delirando o si en realidad no había dormido tanto en el ómnibus como pensaba. Yo creo que me encontré, finalmente, con uno que no reniegue ni putee ni hable mal del gobierno –esa tan argentina costumbre en los taxis, no?-. Seguimos charlando, me contó que vive en Escalada, que no es como la tele dice, no señor, lo de la inseguridad es mentira, es hermoso lugar para vivir, además aquí nomás, a 15 minutitos del centro, cruzando el puente. Que tiene una hija y que se llama Sol. Que menos mal que viniste hoy, porque ayer estaba lloviendo una barbaridad, hoy al menos tenés solcito. Que venís por laburo o de vacaciones? Que sí, esta ciudad tiene sus cosas, pero es linda… que se yo.
Y así seguimos… subiendo por Além hasta Córdoba y de ahí hasta Maipú. Al llegar al destino, le pagué, tomé mi equipaje y le di la mano a modo de despedida. Cuando estaba ya cerrando la puerta, con medio cuerpo en la calle y medio cuerpo adentro del Peugeot, escucho que me dice algo. El taxista me dice algo que yo no escucho bien. Entonces giro mi cabeza hacia él.
- ¿Qué dijiste?-, le pregunto.
- Bienvenido a la jungla, hermano… Bienvenido y que la disfrutes-, dijo con una sonrisa apenas perceptible.
Yo seguí mi camino, casi impávido pero a la vez reconfortado. Quizás pensando en que en el reino del revés todo puede suceder, incluso el optimismo. Que puede salir de pronto una flor en el desierto, incluso en Buenos Aires; y que al llegar te reciban, incluso, sin las mismas e impunes puteadas de siempre.