La cena había transcurrido con absoluta normalidad. La pavita de Mamá, la salsita saborizada de Papá, el vino tinto, el brindis de las 12, el soplar las velitas, el que los cumplas feliz Bruno, el me acuerdo cuando estabas en la panza de tu mamá cómo jodías antes de nacer che, los abrazos, el juntarnos en el balcón a mirar la ciudad iluminada -cada vez menos- por los fuegos artificiales, el goteo de las visitas posteriores, los primeros tangos, el folclore y la guitarra.
Son situaciones que se imponen cada 24 de diciembre en casa, más allá de las variaciones lógicas del paso del tiempo y de la partida o de la llegada de seres queridos en ese círculo movedizo que es la vida misma. Había decidido celebrar mi cumpleaños esa misma noche; no el 25 como de costumbre, lo que presagiaba ya de entrada un festejo diferente. Los amigos fueron llegando de a poco en un creciente rugir de encuentros, y en poco tiempo el ambiente pasó de ameno a desordenado. Suele suceder: la casa es chica y en cuanto viene gente, la cosa se desborda con facilidad. Sumado a la cantidad -nada escueta- de alcohol y de distintos cócteles que habíamos preparado, la cosa venía un poco feroz.
Alrededor de las 6 de la mañana nadie hacía ni el atisbo de retirarse. Entonces decidimos comprar más bebidas y cigarrillos. Sebastián ofreció su camioneta, y lo acompañamos el Flaco, el Negro y yo. Recorrimos varios lugares hasta que encontramos uno en avenida Sarmiento y Maipú. En el camino veníamos cantando lo que Seba dictaminaba en su coche. Si no me equivoco escuchábamos algo de Los Redondos a todo volumen, cantando medio a los gritos. Las latas de cerveza rodaban por el piso, y también de mano en mano, al vaivén de la inercia de todo movimiento vehicular. Cuando la camioneta se detuvo, el Flaco se bajó como pudo para ir al kiosco. Paradito en la acera, esperaba que pasasen los autos para poder cruzar la avenida. Su pulcra vestimenta de horas atrás ya no era la misma. Su impecable camisa blanca estaba ahora un poco roída por el estrago, y desprendida por demás.
Coqueteaba con su desequilibrio etílico en plena avenida. La arteria estaba muy transitada y los autos pasaban a toda velocidad. El Flaco no encontraba el momento preciso para cruzar. El semáforo estaba en intermitente. Tenía que encontrar un hueco de tiempo y espacio para poder atravesar y llegar al kiosco. La situación nos divertía. Él ahí afuera, con su particular postura, sin poder cruzar; nosotros ahí adentro riéndonos junto a él de su impotencia. De pronto comienza el show. El Flaco da un pasito hacia adelante como para cruzar, pero cuando un auto pasa a toda velocidad a centímetros de él, retrocede como bailando, desafiando a la muerte. Siempre nos hacía reír de esa manera. Era el más querido por todos. Estuvo así unos 5 o 6 minutos, yendo y viniendo por la avenida para hacernos reír. Nosotros nos divertíamos en las butacas de la camioneta. No veíamos entonces las predicciones del espanto.
Cuando encontró un hueco, cruzó la primera mitad de la avenida y llegó a la platabanda. Pero el juego continuaba allí afuera, y adentro ahora sonaba La Renga. “Estaba el diablo mal parado…” cantaba Chizzo, y en ese momento el Flaco amagó con otro cruce. Pero retrocedió de nuevo. A mí se me cae justo la lata de la mano. Me agacho a buscarla tanteando en la alfombra del vehículo. En esa oscuridad donde todo es táctil, busco mi lata a tientas. Siento la cerveza volcada en la alfombra, mis manos empapadas. Respiro con dificultad en esa posición tan incómoda de agacharse sentado a buscar algo en el suelo, mientras la sangre sube a la cabeza. Oigo, de golpe, un estampido seco, brutal, a metros de mí, seguido de una ensordecedora frenada de auto, y después el silencio. Un sórdido silencio difícil de olvidar.
Entonces los taxistas corren hacia la avenida. Entonces ¡llamá la ambulancia, boludo, llamá, que está vivo, está vivo! Entonces su camisa blanca manchada de sangre. Entonces el pavimento todavía huele a goma quemada. Y yo lo abrazo tendido en el suelo, inerte, besándole la indigna muerte que asoma por su boca. Oigo gritos de mujeres desesperadas, los vecinos que se despabilan en las aceras mirando cómo a nosotros se nos desdibuja el futuro. Por allá, ajeno y solo a las cosas, el conductor del vehículo le da cabezazos a una pared. Sebastián llora sentado en la platabanda, vencido; al Negro no lo veo en ningún lado, y las miradas insolentes de los perros se acercan a ese río colorado de sangre y estupor. El último aliento de la mañana permanece indiferente ante la muerte, mientras el Flaco, nuestro Flaco, va volando al infinito.
Son situaciones que se imponen cada 24 de diciembre en casa, más allá de las variaciones lógicas del paso del tiempo y de la partida o de la llegada de seres queridos en ese círculo movedizo que es la vida misma. Había decidido celebrar mi cumpleaños esa misma noche; no el 25 como de costumbre, lo que presagiaba ya de entrada un festejo diferente. Los amigos fueron llegando de a poco en un creciente rugir de encuentros, y en poco tiempo el ambiente pasó de ameno a desordenado. Suele suceder: la casa es chica y en cuanto viene gente, la cosa se desborda con facilidad. Sumado a la cantidad -nada escueta- de alcohol y de distintos cócteles que habíamos preparado, la cosa venía un poco feroz.
Alrededor de las 6 de la mañana nadie hacía ni el atisbo de retirarse. Entonces decidimos comprar más bebidas y cigarrillos. Sebastián ofreció su camioneta, y lo acompañamos el Flaco, el Negro y yo. Recorrimos varios lugares hasta que encontramos uno en avenida Sarmiento y Maipú. En el camino veníamos cantando lo que Seba dictaminaba en su coche. Si no me equivoco escuchábamos algo de Los Redondos a todo volumen, cantando medio a los gritos. Las latas de cerveza rodaban por el piso, y también de mano en mano, al vaivén de la inercia de todo movimiento vehicular. Cuando la camioneta se detuvo, el Flaco se bajó como pudo para ir al kiosco. Paradito en la acera, esperaba que pasasen los autos para poder cruzar la avenida. Su pulcra vestimenta de horas atrás ya no era la misma. Su impecable camisa blanca estaba ahora un poco roída por el estrago, y desprendida por demás.
Coqueteaba con su desequilibrio etílico en plena avenida. La arteria estaba muy transitada y los autos pasaban a toda velocidad. El Flaco no encontraba el momento preciso para cruzar. El semáforo estaba en intermitente. Tenía que encontrar un hueco de tiempo y espacio para poder atravesar y llegar al kiosco. La situación nos divertía. Él ahí afuera, con su particular postura, sin poder cruzar; nosotros ahí adentro riéndonos junto a él de su impotencia. De pronto comienza el show. El Flaco da un pasito hacia adelante como para cruzar, pero cuando un auto pasa a toda velocidad a centímetros de él, retrocede como bailando, desafiando a la muerte. Siempre nos hacía reír de esa manera. Era el más querido por todos. Estuvo así unos 5 o 6 minutos, yendo y viniendo por la avenida para hacernos reír. Nosotros nos divertíamos en las butacas de la camioneta. No veíamos entonces las predicciones del espanto.
Cuando encontró un hueco, cruzó la primera mitad de la avenida y llegó a la platabanda. Pero el juego continuaba allí afuera, y adentro ahora sonaba La Renga. “Estaba el diablo mal parado…” cantaba Chizzo, y en ese momento el Flaco amagó con otro cruce. Pero retrocedió de nuevo. A mí se me cae justo la lata de la mano. Me agacho a buscarla tanteando en la alfombra del vehículo. En esa oscuridad donde todo es táctil, busco mi lata a tientas. Siento la cerveza volcada en la alfombra, mis manos empapadas. Respiro con dificultad en esa posición tan incómoda de agacharse sentado a buscar algo en el suelo, mientras la sangre sube a la cabeza. Oigo, de golpe, un estampido seco, brutal, a metros de mí, seguido de una ensordecedora frenada de auto, y después el silencio. Un sórdido silencio difícil de olvidar.
Entonces los taxistas corren hacia la avenida. Entonces ¡llamá la ambulancia, boludo, llamá, que está vivo, está vivo! Entonces su camisa blanca manchada de sangre. Entonces el pavimento todavía huele a goma quemada. Y yo lo abrazo tendido en el suelo, inerte, besándole la indigna muerte que asoma por su boca. Oigo gritos de mujeres desesperadas, los vecinos que se despabilan en las aceras mirando cómo a nosotros se nos desdibuja el futuro. Por allá, ajeno y solo a las cosas, el conductor del vehículo le da cabezazos a una pared. Sebastián llora sentado en la platabanda, vencido; al Negro no lo veo en ningún lado, y las miradas insolentes de los perros se acercan a ese río colorado de sangre y estupor. El último aliento de la mañana permanece indiferente ante la muerte, mientras el Flaco, nuestro Flaco, va volando al infinito.