miércoles, 30 de septiembre de 2009

Las nueve en punto

Todavía sudados y agitados recogimos la ropa desparramada por el suelo. Muy de prisa comenzamos a vestirnos otra vez, y recién cuando miré por la ventana entendí por qué se empañan los vidrios cuando se hace el amor en pleno invierno.

- Quedate un rato más-, dijo ella.
- En veinte minutos sale el tren… no puedo quedarme-, dije yo.
- Pero si salís en el de las ocho no va a pasar nada; él vendrá recién a las nueve en punto.
- Sabés que no puedo, lo supiste siempre… ¿Qué ganás con una hora más si no podemos cambiar nuestro destino?
- ¿Y quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino, Bruno?
- ¡El mismo destino, que lo parió!

Inés me miró con esos ojos tristes, semidesnuda. La ventana seguía empañada por el brutal contraste de temperaturas, y su cuerpo aún llagado de apresuradas pasiones intentaba reanimarse de a poco. El aire espeso de la habitación parecía cortar nuestras respiraciones y el movimiento mínimo de vestirse nos fatigaba como una maratón. Aunque habíamos pasado la tarde juntos, una adolescente fatalidad hizo que nuestros cuerpos se encontraran recién al anochecer, minutos antes de mi partida. No nos dimos cuenta de que a veces es el tiempo el aire que suele avivar el fuego de las pasiones. Por eso en ese momento todo supo a poco, como en cada encuentro. Y ya no quedaba más que correr hacia la estación y llegar a tiempo a ese tren que me llevara de regreso a la lejanía cómoda e irrenunciable de mi hogar y mi mujer.

Recuerdo que no esperamos al ascensor y bajamos directo por las escaleras. Yo iba más de prisa que ella que hacía lo posible por seguirme pero no aguantaba, se quedaba atrás, cansada.

- Si seguimos tu ritmo no llego a la estación y pierdo el tren-, dije sin aire.
- Bueno andá, andá Bruno… yo me quedo acá, no puedo correr así… andá- dijo, extenuada y rendida, con los brazos caídos.

Antes, habíamos jurado que ése iba a ser el último encuentro. Así que nos despedimos ahí nomás, con un beso en la frente, de ésos que se dan cuando se dice adiós y para siempre. Ella se quedó parada, exhausta, mirándome alejarme de su vida en una esquina. Yo corría sin ganas y el aire polar me entraba como un acero helado por las entrañas. Miré una sola vez hacia atrás y ella, apoyada en una pared, intentó disimular el desencanto con una sonrisa forzada que no creí. Alguien había escrito ese final y nosotros no pudimos editarlo. No merecíamos –nadie merece- un final así de abrupto, así de lacerante. Cinco minutos antes habíamos estado desnudos en un mundo perfecto para los dos. “Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiéramos conocido antes de casarnos”, solía repetirme Inés, tendida boca arriba en el sofá, mientras fumaba el cigarrillo típico del después en cada uno de nuestros secretos encuentros.

Cuando llegué a la estación, el tren ya estaba partiendo. Logré saltar y entrar, y me hundí en la butaca de inmediato a atrapar un poco de oxigeno. Miré hacia fuera cómo todo se me escapaba de las manos entre las vías, incluso su imagen borrosa pidiéndome me quedara una hora más, como si en ese lapso estuviera oculta la felicidad. Lo único sensato que podía hacer, entre toda la insensatez de nuestra historia, era tomar ese tren de regreso a mi casa y a mi destino conyugal ya determinado, con ese silencio resignado de cadalso que amordaza cualquier expectativa de movimiento y resucitación.

Del otro lado, todo sucedió demasiado pronto como para que ella comprendiera. Miró el cielo con los ojos bien abiertos, como quien los airea para evitar el brote de las lágrimas, tragó otra vez el nudo en la garganta y regresó a su casa a preparar la cena para su marido, pronto al caer. Era el momento exacto de la tarde en que el día y la noche deciden encontrarse; ese minuto irrepetible, misterioso en el que ambos bajan la guardia y se encuentran para rozarse, coquetear con la eternidad. La noche llega, el día se va, y debajo de todo, sumida en su soledad, Inés buscaba todas las explicaciones de la insensatez en una sartén ardiendo de aceite donde ahora preparaba unos spaguettis alla carbonara para su marido. Minutos atrás, antes de que la noche viniera, nuestros cuerpos habían sido una sola cosa a metros de esa cocina, como ahora lo eran el sol y la luna, el día y la noche, la vida y la muerte, que se repite obstinadamente sobre el pozo de aire y tiempo de las horas.

Todavía no estaba del todo oscuro cuando decidí bajarme del tren abruptamente. “¿Quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino?”, resonaba en mis oídos aturdidos. “Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiéramos conocido antes de casarnos”, taladraba mi desánimo. Todo sonaba a provocación para un orgullo demasiado grande como el mío. Quería darle una respuesta, una lección al porvenir. Me bajé entonces en la tercera parada aprovechando un desperfecto del tren. Sentía liberarme de todo el peso de la culpa mientras corría de regreso hacia ella. Quería encontrarla, abrazarla, escribir con mis manos un destino propio, no determinado, para los dos. Los faroles de las veredas se encendían. La ciudad y sus habitantes seguían su ritmo habitual, indiferentes a mi carrera contra el tiempo. Quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino. Quién.

Cuando llegué, encontré la puerta abierta y un fuerte olor a quemado bajaba por las escaleras. No esperé el ascensor. Subí desandando lo que hace un rato nomás habíamos andado juntos escalón tras escalón, hasta que llegué al pasillo del quinto piso y ví un hilo de aceite colorado avanzando por el suelo. Siento claramente que la abrazo, que no me alcanzan las manos para absorber su pelo, su cabeza. También sé que balbuceo palabras, aquí estoy, quisiera intentarlo, no tengamos miedo, quién sabe un día, no llores más, sí tonta… me bajé en la tercera, aquí estoy, ya nadie nos separa vas a ver.

Grité su nombre y entré al departamento, resbalé con el aceite y caí justo a su lado. Inés apenas respiraba en el suelo; agarré con mis dos manos abiertas y bien fuerte su rostro empapado de aceite caliente y sangre fría, como si la muerte o el destino pudiera evitarse con dos manos que oprimen lo irreversible. “Qué suerte que viniste, Bruno… tenemos tanto de qué hablar”, me dijo temblorosa, con voz ronca, justo antes del suspiro final. Miré el reloj. Eran las nueve. Las nueve en punto.

martes, 15 de septiembre de 2009

La Fe al mediodía

La una de la tarde suele ser una hora crítica para alguien que ha dormido apenas dos horas como yo la noche anterior y que, por el ajetreo laboral, desayunó mal y a las apuradas. El malhumor es algo que sobreviene entonces con la fuerza de una catarata amarga preñada de hambre y de sueño y de no me toques que te reviento, y te cachetea sensiblemente el estado de ánimo convirtiéndote en alguien en carne viva, realmente peligroso para la sociedad.

Digamos que así de irritable me subí al taxi ése mediodía con la sola idea de llegar a casa, comer algo y descansar un poco. En condiciones normales, soy un gran conversador sentado en un taxi. Los taxistas son el termómetro de la sociedad, de la calle y me gusta entrevistarlos, indagarlos. No soporto el silencio entre ellos y yo. Es algo que me pone realmente incómodo además. Pero ésta vez, tan vapuleado e intolerante, sólo atiné al buen día, lléveme a tal parte, y al abandono de nuestra relación.

De todas formas, convengamos que si el pasajero –es decir, yo- se sube al coche con una vistosa férula en su pierna derecha que le llega hasta la rodilla y apenas puede caminar producto de una lesión jugando al fútbol por querer hacerse el habilidoso llegando a los treinta, no se puede pretender no hablar de nada. La curiosidad habitual y característica de los taxistas iniciará la conversación ya sabemos por dónde.

- Te caíste con la moto?-, me dijo el conductor
- No, jugando al fútbol. Distensión de ligamentos. Un mes con esta mierda. Ya no la soporto.
- (Risa) Hay cosas peores che…
- Sí –pensé yo- es cierto, pero es lo que hay...

Dialogo iniciado. No había con qué darle. Me sale naturalmente. Se sabe, eso de la falta de comunicación entre tacho y pasajero…

- Sabés hermano?, hay una frase que dice: “me quejaba porque no tenía zapatos, mientras otros no tenían pie”.

¡Cagamos!-, pensé. Un loco que se la da de filósofo, y con frases como éstas. A esta hora del mediodía, y yo con hambre y sueño. Sólo a mí.

- Siempre estamos quejándonos de todo –prosiguió Bucay-. Que el frío, que el calor, que la lluvia, que el gobierno, que la Selección… No somos felices, hermano. No somos felices.

Lo que yo menos quería hasta llegar a casa era pensar en algo. Y este señor, sin pedirme permiso, manoseó mi mente vaya a saber con qué fines, violando la intimidad de mi letargo y haciéndome reflexionar, inexorablemente, sobre la vida y lo tan infelices que somos. Giro entonces mi cabeza para mirar al atrevido. Me hablaba sin quitar sus ojos de la calle, con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventana. Hay que decirlo: el tipo tenía una mirada transparente, una paz interior que le dicen. Comencé a hacer una inspección ocular en el interior del roído Renault 9. Estaba bastante machacadito y polvoriento. La austeridad lo era todo ahí adentro. Nada de muñequitos colgando, ni adhesivos ni imágenes de San Expedito. Lo que sí veo es una Biblia, tapa negra de cuero, letras doradas, aunque gastada, bastante gastada. A la par, las moneditas para dar el vuelto. En eso, me interrumpe:

- Yo era así, hermano. Me quejaba de todo. No era feliz. Mi mujer no me soportaba, mis hijos… menos. Hasta que un día entendí que todo lo que nos sucede en la vida es porque así lo quiso Dios. Ese día dejé de ser el mismo. Cambié, hermano.

Al señor se le notaban ganas de hablar; nada raro para un taxista argentino. Pero no se por qué razón, cuando el hombre me decía “hermano” me sonaba a esos pastores brasileños de la iglesia universal. Igualmente el hombre era bien tucumano. Se me ocurrió meter un bocadito para tirarle la lengua y llegarle al corazón:

- No somos dueños –le dije- no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra propia vida.
- ¡Eso es, hermano! ¡Eso es!-, levantó la voz, mirándome por primera vez- . “Rendíos ante el Señor de la historia porque sólo Él permanece, en sus manos está lo oculto y profundo de la tierra”-, citó de memoria, levantando las manos.

A la mierda… con salmo y todo. Por lo menos no me cuenta sus aventuras sexuales con hombres, travestis y/o animales, algo tan común y, por lo visto, necesario de contar para los taxistas argentinos. Tantas veces tuve que escuchar cada cosa sin querer escucharlo, por qué habría de renegar ahora con este buen hombre. Al fin y al cabo, yo también soy creyente, sus palabras me sonaban de algún lado y, además, cada uno con su fe.

Manotea la Biblia negra, la levanta, la muestra:

- Aquí, hermano… aquí está todo escrito. Si el hombre supiera que aquí están todas las respuestas no viviría como vive, quejándose de todo.

A esta altura no sabía si lo decía por mí, por mi férula o por la humanidad en general. A las cosas que lleva una conversación trivial iniciada a causa de una lesión en una pierna, pensé. Tan inesperado como reconfortante, dadas las circunstancias, fue el dialogo con este buen hombre. Demasiado para un viaje tan corto. Demasiado para alguien que ha dormido dos horas la noche anterior, que tiene hambre y sueño, y poca… demasiada poca Fe a la una del mediodía.

martes, 23 de junio de 2009

El juego

Comenzó casi sin que nos diéramos cuenta. El primer roce fue incómodo como un trocito de carne entre los dientes. Después nos fuimos acostumbrando. Le encontramos el gustito como a todo; como a la tribuna repleta donde siempre jugábamos el juego, allí donde los cuerpos se convierten en una goma esponjosa que se pegotea en el que está al lado y se transforma en una masa informe de hinchas de fútbol. Siempre jugábamos así, bajo esas circunstancias, sino no tendría sentido. Los pozos de aire y espacio en una tribuna vacía nos habrían separado de inmediato con la complicidad de la vergüenza. A cancha llena no podíamos poner excusa, terminábamos rozándonos sí o sí en la tribuna de calle Laprida.

Todavía recuerdo la primera vez. Era uno de los primeros partidos del campeonato. Fui con el Turco, amigo y compañero de tribuna. Siempre delante de mí en el escalón de abajo, yo me apoyaba en sus hombros cada vez que venía una avalancha o un grito de gol enardecido. A mi lado estaba ella, casi con la misma posición, sólo que adelante estaba su hermano. Sus manos posaban sobre los hombros de él al igual que las mías sobre los del turco, que servían también de apoyo cuando la cosa se desbordaba por alguna jugada arriesgada de nuestro equipo.

Fue en un tiro de esquina creo. Estirábamos nuestros cuellos como jirafas para poder apreciar el remate entre tanta gente, banderas y papelitos. Justo antes de que el jugador rematara el balón hacia el área en busca de algún cabezazo, sentí el dedo meñique de su mano izquierda subirse despacito al dedo meñique de mi mano derecha. Primero el desconcierto… una incomodidad de basurita en el ojo, luego mirar de reojo sin saber si el dedito montado sobre el mío era producto de una casualidad lógica entre multitudes, o una intención premeditada de querer abrir la puerta para salir a jugar. Fue un segundo, pero duró una eternidad. Su dedo se subió al mío como queriéndolo jinetear y con una leve presión muscular lo oprimió con fuerzas. En el césped, el balón fue directo a la cabeza de Páez para luego pasar rozando el travesaño provocando una avalancha ensordecedora donde, estoy casi seguro, su meñique aprovechó el impulso de la multitud para subirse al mío que –ni lento ni perezoso- lejos de quitarse el peso de encima, se quedó quietito al calorcito de su tersa piel.

Ésa fue la primera vez que jugamos el juego. Ya en los partidos posteriores nos ubicaríamos siempre en la misma fila y a la misma altura, sin decirnos nada. El juego tenía esa regla implícita: no decirnos nada, simplemente jugar. El Turco nunca se daba cuenta de nuestras maniobras. Estaba muy atento al partido y no podía enterarse de que su hombro era nuestro parque de diversiones. Sólo una vez, en un entretiempo, miró hacia atrás y yo me hice el tonto, claro.

Ella tenía la piel trigueña, era bajita y usaba collares de colores; masticaba chicle con fuerza y precisión. No debe haber tenido más de 20 años. Nunca me animé a decirle nada; a lo sumo, movía mi dedo meñique en busca del suyo y así jugábamos un rato. Una tarde lluviosa y fría decidió ir con guantes. Mis manos estaban casi congeladas y yo saltaba y cantaba como nunca en busca de calor. Ese día su dedo se quedó más tiempo que de costumbre sobre el mío, dándome lo que buscaba, y quizás también algo más. Estuve a punto de mirarla y decirle lo que pensaba, pero justo el Pulguita encaraba mano a mano al arquero y metía el tercer gol de la tarde para el delirio de la hinchada. Recién en la decimoquinta fecha -ya hacía calor- me animé a regalarle un vaso de gaseosa antes de que comenzara el partido. Cuando le alcancé el vaso, sus dedos se pegaron a los míos y se detuvieron unos segundos junto a esa frescura descartable con sabor a coca. Sonreí nervioso, ella agradeció con un gesto noble parecido a una caricia.

La cosa se complicó un poco cuando el hermano comenzó a sospechar. Entonces durante un par de partidos decidimos –tácitamente- suspender el juego. En ese lapso, el Turco se lesionó la rodilla en un picado con amigos y dejó de ir a la cancha, con lo cual yo no tenía hombro conocido donde apoyarme. En la clandestinidad inferior de nuestras cinturas, uno al lado del otro, nuestros dedos se enlazaron con osadía, desafiando como nunca antes la sospecha y proximidad del hermano. Nos divertíamos tanto… a veces se nos escapaba una carcajada. Y si eso ocurría durante una jugada peligrosa del rival, los demás nos miraban con un enojo que te la devo dire. Aún así, casi nadie podía sospechar lo que pasaba entre nosotros: ese juego mínimo, tácito, anónimo quizás, de deditos que se entrelazan y se tocan como si tuvieran vida propia en un universo de decisiones que no tomamos. Tal vez como dos hormiguitas negras picoteando un arenal.

Después vino la etapa de los mensajes. Los escribíamos con las uñas en nuestras manos, invisibles para la multitud pero no para nosotros que sentíamos el surcar de nuestros dedos en la piel como un dialecto rupestre y nómade que sólo nosotros podíamos comprender. Ahí la cosa se puso linda. “No puedo evitar tocarte” escribió ella con dificultad sobre mi mano transpirada. “No me culpes por lo que hagan mis dedos”, agregué en la suya, tembloroso, con mis uñas recién cortadas. La emoción del partido a punto de finalizar nos envolvía. Era el último de la temporada y no podíamos esperar dos meses hasta que empiece otro y jugar de cero. Con un poco más de presión y completamente decidido, di una última estocada sobre su mano trigueña: “esta noche, como sea, tu teléfono, te llamo”. Ella leyó a las apuradas prestando más atención al campo de juego que a su mano. Sonrió y me dijo “todo a su tiempo” al oído, casi rozando su diminuta boca en el cartílago de mi oreja derecha. El árbitro se pone el silbato a la boca, está a punto de finalizar el partido. Todos cantan “dale campeón”, la tribuna tiembla y nuestros dedos se estremecen juntos, cuerpo a cuerpo, graciosos, contentos, sudados de emoción aunque acaso presumiendo el final.

Entonces escribe números en mi mano. Siempre con su dedo meñique y sus uñas comidas y mal pintadas. Siento el cosquilleo de una posibilidad dibujándose –por fin- sobre mi mano derecha. Casi todo estaba escrito ya entre nosotros. Faltaban apenas unos números. Todos gritan como locos, papelitos por los aires, las banderas que flamean, los fuegos artificiales en el cielo. ¡Somos campeones!, le grito al Turco visiblemente emocionado. Nos fundimos en un abrazo eterno. Levanto con fuerzas mis puños cerrados hacia lo alto; ella me mira como ofendida, seria, vulnerada y apuñalada en lo más hondo de su orgullo… mira mis puños con el ceño fruncido yéndose al cielo. Acaso no puede creer lo que ve… los números que ella finalmente dibujaba en mi mano como una posibilidad de encontrarnos esa noche en otro lugar, se confunden con los papelitos en el aire y vuelan desperdigándose por todo lo alto. Mis puños cerrados sienten como una cascarita que se desprende de la piel, como esas cicatrices que nos gustaba raspar de niños. Entonces la pierdo de vista, comienzo a buscarla y a gritarle en vano entre tanto ruido; el vaivén impune de la multitud me lleva a su antojo de aquí para allá y no tengo control sobre mis movimientos… yo sólo quiero encontrarla, mirarla a los ojos, pedirle perdón por haber arrojado tan lejos y sin quererlo, nuestra única y verdadera posibilidad de futuro… o de que, al menos, nuestros cuerpos sean finalmente como dos dedos que se tocan, casi sin querer, en la inesperada disponibilidad de un juego ocasional.

viernes, 12 de junio de 2009

Manuscrito hallado en un bolsillo (año 1968)

El acto de escribir nace mucho antes del acto de escribir en sí mismo. El punto de partida no es el papel sino la vida. Mis dedos, que se mueven dibujando un lenguaje de signos en mi ahora acabado, no son más que el último aliento de un suspiro ya comenzado hace tiempo, en otro lugar de donde me encuentro ahora. Las palabras, que ahora veo levantarse como burbujas delante de mí en un mágico brote de inspiración, han nacido mucho antes de que yo perturbado, melancólico o triste, haya decidido encender la luz de esta humedad nocturna de mi habitación y me sentara a escribir.

Hay algo de eternidad en la palabra escrita. Nace mucho antes de ver la luz, existe mucho después de concebida, y dura para siempre en la impoluta y férrea disponibilidad del papel. Lo verbal vuela y desaparece; lo escrito permanece, en latín o en castellano. Por lo tanto no existe el tiempo. ¿Qué es el tiempo para una metáfora? ¿Con las agujas de qué reloj han de regirse los verbos? ¿Cuál es el tic tac de un predicado?

Una manera de organizar el pensamiento o la inmensidad etérea de la vida como el acto de escribir no puede nunca ser parte del tiempo, sino de la eternidad, que ya lo es todo. Unas terribles ansias de expresión nacidas en esa noción presumidamente gigante y sin fronteras que es el alma no pueden tener tiempo, ni espacio, ni dimensión. Y si busco un origen a mi necesidad de escribir, no lo encuentro; porque ése origen ha nacido mucho antes de que yo. Pero de alguna manera misteriosa se conecta con lo poco de impoluto y esencial que queda en mí y me hace trascender mi propia condición humana de pasado, presente y futuro.

Cuando escribo yo no me siento parte de mí, ni del tiempo, ni del espacio. Cuando escribo yo me siento eterno. Me convierto en todos los poetas, en todos los amantes, en todos los vagabundos y literatos sin ser ninguno a la vez. Yo me dejo llevar por el viento de las palabras cuando escribo, por ese viento anónimo y sin pasado nacido quién sabe dónde y que hoy me ha levantado de la cama quién sabe por qué. Mucho antes que hoy se han escrito estas letras. Mucho antes que hoy he despertado. Quizás en ese adiós que alguna vez he dado; quizás en ese llanto que nadie ha sabido nunca de mí; o quizás en esa niña que apenas ayer he tenido en brazos. Ya no soy yo cuando escribo, sino aquél que dijo adiós, aquél que lloró sin que nadie sepa… Entonces yo es otro. Es abismarse a saltar del parnaso de un confort conocido y entregarse con ojos bien cerrados al aire diáfano y perenne de la eternidad.

lunes, 25 de mayo de 2009

El día que maté a mi amigo el Flaco

Hace poco más de cinco meses sentí la necesidad de publicar en este blog una historia que entrelazara ficción con realidad. Hasta ese momento todo lo publicado aquí, pertenecía a historias reales, vivenciadas por mí enteramente y que me resultaba muy fácil de escribir ya que sólo me tenía que limitar a describir lo vivido mediante un acto de recordación. Naturalmente, en la descripción lisa y llana de una vivencia también juega y mucho el cómo describirlo; pero eso no viene al caso ahora mismo.

Lo que sí viene al caso es lo que escribí la noche del 21 de diciembre de 2008, con la intención de publicarlo, en este blog, cuatro días después, es decir, el 25 de diciembre a la tarde, a saber, navidad y día de mi cumpleaños. El objetivo de ese escrito era un experimento personal, o si se quiere, una especie de juego: añadir ficción a una historia escrita en primera persona como si hubiese ocurrido realmente; y filtrarla entre todas las demás historias reales que había publicado en el blog. Le puse como título
"Fulgor de una mañana indiferente", inspirado por esa gran canción de Jorge Fandermole llamada Junio.

La historia consistía en que durante el festejo de navidad y de mi cumpleaños que se desarrollaba en mi casa, un amigo mío (el flaco) moría brutalmente atropellado cuando intentaba cruzar una avenida ebrio en busca de más cerveza para seguir el festejo en mi casa. La historia fue publicada el 25 de diciembre por la tarde como si hubiera sucedido el 24 a la noche, aunque había sido escrita por mí cuatro días antes.

La reacción de los lectores no demoró en llegar. Llamados telefónicos, e-mails y algunos pésames en el espacio de comentarios fueron muestras de una reacción que nunca un texto mío esperó suscitar. Sólo algunos presumieron ficción en ese texto y valoraron el escrito desde esa perspectiva. Muchos otros se quedaron en la eterna duda de si lo contado había sucedido o no, y no arriesgaron un comentario por el miedo al probable ridículo. Incluso una ex novia se animó a escribirme un mail con el título “no me pareció nada gracioso”, en la que mostraba su enojo ante lo que para ella no tenía ningún sentido: hacer morir a un amigo. Diego, otro amigo, me llamó preocupado a la noche a mi casa preguntándome qué había pasado con el flaco después de haber intentado chequear el accidente en las noticias del día, sin resultado lógicamente.

Salvo casos puntuales como éstos en que me llamaron o escribieron para saber lo que había sucedido, yo no me ocupé de aclarar la historia en ningún momento, de manera tal de dejar fluir en los lectores todo tipo de conjeturas. Me di cuenta rápidamente que el 99 % de la gente piensa que los blogs sólo sirven para contar vivencias personales, a modo de diario íntimo, cuaderno o bitácora, y que pocos, muy pocos lo usan para publicar sus ficciones, incluso menos, muchos menos son los que en una historia aparentemente real filtran la ficción sin ningún tipo de aclaración, como si ésta hiciera falta.

Antes y después del pequeño juego o experimento me hice muchas preguntas que no necesariamente necesitan respuesta. Las mismas pueden servir de guía y motor para comprender mejor todo. Son éstas:

¿Cuál es realmente el límite entre la ficción y la realidad en un blog? ¿Existe ese límite? ¿Quién dijo que lo que se escribe en un blog debe ser necesariamente autobiográfico y real? ¿Acaso no está permitida la ficción en internet? ¿Acaso existen grandes diferencias entre el viejo folletín y el blog, además del soporte que lo vehícula? ¿Por qué si esa misma historia se lee en un libro se presume como ficcional, y si se lee en un blog se presume como real y en algunos casos escandaliza e impacta más? ¿Si convivimos con la muerte a diario por las calles, por qué nos inquietamos ante ella en un relato escrito en un blog? ¿Hasta qué punto es un abuso el uso de la ficción en una historia real? ¿Qué es literatura y qué es periodismo? ¿Pueden convivir ambas en un texto? ¿Con qué porcentajes para cada género? ¿Por qué algunos se creyeron el relato, otros no lo creyeron, y otros se quedaron en la duda? ¿Por qué a otros se les revolvió el estómago pensando que mi amigo había muerto en mis brazos realmente? ¿Por qué algunos me insultaron?

Son preguntas nada más. Si alguno tiene respuestas o comentarios bien podrían servir para enriquecer el pequeño mundo de las bitácoras. En lo personal, debo confesar que verme metido en mi propio cuento fue una experiencia bastante impresionante para mí. Los cuatro días pasados desde que escribí la historia hasta que se publicó fueron un tormento. Simplemente porque temí tremendamente que la historia se convirtiera en real en el preciso momento en que iba a morir el flaco.

Esa noche del 24, cuando estábamos todos en casa cantando y festejando mi cumpleaños, en un momento lo llamé al flaco, lo abracé y lo besé; le dije que lo quería mucho. Él me miró extrañado sin entender nada. Claro... él no podía saber que al día siguiente estaría muerto en un blog. Y yo… yo en ese instante ya podía irme a dormir tranquilo acaso sabiendo que la ficción casi nunca se convierte en realidad.

jueves, 16 de abril de 2009

La libretita azul

Recuerdo que todo comenzó el día de la fiesta. El gordo Chicha y la flaca Limonada terminaban su show, mientras nosotros estábamos sentaditos en el piso, quietitos y cuidado con moverse mucho porque viene el Chicha y te pega un sopapazo mirá. Justo después del saludo final de los payasos y antes de la explosión de las piñatas fue cuando todo comenzó. Todavía lo recuerdo como si fuese ayer: papá se sube a una silla, estira al máximo su brazo derecho que tenía un alfiler entre las manos, y casi en puntas de pie, haciendo un equilibrio digno de malabarista, hace explotar el momento más esperado para que nosotros, desde el piso, nos empapáramos con esa lluvia dulce de colores y alegría que toda piñata lleva adentro.

Yo cumplía cinco años y fue entonces cuando lo vi. Todo cobró otro ritmo y otra velocidad para mí. En vez de caramelos y papeles picados yo vi salir del inmenso globo una multitud de caballitos con alas que volaban, jineteados por pequeños principitos sonrientes, vestidos de blanco y celeste. Todo lo demás, la fiesta, el griterío, papá que se cae de la silla riendo a carcajadas, el Chicha y la Limonada desmaquillándose detrás del biombo, dejaron de existir para mí. Sólo veía los caballitos volando por todo el salón y los principitos saludándome con graciosa amistad. Según mamá, todo duró muy poco. Pero para mí fue una eternidad. Cuando llegué al hospital tuve algunas convulsiones y, según el doctor, yo le hablaba de caballos voladores y mis amigos los príncipes.

Recién ahora puedo hablar públicamente de esto que nadie sabe. Sólo mamá, papá y mis hermanos me aguantaron estoicamente todos estos años. Ese día cambió mi vida para siempre. Comencé a despertar a un mundo nuevo que estaba escondido detrás de cada cosa. Yo veía casi cada veinticuatro horas cosas que, según el doctor y mamá, ellos no podían ver: palomas de colores en mi ventana, sombras con forma de enanitos que bailaban muy graciosos en los hombros de papá, juguetes que yo tenía y que de pronto cobraban vida por un instante para luego volver a su quietud de plástico made in Taiwán, burbujas bailarinas muy graciosas de color verde agarradas de la mano en las paredes del baño, y cosas por el estilo. Las imágenes eran siempre diferentes e inofensivas según la ocasión, por lo tanto yo nunca tuve miedo. Eso era lo que más me costaba hacerle entender al doctor Corbalán y a mamá. Ellos pensaban que yo sufría, que no dormía de noche, que tenía terribles pesadillas y alguna enfermedad. Y yo comencé a acostumbrarme a estos seres tan simpáticos que me acompañaban casi siempre.

En el colegio dijeron que tuve hepatitis, pero en realidad estuve internado algo más de seis meses. Me dieron algunos medicamentos que lo único que hacían era acrecentar mis visiones. Hasta que un día el doctor entró en mi habitación, tomó una libretita azul y un lápiz, y me dijo: “Brunito, te animás a escribir lo que ves?”. Yo lo miré en silencio, y aunque no entendía muy bien el motivo de su propuesta, acepté obediente. Lo primero que escribí fueron palabras sueltas, pero luego con la ayuda de otros terapeutas y algunos psicolingüistas aprendí a conectarlas, a escribir algunas oraciones, a narrar lo que veía. Mamá venía de noche a leer mi libretita azul para ver si así lograba comprender mejor lo que me pasaba. Y más de una vez me preguntó si eso realmente lo había escrito yo. A veces, cuando yo no encontraba palabras, agregaba algún dibujito, y cuando ninguno de estos me bastaba para contar con exactitud lo que veía, me resignaba y tan sólo me dejaba llevar por lo que sentía, siempre con alegría. Pronto, las convulsiones desaparecieron, aunque no las visiones.

Cuando finalmente salí del Instituto Frenopático, volví al colegio como siempre, aunque un poco más flaco. El doctor Corbalán había pactado conmigo y con mi familia que jamás hablaríamos de esto con nadie para no escandalizar a las maestras ni a los padres de mis compañeros. Yo no era loco ni violento, pero a veces me hacían sentir como alguien peligroso para la sociedad. La receta que me había dado el doctor era simple: cuando comenzara a tener esas visiones, tenía que acudir a mi libretita azul y escribir, escribir como sea. Recuerdo que cuando iba al colegio, mamá ponía en el bolsillo de mi delantal el sándwich de jamón y queso y la libretita azul con lápiz recién afilado. “Acordate de lo que te dijo el doctor, Bruno, hacele caso y vas a ver cómo pronto esas visiones desaparecerán, te quiero”, me decía desde la puerta del colegio, un poco preocupada, mamá.

Entonces comencé a descubrir mucha utilidad en las palabras. Racionalmente me servían para evitar las convulsiones; y emocionalmente para expresar mi otro mundo. Así fue como comenzó mi afición por la escritura, yo escribo para estar a salvo. Me di cuenta entonces que en ese camino de visiones, de puertas y ventanas que se abren y seres simpáticos que se me aparecen, yo me sentía demasiado cómodo y podía escribir lo que realmente quisiera. Mi noción de lo fantástico no tenía nada que ver con la noción que podían tener mamá y el doctor Corbalán. Descubrí que yo me movía con naturalidad en ese territorio de lo que para los demás eran alucinaciones, sin distinguirlo demasiado de lo real. Que se me aparecieran caballitos voladores en una fiesta de cumpleaños conducidos por príncipes sonrientes y elegantes son hechos que yo asumía sin protesta y sin escándalo con absoluta normalidad porque mi realidad es una realidad donde lo fantástico y lo real se entrecruzan cotidianamente. Lo verdaderamente penoso para mí fue que poco a poco me encontré envuelto en un sistema social donde eso sí es un escándalo y entonces tuve que tomar precauciones para no tener problemas. Muy simple: simulé no tener más visiones, y así nadie me jodía. Aunque reconozco que esto me llevó un largo tiempo de ejercicios mentales.

Así pude engañar a muchos pero no a mi familia. Sólo ellos saben que las visiones siguen estando; que las tengo y las tendré siempre. Y también saben que para mí la vida sería aburrida y sin sentido sin ellas. Yo crecí con ellas, y moriré con ellas. Descubrí que mi vida es infinitamente más sugestiva desde que cumplí los cinco. Y aunque muchos crean que estoy curado, seguro que cuando lean esto, más de uno se escandalizará. Ya no me importa. Ya no soy un niño. Al frenopático no vuelvo más. Mi universo es otro: existe en la palabra pero no en la dimensión. Soy feliz así: escribiendo lo que veo… en mi libretita azul.

martes, 10 de marzo de 2009

Entre los cerros y yo... la impunidad. Acerca de la costumbre de acostumbrarse

Desde que comencé a escribir algunas historias en este blog sobre las cosas que no funcionan, o que funcionan mal o alrevés en distintos eslabones de la sociedad, mucha gente, entre ellos amigos de toda la vida y colegas, me han dicho repetidas veces: "Bruno, estamos en Tucumán, no podés pretender que todo funcione a la perfección. Te tenés que acostumbrar...", como incitándome a dejar de quejarme, o -lo que es peor- como si esta ciudad o sus habitantes no fuéramos dignos de vivir en un lugar donde las cosas funcionen minimamente bien.

El 25 de septiembre del año pasado escribí en este blog un relato llamado "Entre los cerros y yo" que algunos recordarán (
Aquí, la historia) donde me quejaba de un edificio en construcción justo enfrente de mi casa que tapaba mi vista hacia los cerros (detalle menor, se verá) pero también de la inseguridad con la que -veía- se movían tan sueltamente por los aires los obreros de aquélla obra, y su absoluta falta de control.

Hoy, 166 días después de aquél post, un obrero de esa misma obra cayó al vacío por el hueco del ascensor. Su estado es delicado. La noticia,
aquí.

Sé que desde éste, ni ningún otro blog, se puede hacer algo para que las cosas funcionen mejor, o a la perfección, como dirían algunos. Aún cuando algunas soluciones sean tan simples como exigir ciertas condiciones de seguridad a un obrero que anda en un piso 13 trabajando. Pero al menos me sirve (nos sirve) para no hacer de la impericia y de la impunidad una pintoresca costumbre tercermundista.
Yo... a esto no me acostumbro. No me puedo acostumbrar.

domingo, 22 de febrero de 2009

¡Llenos de Bossa!

- ¿Hay algún médico por acá?, preguntó la cantante, sonriente y con cara de niña, durante un pequeño intervalo de su show. Allá en el fondo alguien levantó la mano, a modo de auto señalación. - Bueno, me quedo más tranquila entonces-, dijo con voz suave, mientras acariciaba tiernamente su protuberante panza de quinientos meses y mucha vida. Detrás de ella, el baterista golpeó tres veces los palos entre sí, diciendo bajito: un, dos, tres, bá; y la música volvió a fluir.

El bar se fue poblando de a poco. La intempestiva tormenta veraniega había retrasado los relojes de la ciudad e hizo que la gente demorara más en llegar a cualquier parte. Los que habían podido encontrar taxis llegaron primero, algunos otros se animaron a caminar bajo el agua y, ya cuando la lluvia fue menguando, la vieja casona de barrio sur se llenó.

El grupito musical estaba compuesto por cinco personas: el ya mencionado baterista, un bajista, un guitarrista, la ya mencionada cantante y su bebé que, desde la panza, hacía los coros y algunos batuques con los pies. Detrás de todos ellos, colgado en una pared, había un cuadro con el rostro inefable de Julio Cortázar fumando un pucho. Él también nos oía y nos miraba inmóvil, aunque hubiera preferido escuchar a Charlie Parker.

Así que ahí estábamos todos; Cortázar, el bebé desde la panza, su mamá cantante y nosotros que desde una mesa cercana al escenario seguíamos con entusiasmo y deleite esa extraña forma del tiempo de la música en general, y de la Bossa Nova en particular. El ambiente era ameno. Es raro de ver y de encontrar pero todos, absolutamente todos tenían una leve sonrisa en la boca. Por ahí yo desviaba mi mirada del escenario y me daba cuenta. En ese instante se me vino a la cabeza aquello de la alegría brasileña, y claro, pensé en mamá, en mi infancia, y en tantas cosas. Algunos tarareaban, otros nos animábamos a cantar, y la mayoría daba golpecitos en la mesa o en el suelo, con las manos o los pies. De alguna manera todos participábamos del show y seguiríamos haciéndolo.

Entre canción y canción, la cantante bebe agua fresca. En un momento se pone de perfil, y ahí me doy cuenta de lo realmente gigante que está su panza. Hace mucho calor en el ambiente. Se ubica de espaldas al público, creo yo para dar alguna indicación a sus músicos. Se seca la transpiración de la frente. Lleva luego las dos manos a su vientre y se agacha un poco. No alcanzo a ver su cara, pero sí la de los músicos que dicen que algo no anda bien. El baterista pega un salto y se levanta tan bruscamente que derriba al suelo los platillos, provocando un estallido ensordecedor. Ella busca apoyarse en algún lugar porque el mareo es cada vez más intenso. Siente sus piernas temblar y algo que dentro suyo puja por salir.

Alguien le acerca de prisa una silla mientras otros le ventilan la cara. Ahora puedo ver su rostro. Está completamente pálido, con un claro gesto de dolor pero sin gritar, sin decir palabra. Ahora la recuestan. Afuera, comienza a llover intensamente otra vez. El médico que estaba en el fondo del bar ahora está a su lado, le toma el pulso y dictamina presuroso: no tenemos tiempo de nada, ¡ya está saliendo! Entonces veo que la llevan alzando al baño. Cortázar sigue con el pucho en la boca, impasible. Y afuera llueve cada vez más fuerte. La gente se inquieta, marca presurosa sus celulares llamando no se a quién; hablan, comentan cosas entre ellos.

- Que va a parir en el baño?, no puede ser, pero por qué no la llevan al hospital que está aquí al lado-, dice una de las dueñas del local. Unas señoras de setenta parecen ofuscadas con la situación: nos deberían devolver el dinero, gritan sudorosas con el ceño fruncido mientras se clavan el último trago del Johnnie Walker. Yo me pongo de pie, intento acercarme al baño. Veo un pequeño tumulto en la puerta y decido alejarme. Mi presencia allí no ayudaría en lo más mínimo. Al regresar a mi mesa, veo que todos están de pie, expectantes. El médico había dicho que no tenían tiempo de nada, que ya salía. La lluvia es cada vez más fuerte. De los nervios me tomo de un trago mi vaso de cerveza. Levanto la mano, pido otra. - Esta es sin cargo-, me dice una de las mozas, sonriéndome.

Desde el baño se oyen gritos desgarradores. Es ella que sigue cantando, pero de otra manera, me codea la moza, sonriéndome otra vez, paradita a mi lado. Yo la miro sin decir nada. Los nervios me matan y me sirvo otro vaso de cerveza. - ¿Querés?-, le ofrezco a la moza. -Bueno, gracias-, dice ella. Veo llegar una pareja a los gritos corriendo. Deben ser los padres, pienso. Los padres de la cantante, los abuelos del bebé. De pronto aparece una ambulancia, lo que nos hace sentir más tranquilos a todos. ¡Al fondo, al fondo -indica la moza- por favor, rápido! Los gritos son cada vez más alarmantes desde el baño . Un grupo de vecinos que sale a la vereda con paraguas y pantuflas, se acerca a preguntar qué está pasando. De paso se sientan en una mesa y piden una picada.

- Qué nombre le pondrías?- inquiere, ya más cerca, casi tocándome, la moza. Y entonces escucho subitamente y a lo lejos unos aplausos. Muchos aplausos y gritos embravecidos. Intento acercarme y veo que el tumulto viene ahora hacia mí. Veo al guitarrista y al bajista saliendo abrazados y sonrientes. El baterista se acerca a la cocina a pedir un vaso de no se qué cosa. El médico del fondo del bar sale visiblemente fatigado pero sonriente del baño. Cortázar hace como si nada con el pucho en la boca. Y la cantante… la de cara de niña y voz suave, la que cantaba sonriente su bossa nova, sale en una camilla empapada de sudor, con dos mejillas como manzanas, brillosas y coloradas, y una sonrisa pendular entre el alivio y el dolor. Los médicos la llevan con cuidado y sus padres acompañan con atención y euforia el cortejo agarrados de la mano.

Casi imperceptible en su regazo, envuelto en mantas y toallas improvisadas, está su bebé… ése que hasta hace un ratito hacía los coros y daba batuques con los pies.

jueves, 12 de febrero de 2009

Desde el futuro, con amor

Esa primera indiferencia, de entrada, me mató. Después, al oírla presentarse en la clase, descubrí que me gustaba, mucho me gustaba. Yo vivía solo en Salamanca, en una pequeña habitación con cocina y baño privado. De lunes a miércoles trabajaba; de jueves a sábado estudiábamos el mismo posgrado. Así que no nos quedó otra que hablar y conocernos.

Una noche, al salir de la universidad, caminamos hacia el mismo rumbo. Entonces nos dimos cuenta de que nuestras casas quedaban a tan sólo dos cuadras de distancia. Gran detalle a favor de mis pretensiones, pensé, y desde ese día nunca más nos volvimos separados. Subíamos la calle Compañía hasta el Palacio Monterrey, después agarrábamos Ramón y Cajal, y al final pateábamos la avenida Villalobos con el último aliento, con ese frío salmantino que te quemaba la frente, y entonces nos abrazábamos para que no calara tan hondo el tiritar en nuestros huesos. Hablábamos mucho, nos contábamos de nuestros orígenes diversos, nos reíamos de cosas simples. Al llegar a la calle Quinta, doblaba yo; dos cuadras más arriba, doblaba ella. Nos gustaba tener el mismo horizonte. Más aún cuando una noche helada de enero, en vez de seguir hasta su casa, decidió doblar conmigo a la mía. A mí me gustaba ducharme de madrugada. A ella, esperarme tendida mirando el techo y cantando bajito.

Una noche me desperté con un enorme dolor de muela y la cara hinchadísima. No tenía analgésicos, no sabía dónde era la farmacia ni el hospital más cercano. El dolor era insoportable y agudo. No tenía a quién recurrir. Entonces la llamé. Eran las 6 de la mañana, hacía 10 grados bajo cero; y ella atendió, se vistió y golpeó la puerta de casa tres minutos después. “Si no te cuido yo, quién te va a cuidar”. Y fuimos juntos a la guardia. Pero no fue ahí cuando me enamoré, no… sino mucho antes, o quizás después, ya no lo sé… me traía a casa alfajores Terrabusi, o potes enormes de dulce de leche Chimbote, que no era tan rico como el de La Serenísima, pero sabía a gloria tan lejos de mi casa natal.

Compartíamos la misma pasión por el café, la conversación, el caminar y los viajes. Ah, los viajes… recuerdo cuando fuimos a su tierra, a ese País Vasco amplio y generoso. Después, iríamos a Lisboa. Yo quería seguir los pasos de Pessoa, y ella… ella quizás quería seguir los míos. Entonces tomábamos café en Chiado, comíamos dulces típicos en Belém, recorríamos las calles lisboetas como dos enamorados y entusiastas. Yo imaginaba a Pessoa en cada esquina, recitaba sus versos (“…el poeta es un fingidor; finge tan profundamente, que hasta finge que es verdad el dolor que de veras siente”). Recorríamos la melancolía sin tiempo de ‘A Baixa’, la desnudez de la ‘Praça do Comercio’, o el abandono oscuro de la ‘Rúa dos Douradores’, tan leída en mis libros… y ella iba a mi lado, compartiendo mi entusiasmo literario con alguno suyo. Una noche, en una tasca, nos comimos un bacalao como el que nunca probé en mi vida. La langosta era cara… así que sólo bacalao y jarrita de vino de la casa, que no es como ésas que sirven en Argentina… no, ésta era de las buenas, pasaba como agua. Después nos fuimos a la parte alta de la ciudad, y creo que nos emborrachamos bebiendo vino verde, y escuchando esa tierna y melancólica quejumbre del fado en la voz de una elegante portuguesa de cuarenta, que cantaba en un retablo acompañada por dos señores con guitarra.

La pasábamos tan bien… tantas ciudades… pero siempre volviendo al mismo lugar. A nuestra adorada Salamanca. Ah, cómo nos gustaba Salamanca. Amábamos recorrerla de punta a punta; perdernos en esos muros medievales, dorados (‘¡quién sabe qué decían las olas de estas piedras!’); en esas callejuelas de otros siglos; en esas columnas de donde cuelga, ocre, el tiempo envejecido. Cuántas veces estos mismos muros habrán visto a Calderón de la Barca, a Espronceda, a Unamuno; y ahora nosotros, besándonos aquí mismo, bajo estas mismas farolas de luz cansina, en un instante supremo, testigos de la eternidad. Ah... la eternidad... ¡Nosotros éramos la eternidad!

Después llegaría la mudanza a Madrid, por cuestiones laborales. Compartíamos piso con tres personas más; y aunque su habitación era minúscula y sin ventanas, de madrugada se venía a la mía en puntas de pie, que era grande y aireada, aunque desordenada y ruidosa. A la mañana desayunábamos juntos, y cada uno para su trabajo… a la tarde nos encontrábamos otra vez, a veces en Serrano, otras veces en Gran Vía, pero nos encontrábamos igual. Y eran eternos nuestros domingos en El Retiro; nuestras caminatas por Plaza España; nuestros besos en Fuencarral; nuestros cafés en Starbucks.

Pero un buen día sabíamos que todo acabaría. O no. Nuestras casas, digo nuestras verdaderas casas, quedaban demasiado lejos; y algún día yo tenía que volver a la mía. Aún así, dolientes e impotentes, no nos separaríamos. No aún. Siete meses separados fue lo que duró el espanto hasta que ella se vino a la Argentina, pero de visita. Después sucedieron cosas, demasiado dolorosas como para agregarles a ellas el dolor de la distancia. Entonces todo se había derrumbado. Nos había vencido el destino, o la cobardía, o cada una de las razones que teníamos para no mudarnos a una misma ciudad y vivir juntos donde quiera que fuese, en algún lugar del mundo.

Fue a fines de 2008, o principios de 2009 -ya no lo recuerdo- cuando tomamos la decisión de separarnos; puta madre, si ya estábamos separados. Pero ustedes me entienden. Incluso en aquél tiempo yo tenía un blog -cuando éstos todavía existían- y me animé a escribir allí nuestra historia. Fue hace tanto tiempo ya… sólo recuerdo que al no poder estar juntos, no nos quedaba otra que la separación porque todo ya dolía demasiado. Así fue que cada uno siguió su propia vida, ya sin mirar atrás. Fue doloroso, como toda separación, como todo aquello que concluye. El llanto siempre me esperaba en algún lugar, como diría Julio, disponible pero inútil. Buscaba explicaciones, todas vanas para la desmedida ambición de mis interrogantes. Ah… las explicaciones… vaya uno a saber en qué basural estarán amontonadas, y si habrá alguien que consiga explicar, incluso, el basural.

Lo cierto es que ahora, cuando el paso del tiempo cicatriza y enseña, ahora que miro hacia atrás con el peso de los años en la espalda, pienso que fue mejor así. Que nos fue bien separados y que, de alguna manera, nos sirvió para reconstruirnos cada uno desde su lado. Porque sin esa reconstrucción de uno, sin ése afán de superación de la propia condición humana ante la adversidad, al amor no le cabrían las dudas, las esperanzas, ni el futuro.

Pasaron muchos años desde aquello. Los mecanismos de ese destino que nos separó, hicieron que otra vez la volviera a encontrar… ya desde la madurez, desde la frescura de una nueva oportunidad. Ahora la miro tendida en mi cama, moviendo con los deditos mis esperanzas y este futuro desde el cual escribo. A mí me sigue gustando el dulce de leche y ducharme de madrugada. A ella… a ella aún le gusta esperarme tendida, mirar el techo… cantar bajito.

martes, 3 de febrero de 2009

Catorce pequeñas anotaciones de verano

- A Galeano le contaron en la escuela que Núñez de Balboa fue el primero que vio, a la vez, los océanos Atlántico y Pacífico. Galeano levantó la mano y preguntó: "¿Los indios que vivían allí eran ciegos?".

- Visconti ponía joyas verdaderas en la caja que sus actores debían señalar actuando, para que la escena resultara más vívida.

- Dice Javier Moreno, director de El País: "para ser un buen periodista hay que leer mucha poesía. No por la voluntad de hacer poesía en un periódico, sino por ese carácter conceptual de la poesía, de cómo, con su esencialidad, la poesía conecta con el periodismo, que en una frase o en un mínimo titular tiene que encerrar una imagen o toda una idea. Defiendo el periodismo literario, inteligente, exacto y bien trabajado".

- Proyectar tu vida priorizando los lazos, no tiene por qué hacerte sentir culpa.

- El costo de la organización de una boda, en España, ronda los 20.000 euros. La mayoría acepta renunciar a la mariscada, pero jamás aceptaría alquilar el traje y el vestido. A éstos, hay que comprarlos, sí o sí.

- Beber una lata de cerveza en un pub denominado ‘Carajo’, en un pueblo como
Tafí del Valle, cuesta lo mismo que una caña en cualquier bar del centro de Madrid.

- Descubrí que un mate amargo, con una buena compañía, te endulza mucho más que la boca.

- La que recoge los platos sucios de una mesa en Chamartín tiene rasgos latinos.

- En Tucumán también debieran hacer controles alcoholemia a los taxistas. Sobre todo después de las 4 a.m. A lo mejor así, alguien que responsablemente salió a divertirse sin conducir para prevenirse de un eventual accidente, pueda volver sano y salvo a casa. Si todos los taxistas fueran como el que tomé hace unos días, estaríamos todos bajo tierra. Al final, el slogan oficial “Si tomás, no manejés”, para prevenirme de accidentes es una mentira. Les hice caso, y casi termino muerto.

- En la grilla de canciones de la pantalla personal del avión, descubro que los grandes clásicos de la Bossa Nova se denominan 'Latin Jazz'. ¡Pobre Joao Gilberto!

- Una pareja conduciendo por la ruta a Tafí del Valle arroja impune y salvajemente una bolsita con vómito por la ventana; la cual, impunemente, estalla en el parabrisas de mi auto que venía detrás; a lo que sobrevino, impunemente, una grandiosa e inútil puteada de nuestra parte a los despreocupados conductores. ¡Cuánta impunidad!

- A veces, sólo a veces, una decisión que duela tanto enfrentar, puede ser buena para tu vida.

- Habría que hacer al revés: en vez de contar cuánta gente salió de vacaciones, decir cuánta es la que no salió. El ‘rating anticonsumo’ demostraría que son más los excluídos que los incluídos, en cualquier rubro.

- Otro taxista, exclama: “ahora viene el aumento de la luz, del gas, del transporte… ya no se puede vivir así. Hay que sacarlo a patadas a este h… de p…. Nos tenemos que organizar y hacer algo para sacarlo”. Le retruco: “Nos organicemos. Déme su teléfono y lo llamo para hacer algo con otra gente que piensa como nosotros”. El taxista: “…ja ja ja… vos vivís de ilusiones, chango”.