domingo, 22 de febrero de 2009

¡Llenos de Bossa!

- ¿Hay algún médico por acá?, preguntó la cantante, sonriente y con cara de niña, durante un pequeño intervalo de su show. Allá en el fondo alguien levantó la mano, a modo de auto señalación. - Bueno, me quedo más tranquila entonces-, dijo con voz suave, mientras acariciaba tiernamente su protuberante panza de quinientos meses y mucha vida. Detrás de ella, el baterista golpeó tres veces los palos entre sí, diciendo bajito: un, dos, tres, bá; y la música volvió a fluir.

El bar se fue poblando de a poco. La intempestiva tormenta veraniega había retrasado los relojes de la ciudad e hizo que la gente demorara más en llegar a cualquier parte. Los que habían podido encontrar taxis llegaron primero, algunos otros se animaron a caminar bajo el agua y, ya cuando la lluvia fue menguando, la vieja casona de barrio sur se llenó.

El grupito musical estaba compuesto por cinco personas: el ya mencionado baterista, un bajista, un guitarrista, la ya mencionada cantante y su bebé que, desde la panza, hacía los coros y algunos batuques con los pies. Detrás de todos ellos, colgado en una pared, había un cuadro con el rostro inefable de Julio Cortázar fumando un pucho. Él también nos oía y nos miraba inmóvil, aunque hubiera preferido escuchar a Charlie Parker.

Así que ahí estábamos todos; Cortázar, el bebé desde la panza, su mamá cantante y nosotros que desde una mesa cercana al escenario seguíamos con entusiasmo y deleite esa extraña forma del tiempo de la música en general, y de la Bossa Nova en particular. El ambiente era ameno. Es raro de ver y de encontrar pero todos, absolutamente todos tenían una leve sonrisa en la boca. Por ahí yo desviaba mi mirada del escenario y me daba cuenta. En ese instante se me vino a la cabeza aquello de la alegría brasileña, y claro, pensé en mamá, en mi infancia, y en tantas cosas. Algunos tarareaban, otros nos animábamos a cantar, y la mayoría daba golpecitos en la mesa o en el suelo, con las manos o los pies. De alguna manera todos participábamos del show y seguiríamos haciéndolo.

Entre canción y canción, la cantante bebe agua fresca. En un momento se pone de perfil, y ahí me doy cuenta de lo realmente gigante que está su panza. Hace mucho calor en el ambiente. Se ubica de espaldas al público, creo yo para dar alguna indicación a sus músicos. Se seca la transpiración de la frente. Lleva luego las dos manos a su vientre y se agacha un poco. No alcanzo a ver su cara, pero sí la de los músicos que dicen que algo no anda bien. El baterista pega un salto y se levanta tan bruscamente que derriba al suelo los platillos, provocando un estallido ensordecedor. Ella busca apoyarse en algún lugar porque el mareo es cada vez más intenso. Siente sus piernas temblar y algo que dentro suyo puja por salir.

Alguien le acerca de prisa una silla mientras otros le ventilan la cara. Ahora puedo ver su rostro. Está completamente pálido, con un claro gesto de dolor pero sin gritar, sin decir palabra. Ahora la recuestan. Afuera, comienza a llover intensamente otra vez. El médico que estaba en el fondo del bar ahora está a su lado, le toma el pulso y dictamina presuroso: no tenemos tiempo de nada, ¡ya está saliendo! Entonces veo que la llevan alzando al baño. Cortázar sigue con el pucho en la boca, impasible. Y afuera llueve cada vez más fuerte. La gente se inquieta, marca presurosa sus celulares llamando no se a quién; hablan, comentan cosas entre ellos.

- Que va a parir en el baño?, no puede ser, pero por qué no la llevan al hospital que está aquí al lado-, dice una de las dueñas del local. Unas señoras de setenta parecen ofuscadas con la situación: nos deberían devolver el dinero, gritan sudorosas con el ceño fruncido mientras se clavan el último trago del Johnnie Walker. Yo me pongo de pie, intento acercarme al baño. Veo un pequeño tumulto en la puerta y decido alejarme. Mi presencia allí no ayudaría en lo más mínimo. Al regresar a mi mesa, veo que todos están de pie, expectantes. El médico había dicho que no tenían tiempo de nada, que ya salía. La lluvia es cada vez más fuerte. De los nervios me tomo de un trago mi vaso de cerveza. Levanto la mano, pido otra. - Esta es sin cargo-, me dice una de las mozas, sonriéndome.

Desde el baño se oyen gritos desgarradores. Es ella que sigue cantando, pero de otra manera, me codea la moza, sonriéndome otra vez, paradita a mi lado. Yo la miro sin decir nada. Los nervios me matan y me sirvo otro vaso de cerveza. - ¿Querés?-, le ofrezco a la moza. -Bueno, gracias-, dice ella. Veo llegar una pareja a los gritos corriendo. Deben ser los padres, pienso. Los padres de la cantante, los abuelos del bebé. De pronto aparece una ambulancia, lo que nos hace sentir más tranquilos a todos. ¡Al fondo, al fondo -indica la moza- por favor, rápido! Los gritos son cada vez más alarmantes desde el baño . Un grupo de vecinos que sale a la vereda con paraguas y pantuflas, se acerca a preguntar qué está pasando. De paso se sientan en una mesa y piden una picada.

- Qué nombre le pondrías?- inquiere, ya más cerca, casi tocándome, la moza. Y entonces escucho subitamente y a lo lejos unos aplausos. Muchos aplausos y gritos embravecidos. Intento acercarme y veo que el tumulto viene ahora hacia mí. Veo al guitarrista y al bajista saliendo abrazados y sonrientes. El baterista se acerca a la cocina a pedir un vaso de no se qué cosa. El médico del fondo del bar sale visiblemente fatigado pero sonriente del baño. Cortázar hace como si nada con el pucho en la boca. Y la cantante… la de cara de niña y voz suave, la que cantaba sonriente su bossa nova, sale en una camilla empapada de sudor, con dos mejillas como manzanas, brillosas y coloradas, y una sonrisa pendular entre el alivio y el dolor. Los médicos la llevan con cuidado y sus padres acompañan con atención y euforia el cortejo agarrados de la mano.

Casi imperceptible en su regazo, envuelto en mantas y toallas improvisadas, está su bebé… ése que hasta hace un ratito hacía los coros y daba batuques con los pies.

jueves, 12 de febrero de 2009

Desde el futuro, con amor

Esa primera indiferencia, de entrada, me mató. Después, al oírla presentarse en la clase, descubrí que me gustaba, mucho me gustaba. Yo vivía solo en Salamanca, en una pequeña habitación con cocina y baño privado. De lunes a miércoles trabajaba; de jueves a sábado estudiábamos el mismo posgrado. Así que no nos quedó otra que hablar y conocernos.

Una noche, al salir de la universidad, caminamos hacia el mismo rumbo. Entonces nos dimos cuenta de que nuestras casas quedaban a tan sólo dos cuadras de distancia. Gran detalle a favor de mis pretensiones, pensé, y desde ese día nunca más nos volvimos separados. Subíamos la calle Compañía hasta el Palacio Monterrey, después agarrábamos Ramón y Cajal, y al final pateábamos la avenida Villalobos con el último aliento, con ese frío salmantino que te quemaba la frente, y entonces nos abrazábamos para que no calara tan hondo el tiritar en nuestros huesos. Hablábamos mucho, nos contábamos de nuestros orígenes diversos, nos reíamos de cosas simples. Al llegar a la calle Quinta, doblaba yo; dos cuadras más arriba, doblaba ella. Nos gustaba tener el mismo horizonte. Más aún cuando una noche helada de enero, en vez de seguir hasta su casa, decidió doblar conmigo a la mía. A mí me gustaba ducharme de madrugada. A ella, esperarme tendida mirando el techo y cantando bajito.

Una noche me desperté con un enorme dolor de muela y la cara hinchadísima. No tenía analgésicos, no sabía dónde era la farmacia ni el hospital más cercano. El dolor era insoportable y agudo. No tenía a quién recurrir. Entonces la llamé. Eran las 6 de la mañana, hacía 10 grados bajo cero; y ella atendió, se vistió y golpeó la puerta de casa tres minutos después. “Si no te cuido yo, quién te va a cuidar”. Y fuimos juntos a la guardia. Pero no fue ahí cuando me enamoré, no… sino mucho antes, o quizás después, ya no lo sé… me traía a casa alfajores Terrabusi, o potes enormes de dulce de leche Chimbote, que no era tan rico como el de La Serenísima, pero sabía a gloria tan lejos de mi casa natal.

Compartíamos la misma pasión por el café, la conversación, el caminar y los viajes. Ah, los viajes… recuerdo cuando fuimos a su tierra, a ese País Vasco amplio y generoso. Después, iríamos a Lisboa. Yo quería seguir los pasos de Pessoa, y ella… ella quizás quería seguir los míos. Entonces tomábamos café en Chiado, comíamos dulces típicos en Belém, recorríamos las calles lisboetas como dos enamorados y entusiastas. Yo imaginaba a Pessoa en cada esquina, recitaba sus versos (“…el poeta es un fingidor; finge tan profundamente, que hasta finge que es verdad el dolor que de veras siente”). Recorríamos la melancolía sin tiempo de ‘A Baixa’, la desnudez de la ‘Praça do Comercio’, o el abandono oscuro de la ‘Rúa dos Douradores’, tan leída en mis libros… y ella iba a mi lado, compartiendo mi entusiasmo literario con alguno suyo. Una noche, en una tasca, nos comimos un bacalao como el que nunca probé en mi vida. La langosta era cara… así que sólo bacalao y jarrita de vino de la casa, que no es como ésas que sirven en Argentina… no, ésta era de las buenas, pasaba como agua. Después nos fuimos a la parte alta de la ciudad, y creo que nos emborrachamos bebiendo vino verde, y escuchando esa tierna y melancólica quejumbre del fado en la voz de una elegante portuguesa de cuarenta, que cantaba en un retablo acompañada por dos señores con guitarra.

La pasábamos tan bien… tantas ciudades… pero siempre volviendo al mismo lugar. A nuestra adorada Salamanca. Ah, cómo nos gustaba Salamanca. Amábamos recorrerla de punta a punta; perdernos en esos muros medievales, dorados (‘¡quién sabe qué decían las olas de estas piedras!’); en esas callejuelas de otros siglos; en esas columnas de donde cuelga, ocre, el tiempo envejecido. Cuántas veces estos mismos muros habrán visto a Calderón de la Barca, a Espronceda, a Unamuno; y ahora nosotros, besándonos aquí mismo, bajo estas mismas farolas de luz cansina, en un instante supremo, testigos de la eternidad. Ah... la eternidad... ¡Nosotros éramos la eternidad!

Después llegaría la mudanza a Madrid, por cuestiones laborales. Compartíamos piso con tres personas más; y aunque su habitación era minúscula y sin ventanas, de madrugada se venía a la mía en puntas de pie, que era grande y aireada, aunque desordenada y ruidosa. A la mañana desayunábamos juntos, y cada uno para su trabajo… a la tarde nos encontrábamos otra vez, a veces en Serrano, otras veces en Gran Vía, pero nos encontrábamos igual. Y eran eternos nuestros domingos en El Retiro; nuestras caminatas por Plaza España; nuestros besos en Fuencarral; nuestros cafés en Starbucks.

Pero un buen día sabíamos que todo acabaría. O no. Nuestras casas, digo nuestras verdaderas casas, quedaban demasiado lejos; y algún día yo tenía que volver a la mía. Aún así, dolientes e impotentes, no nos separaríamos. No aún. Siete meses separados fue lo que duró el espanto hasta que ella se vino a la Argentina, pero de visita. Después sucedieron cosas, demasiado dolorosas como para agregarles a ellas el dolor de la distancia. Entonces todo se había derrumbado. Nos había vencido el destino, o la cobardía, o cada una de las razones que teníamos para no mudarnos a una misma ciudad y vivir juntos donde quiera que fuese, en algún lugar del mundo.

Fue a fines de 2008, o principios de 2009 -ya no lo recuerdo- cuando tomamos la decisión de separarnos; puta madre, si ya estábamos separados. Pero ustedes me entienden. Incluso en aquél tiempo yo tenía un blog -cuando éstos todavía existían- y me animé a escribir allí nuestra historia. Fue hace tanto tiempo ya… sólo recuerdo que al no poder estar juntos, no nos quedaba otra que la separación porque todo ya dolía demasiado. Así fue que cada uno siguió su propia vida, ya sin mirar atrás. Fue doloroso, como toda separación, como todo aquello que concluye. El llanto siempre me esperaba en algún lugar, como diría Julio, disponible pero inútil. Buscaba explicaciones, todas vanas para la desmedida ambición de mis interrogantes. Ah… las explicaciones… vaya uno a saber en qué basural estarán amontonadas, y si habrá alguien que consiga explicar, incluso, el basural.

Lo cierto es que ahora, cuando el paso del tiempo cicatriza y enseña, ahora que miro hacia atrás con el peso de los años en la espalda, pienso que fue mejor así. Que nos fue bien separados y que, de alguna manera, nos sirvió para reconstruirnos cada uno desde su lado. Porque sin esa reconstrucción de uno, sin ése afán de superación de la propia condición humana ante la adversidad, al amor no le cabrían las dudas, las esperanzas, ni el futuro.

Pasaron muchos años desde aquello. Los mecanismos de ese destino que nos separó, hicieron que otra vez la volviera a encontrar… ya desde la madurez, desde la frescura de una nueva oportunidad. Ahora la miro tendida en mi cama, moviendo con los deditos mis esperanzas y este futuro desde el cual escribo. A mí me sigue gustando el dulce de leche y ducharme de madrugada. A ella… a ella aún le gusta esperarme tendida, mirar el techo… cantar bajito.

martes, 3 de febrero de 2009

Catorce pequeñas anotaciones de verano

- A Galeano le contaron en la escuela que Núñez de Balboa fue el primero que vio, a la vez, los océanos Atlántico y Pacífico. Galeano levantó la mano y preguntó: "¿Los indios que vivían allí eran ciegos?".

- Visconti ponía joyas verdaderas en la caja que sus actores debían señalar actuando, para que la escena resultara más vívida.

- Dice Javier Moreno, director de El País: "para ser un buen periodista hay que leer mucha poesía. No por la voluntad de hacer poesía en un periódico, sino por ese carácter conceptual de la poesía, de cómo, con su esencialidad, la poesía conecta con el periodismo, que en una frase o en un mínimo titular tiene que encerrar una imagen o toda una idea. Defiendo el periodismo literario, inteligente, exacto y bien trabajado".

- Proyectar tu vida priorizando los lazos, no tiene por qué hacerte sentir culpa.

- El costo de la organización de una boda, en España, ronda los 20.000 euros. La mayoría acepta renunciar a la mariscada, pero jamás aceptaría alquilar el traje y el vestido. A éstos, hay que comprarlos, sí o sí.

- Beber una lata de cerveza en un pub denominado ‘Carajo’, en un pueblo como
Tafí del Valle, cuesta lo mismo que una caña en cualquier bar del centro de Madrid.

- Descubrí que un mate amargo, con una buena compañía, te endulza mucho más que la boca.

- La que recoge los platos sucios de una mesa en Chamartín tiene rasgos latinos.

- En Tucumán también debieran hacer controles alcoholemia a los taxistas. Sobre todo después de las 4 a.m. A lo mejor así, alguien que responsablemente salió a divertirse sin conducir para prevenirse de un eventual accidente, pueda volver sano y salvo a casa. Si todos los taxistas fueran como el que tomé hace unos días, estaríamos todos bajo tierra. Al final, el slogan oficial “Si tomás, no manejés”, para prevenirme de accidentes es una mentira. Les hice caso, y casi termino muerto.

- En la grilla de canciones de la pantalla personal del avión, descubro que los grandes clásicos de la Bossa Nova se denominan 'Latin Jazz'. ¡Pobre Joao Gilberto!

- Una pareja conduciendo por la ruta a Tafí del Valle arroja impune y salvajemente una bolsita con vómito por la ventana; la cual, impunemente, estalla en el parabrisas de mi auto que venía detrás; a lo que sobrevino, impunemente, una grandiosa e inútil puteada de nuestra parte a los despreocupados conductores. ¡Cuánta impunidad!

- A veces, sólo a veces, una decisión que duela tanto enfrentar, puede ser buena para tu vida.

- Habría que hacer al revés: en vez de contar cuánta gente salió de vacaciones, decir cuánta es la que no salió. El ‘rating anticonsumo’ demostraría que son más los excluídos que los incluídos, en cualquier rubro.

- Otro taxista, exclama: “ahora viene el aumento de la luz, del gas, del transporte… ya no se puede vivir así. Hay que sacarlo a patadas a este h… de p…. Nos tenemos que organizar y hacer algo para sacarlo”. Le retruco: “Nos organicemos. Déme su teléfono y lo llamo para hacer algo con otra gente que piensa como nosotros”. El taxista: “…ja ja ja… vos vivís de ilusiones, chango”.