jueves, 12 de febrero de 2009

Desde el futuro, con amor

Esa primera indiferencia, de entrada, me mató. Después, al oírla presentarse en la clase, descubrí que me gustaba, mucho me gustaba. Yo vivía solo en Salamanca, en una pequeña habitación con cocina y baño privado. De lunes a miércoles trabajaba; de jueves a sábado estudiábamos el mismo posgrado. Así que no nos quedó otra que hablar y conocernos.

Una noche, al salir de la universidad, caminamos hacia el mismo rumbo. Entonces nos dimos cuenta de que nuestras casas quedaban a tan sólo dos cuadras de distancia. Gran detalle a favor de mis pretensiones, pensé, y desde ese día nunca más nos volvimos separados. Subíamos la calle Compañía hasta el Palacio Monterrey, después agarrábamos Ramón y Cajal, y al final pateábamos la avenida Villalobos con el último aliento, con ese frío salmantino que te quemaba la frente, y entonces nos abrazábamos para que no calara tan hondo el tiritar en nuestros huesos. Hablábamos mucho, nos contábamos de nuestros orígenes diversos, nos reíamos de cosas simples. Al llegar a la calle Quinta, doblaba yo; dos cuadras más arriba, doblaba ella. Nos gustaba tener el mismo horizonte. Más aún cuando una noche helada de enero, en vez de seguir hasta su casa, decidió doblar conmigo a la mía. A mí me gustaba ducharme de madrugada. A ella, esperarme tendida mirando el techo y cantando bajito.

Una noche me desperté con un enorme dolor de muela y la cara hinchadísima. No tenía analgésicos, no sabía dónde era la farmacia ni el hospital más cercano. El dolor era insoportable y agudo. No tenía a quién recurrir. Entonces la llamé. Eran las 6 de la mañana, hacía 10 grados bajo cero; y ella atendió, se vistió y golpeó la puerta de casa tres minutos después. “Si no te cuido yo, quién te va a cuidar”. Y fuimos juntos a la guardia. Pero no fue ahí cuando me enamoré, no… sino mucho antes, o quizás después, ya no lo sé… me traía a casa alfajores Terrabusi, o potes enormes de dulce de leche Chimbote, que no era tan rico como el de La Serenísima, pero sabía a gloria tan lejos de mi casa natal.

Compartíamos la misma pasión por el café, la conversación, el caminar y los viajes. Ah, los viajes… recuerdo cuando fuimos a su tierra, a ese País Vasco amplio y generoso. Después, iríamos a Lisboa. Yo quería seguir los pasos de Pessoa, y ella… ella quizás quería seguir los míos. Entonces tomábamos café en Chiado, comíamos dulces típicos en Belém, recorríamos las calles lisboetas como dos enamorados y entusiastas. Yo imaginaba a Pessoa en cada esquina, recitaba sus versos (“…el poeta es un fingidor; finge tan profundamente, que hasta finge que es verdad el dolor que de veras siente”). Recorríamos la melancolía sin tiempo de ‘A Baixa’, la desnudez de la ‘Praça do Comercio’, o el abandono oscuro de la ‘Rúa dos Douradores’, tan leída en mis libros… y ella iba a mi lado, compartiendo mi entusiasmo literario con alguno suyo. Una noche, en una tasca, nos comimos un bacalao como el que nunca probé en mi vida. La langosta era cara… así que sólo bacalao y jarrita de vino de la casa, que no es como ésas que sirven en Argentina… no, ésta era de las buenas, pasaba como agua. Después nos fuimos a la parte alta de la ciudad, y creo que nos emborrachamos bebiendo vino verde, y escuchando esa tierna y melancólica quejumbre del fado en la voz de una elegante portuguesa de cuarenta, que cantaba en un retablo acompañada por dos señores con guitarra.

La pasábamos tan bien… tantas ciudades… pero siempre volviendo al mismo lugar. A nuestra adorada Salamanca. Ah, cómo nos gustaba Salamanca. Amábamos recorrerla de punta a punta; perdernos en esos muros medievales, dorados (‘¡quién sabe qué decían las olas de estas piedras!’); en esas callejuelas de otros siglos; en esas columnas de donde cuelga, ocre, el tiempo envejecido. Cuántas veces estos mismos muros habrán visto a Calderón de la Barca, a Espronceda, a Unamuno; y ahora nosotros, besándonos aquí mismo, bajo estas mismas farolas de luz cansina, en un instante supremo, testigos de la eternidad. Ah... la eternidad... ¡Nosotros éramos la eternidad!

Después llegaría la mudanza a Madrid, por cuestiones laborales. Compartíamos piso con tres personas más; y aunque su habitación era minúscula y sin ventanas, de madrugada se venía a la mía en puntas de pie, que era grande y aireada, aunque desordenada y ruidosa. A la mañana desayunábamos juntos, y cada uno para su trabajo… a la tarde nos encontrábamos otra vez, a veces en Serrano, otras veces en Gran Vía, pero nos encontrábamos igual. Y eran eternos nuestros domingos en El Retiro; nuestras caminatas por Plaza España; nuestros besos en Fuencarral; nuestros cafés en Starbucks.

Pero un buen día sabíamos que todo acabaría. O no. Nuestras casas, digo nuestras verdaderas casas, quedaban demasiado lejos; y algún día yo tenía que volver a la mía. Aún así, dolientes e impotentes, no nos separaríamos. No aún. Siete meses separados fue lo que duró el espanto hasta que ella se vino a la Argentina, pero de visita. Después sucedieron cosas, demasiado dolorosas como para agregarles a ellas el dolor de la distancia. Entonces todo se había derrumbado. Nos había vencido el destino, o la cobardía, o cada una de las razones que teníamos para no mudarnos a una misma ciudad y vivir juntos donde quiera que fuese, en algún lugar del mundo.

Fue a fines de 2008, o principios de 2009 -ya no lo recuerdo- cuando tomamos la decisión de separarnos; puta madre, si ya estábamos separados. Pero ustedes me entienden. Incluso en aquél tiempo yo tenía un blog -cuando éstos todavía existían- y me animé a escribir allí nuestra historia. Fue hace tanto tiempo ya… sólo recuerdo que al no poder estar juntos, no nos quedaba otra que la separación porque todo ya dolía demasiado. Así fue que cada uno siguió su propia vida, ya sin mirar atrás. Fue doloroso, como toda separación, como todo aquello que concluye. El llanto siempre me esperaba en algún lugar, como diría Julio, disponible pero inútil. Buscaba explicaciones, todas vanas para la desmedida ambición de mis interrogantes. Ah… las explicaciones… vaya uno a saber en qué basural estarán amontonadas, y si habrá alguien que consiga explicar, incluso, el basural.

Lo cierto es que ahora, cuando el paso del tiempo cicatriza y enseña, ahora que miro hacia atrás con el peso de los años en la espalda, pienso que fue mejor así. Que nos fue bien separados y que, de alguna manera, nos sirvió para reconstruirnos cada uno desde su lado. Porque sin esa reconstrucción de uno, sin ése afán de superación de la propia condición humana ante la adversidad, al amor no le cabrían las dudas, las esperanzas, ni el futuro.

Pasaron muchos años desde aquello. Los mecanismos de ese destino que nos separó, hicieron que otra vez la volviera a encontrar… ya desde la madurez, desde la frescura de una nueva oportunidad. Ahora la miro tendida en mi cama, moviendo con los deditos mis esperanzas y este futuro desde el cual escribo. A mí me sigue gustando el dulce de leche y ducharme de madrugada. A ella… a ella aún le gusta esperarme tendida, mirar el techo… cantar bajito.

21 comentarios:

ViKi dijo...

Me encantó la frase de Pessoa!!!

Me encantó tu relato. Cuánta fuerza!

Hoy me siento demasiado vencida... quizás suma de otras veces quizás ésta, la determinante. Aun así no quería dejar de leerte y dejarte un comentario.

Besos.

Me llevo este pedacito muy cerca hoy "disponible pero inútil"

Psicologa con problemas dijo...

Bruno, tanto amor se merece un reencuentro, aca en salamanca o es lisboa.
TucuMALA

Anónimo dijo...

“Cuando el amor no es locura, no es amor” decía Pedro Calderón de la Barca. Creo que aquel que se vuelve loco sin amor, está enfermo de veras. Tiene cientos de formas, palpita en mil sentidos, como el arco iris tiene todos los colores, como los manjares reúne todos los sabores, pertenece a dos y abarca a muchos, nace y muere sin avisarnos. Pero siempre tiene la misma base, que es la entrega que no tiene vueltas. Tu canto a tu amor me emociona, pues refleja humanidad al lado del talento literario.
También el manejo del tiempo en tu relato me impresionó vivamente. Los minutos son horas, los días son meses y los segundos, años.
Henry Van Dyke, un escritor y pastor estadounidense del siglo XIX, solía afirmar que “el tiempo es demasiado lento para aquellos que esperan... demasiado rápido para aquellos que temen.... demasiado largo para aquellos que sufren.... demasiado corto para aquellos que celebran... pero para aquellos que aman, el tiempo es eterno. En tu relato, tus acontecimientos reflejan la atemporalidad del mundo griego, pues me transportaron en idéntica sintonía a otros momentos de variadas emociones. Claro que en mi caso, ellos son como el tiempo envejecido, que ocre, cuelga de esas columnas salmantinas, como vos dices. Si el autor no emociona al lector, la literatura pierde su valor. Te felicito. Renzo

Lelé dijo...

Tenés que contar cómo fue el último encuentro! Llama la atención esto en un mundo de tanto desencuentro.

Piojo Cordobes dijo...

Bueno comentar esto es dificil porque la sensacion de que todo se derrumba y no poder peliar por lo que uno ama no tiene precio.
yo creo que desde una ilusion de amor se puede construir el amor verdadero, y siempre peliar por el da muchas satisfacciones. Sino peliamos por ello vienen los arrepentimientos, el dolor, y no haberse soltado de la soga para poder seguir.

Lorena Tapia Garzón dijo...

Bellísima historia para pensar en un reencuentro "con el peso de los años en la espalda". Yo esperaría menos. Yo no se si esperaría...
Besos

maria cecilia dijo...

cuando lo leia me sonaba un tango de fondo, no se bien por que. es un fantastico relato, un verdadero relato de amor...
saludos

el Rafa dijo...

Una gesta de amor digna de ser cantada por los elfos de Rivendel



También desde el futuro con el cariño de amistad:
Hermano no hablare del dolor de la perdida por que es algo pasajero, pero la dicha de la vivencia no tiene precio.
Con esta historia me confirma algo que ya dije en tu blog (¿recuerdas que nos conocimos bloggeando?): sos un muchacho de una sensibilidad especial y tenes esa gran capacidad de “llevarnos a pasear” en tus relatos. GRACIAS
Hoy que ella mueve los deditos a tu lado te recuerdo dos cosas: los que aman son inmortales amigo mio, y las palabras del cubano (que tantas veces cito en nuestras charlas) “la cobardía es asunto de los hombres no de los amantes…”

Ahora en el 2009:
Usted y yo nos debemos unos amarillos, el martes nos juntamos con el negro, el turco y otros pibes y sale R&R.
Abrazo.

Lucas Vilte dijo...

Brunits, me encantó tu relato. El sustento real lo realiza y actualiza; no muere. Te agradezco la dedicación y el romance con el "amor". Te agradezco la belleza de lo simple de un vino, de la altura de un cantar bajito y la agitada espera de la esperanza. Gracias loquito,
Lucas

Anónimo dijo...

Feliz día de los enamorados! Desde Madrid, Salamanca, Lisboa o País Vasco... atemporal y aespacial! Así es el amor, eterno... ¿¿mientras dura??

piojo dijo...

esta claro que a las mujeres les gusta esta historia bruno se ve que con esto dejaste encantada a todas las damas

Anónimo dijo...

Para el amor hay siempre posibles reencuentros, el amor no puede no ser verdadero, si es amor. Ojala que siempre tengas la oportunidad del reencuentro con tu verdadero amor y con las emociones y sensaciones mas tuyas compartidas desde el alma... una ducha a la madrugada,una cancion bajita, un cafe en algun lugar lejano... como el que nos debemos.... como nuestro reercuentro... te deseo lo mejor... no he podido no escribir nada depues de este escrito... siempre sigo leyendote.....

nube dijo...

otro relato de los ke me hacen recordar las cosas ke valen la pena, por las ke nunca se debe dejar de luchar...
al final uno siempre lo termina sabiendo, el corazon siempre es el ke te lleva por tu destino, tu vida, tu mundo... el temor keda de lado y logras encontrar el camino y las fuerzas para no dejar nunca de pelear por lo ke de vdd es importante... el tiempo es sabio mas nunca actuara por ti, somos nosotros los ke debemos pelear por nuestra felicidad...

sabes ke nos unen muchas cosas, por todo lo vivido, se te kiere mil, nube ;)

Cio dijo...

La gente tiende a soñar y pensar en el futuro que llegará y no se da cuenta que el presente se va y se pierde, si no lo vives se vuelve pasado. Es muy bonita vuestra historia de amor pero se que si de verdad se quiere se lucha y no se abandona ni por cobardia ni por nada, la gente no olvida a su familia y raices pero cuando se encuentra la media naranja (como aqui se llama) alguien tan especial como parece que ella lo era para ti, nada ni nadie los separa. Aporto que mi novio es de venezuela y vamos a formar nuestra propia familia, la suya será mia y la mia suya TODO unido. Si te ha servido escribir esto para desahogarte felicidades pero a mi me parece que lo que quieres es crear una novela poetica mas que dar valor a lo que vivisteis juntos. Espero que si se tiene que dar ese nuevo reencuentro no te arrepientas de lo ocurrido y como dijo Calderon.... "la vida es sueño y los sueños, sueños son" yo particularmente me quedo con la vida y tu?

Luli Casanova dijo...

Sin palabras. Hasta se me piantó un lagrimón. Un placer Brunin, como siempre. Beso grande y salud por ese amor! Qué lindo!!!!

Cristián dijo...

Que te puedo decir...

Maitasuna atemporal-a da, agurra bakarrik da bat gero arte benetako egunik gabe reencuentro-aren ...

Zure hitzak!Hunkigarria

Eta haginak, segurua hark zerbait jarri zintuen kafean aurreko egunean hartu zuten... oso euskalduna da ;)

Yo no soy Cindy Crawford!!! dijo...

Creí q era de algún libro...
pero parece que no..
Q tierno...

Anónimo dijo...

"OCASION DESAPROVECHADA,NECEDAD PROBADA"
El refranero popular sabe que las oportunidades solo pasan una vez en la vida.
Si esta historia es real,sera dificil olvidar.
Porque,AMOR QUE CONOCIO OLVIDO ,NO FUE AMOR SINO SARPULLIDO.

Maby dijo...

El reencuentro está siempre al doblar la esquina Bruno, pero cuán difícil es salir con ese rumbo. Muy lindo.

Julia dijo...

quien puede con tanto amor, eh? as always, beautiful..
bye

Pedro Noli dijo...

Qué perfume a Cortázar tienen sus palabras, amigo. Y la caminatas aquellas, tal cómo él escribió en algunas de sus páginas: "Andábamos sin buscarnos, pero sabíamos que andábamos para encontrarnos".