jueves, 16 de abril de 2009

La libretita azul

Recuerdo que todo comenzó el día de la fiesta. El gordo Chicha y la flaca Limonada terminaban su show, mientras nosotros estábamos sentaditos en el piso, quietitos y cuidado con moverse mucho porque viene el Chicha y te pega un sopapazo mirá. Justo después del saludo final de los payasos y antes de la explosión de las piñatas fue cuando todo comenzó. Todavía lo recuerdo como si fuese ayer: papá se sube a una silla, estira al máximo su brazo derecho que tenía un alfiler entre las manos, y casi en puntas de pie, haciendo un equilibrio digno de malabarista, hace explotar el momento más esperado para que nosotros, desde el piso, nos empapáramos con esa lluvia dulce de colores y alegría que toda piñata lleva adentro.

Yo cumplía cinco años y fue entonces cuando lo vi. Todo cobró otro ritmo y otra velocidad para mí. En vez de caramelos y papeles picados yo vi salir del inmenso globo una multitud de caballitos con alas que volaban, jineteados por pequeños principitos sonrientes, vestidos de blanco y celeste. Todo lo demás, la fiesta, el griterío, papá que se cae de la silla riendo a carcajadas, el Chicha y la Limonada desmaquillándose detrás del biombo, dejaron de existir para mí. Sólo veía los caballitos volando por todo el salón y los principitos saludándome con graciosa amistad. Según mamá, todo duró muy poco. Pero para mí fue una eternidad. Cuando llegué al hospital tuve algunas convulsiones y, según el doctor, yo le hablaba de caballos voladores y mis amigos los príncipes.

Recién ahora puedo hablar públicamente de esto que nadie sabe. Sólo mamá, papá y mis hermanos me aguantaron estoicamente todos estos años. Ese día cambió mi vida para siempre. Comencé a despertar a un mundo nuevo que estaba escondido detrás de cada cosa. Yo veía casi cada veinticuatro horas cosas que, según el doctor y mamá, ellos no podían ver: palomas de colores en mi ventana, sombras con forma de enanitos que bailaban muy graciosos en los hombros de papá, juguetes que yo tenía y que de pronto cobraban vida por un instante para luego volver a su quietud de plástico made in Taiwán, burbujas bailarinas muy graciosas de color verde agarradas de la mano en las paredes del baño, y cosas por el estilo. Las imágenes eran siempre diferentes e inofensivas según la ocasión, por lo tanto yo nunca tuve miedo. Eso era lo que más me costaba hacerle entender al doctor Corbalán y a mamá. Ellos pensaban que yo sufría, que no dormía de noche, que tenía terribles pesadillas y alguna enfermedad. Y yo comencé a acostumbrarme a estos seres tan simpáticos que me acompañaban casi siempre.

En el colegio dijeron que tuve hepatitis, pero en realidad estuve internado algo más de seis meses. Me dieron algunos medicamentos que lo único que hacían era acrecentar mis visiones. Hasta que un día el doctor entró en mi habitación, tomó una libretita azul y un lápiz, y me dijo: “Brunito, te animás a escribir lo que ves?”. Yo lo miré en silencio, y aunque no entendía muy bien el motivo de su propuesta, acepté obediente. Lo primero que escribí fueron palabras sueltas, pero luego con la ayuda de otros terapeutas y algunos psicolingüistas aprendí a conectarlas, a escribir algunas oraciones, a narrar lo que veía. Mamá venía de noche a leer mi libretita azul para ver si así lograba comprender mejor lo que me pasaba. Y más de una vez me preguntó si eso realmente lo había escrito yo. A veces, cuando yo no encontraba palabras, agregaba algún dibujito, y cuando ninguno de estos me bastaba para contar con exactitud lo que veía, me resignaba y tan sólo me dejaba llevar por lo que sentía, siempre con alegría. Pronto, las convulsiones desaparecieron, aunque no las visiones.

Cuando finalmente salí del Instituto Frenopático, volví al colegio como siempre, aunque un poco más flaco. El doctor Corbalán había pactado conmigo y con mi familia que jamás hablaríamos de esto con nadie para no escandalizar a las maestras ni a los padres de mis compañeros. Yo no era loco ni violento, pero a veces me hacían sentir como alguien peligroso para la sociedad. La receta que me había dado el doctor era simple: cuando comenzara a tener esas visiones, tenía que acudir a mi libretita azul y escribir, escribir como sea. Recuerdo que cuando iba al colegio, mamá ponía en el bolsillo de mi delantal el sándwich de jamón y queso y la libretita azul con lápiz recién afilado. “Acordate de lo que te dijo el doctor, Bruno, hacele caso y vas a ver cómo pronto esas visiones desaparecerán, te quiero”, me decía desde la puerta del colegio, un poco preocupada, mamá.

Entonces comencé a descubrir mucha utilidad en las palabras. Racionalmente me servían para evitar las convulsiones; y emocionalmente para expresar mi otro mundo. Así fue como comenzó mi afición por la escritura, yo escribo para estar a salvo. Me di cuenta entonces que en ese camino de visiones, de puertas y ventanas que se abren y seres simpáticos que se me aparecen, yo me sentía demasiado cómodo y podía escribir lo que realmente quisiera. Mi noción de lo fantástico no tenía nada que ver con la noción que podían tener mamá y el doctor Corbalán. Descubrí que yo me movía con naturalidad en ese territorio de lo que para los demás eran alucinaciones, sin distinguirlo demasiado de lo real. Que se me aparecieran caballitos voladores en una fiesta de cumpleaños conducidos por príncipes sonrientes y elegantes son hechos que yo asumía sin protesta y sin escándalo con absoluta normalidad porque mi realidad es una realidad donde lo fantástico y lo real se entrecruzan cotidianamente. Lo verdaderamente penoso para mí fue que poco a poco me encontré envuelto en un sistema social donde eso sí es un escándalo y entonces tuve que tomar precauciones para no tener problemas. Muy simple: simulé no tener más visiones, y así nadie me jodía. Aunque reconozco que esto me llevó un largo tiempo de ejercicios mentales.

Así pude engañar a muchos pero no a mi familia. Sólo ellos saben que las visiones siguen estando; que las tengo y las tendré siempre. Y también saben que para mí la vida sería aburrida y sin sentido sin ellas. Yo crecí con ellas, y moriré con ellas. Descubrí que mi vida es infinitamente más sugestiva desde que cumplí los cinco. Y aunque muchos crean que estoy curado, seguro que cuando lean esto, más de uno se escandalizará. Ya no me importa. Ya no soy un niño. Al frenopático no vuelvo más. Mi universo es otro: existe en la palabra pero no en la dimensión. Soy feliz así: escribiendo lo que veo… en mi libretita azul.

23 comentarios:

Tálamo e Hipotálamo dijo...

La cara de Cortázar ilustra la tapa de su biografía. Lógico, no? Esa tapa es la última del primer anaquel y queda expuesta al aire. Nada raro, no? Había polvo en el living. Pasé el plumero por la biblioteca. Y Julio estornudó. Jocoso, no?

Abrazo, Cirnigliaro. Por las libretas que curan, y que engañan.

Piojo Cordobes dijo...

Bueno bruno si te queda consuelo yo siempre pense que estabas loco, pero no tanto. Bueno perdon por mi confesion jajaja
igual siga a adelante escribiendo que esto impulsa a contar historias

Lorena Tapia Garzón dijo...

Qué lindo lo de la libretita azul. Yo tenía una con dibujos y un candado (no iba a ser cosa que la gente leyera y se escandalizara, claro). Una preguntita: ¿seguís viendo príncipes y caballitos? ¿O los personajes cambiaron?. Besos, Bruno.

shoot me dijo...

Por eso extraño tanto cuando no posteas.
Vale la pena la espera.
Yo no me escandalicé.
Me hundí profundo en lo que leía.
Ojalá tuviera una libretita azul y viera lo que ves.
Al fin y al cabo, así sos felíz.

Bruno Cirnigliaro dijo...

Alfred: a Cortázar lo veo seguido, es uno de mis grandes amiguitos mentales. Gracias por pasar.

Piojo: gracias por el aliento hermano.

Tapia: los personajes cambiaron y cambian constantemente. Los caballitos y los príncipes formaron parte de esa primera etapa d emi niñez. Ahora veo cada cosa... besos!

Shoot me: tú lo has dicho, así soy feliz. Gracias por esperar.

Pedro Noli dijo...

Viejo, siga viendo todo lo que supera a los ojos, que es muy bueno para eso.
Abrazo

el Rafa dijo...

Ya me parecía que vos jugabas con ventaja!!! :P
Siempre tu escritura me resulto emocionante, hoy que trata sobre algo tan intimo más aun.
Me pareció realmente valiente que nos lo contaras en este espacio.
Brindo por pegazos que abren nuevos mundos y libretas que no curan, pero mantienen, aparentemente, la cordura. Abrazo grande papá

miguel dijo...

extraordinaria historia¡¡¡
bruno,como ya te lo dije una vez es exquisita la forma en la que escribis.Ojala tengas siempre a mano esa libretita azul¡
abrazo de gol¡

Anónimo dijo...

Brunito querido, nunca me hiciste reir tanto cómo en esta narrativa. La ternura que brota de cada palabra, me llenó de alegría mi corazón! "vai fundo" con tu libretita azul, porque ahora ya no tengo más miedo de tus amiguitos mentales! mil y mil besos,
una vieja admiradora tuya

Psicologa con problemas dijo...

Cohelo tambien estuvo internado... y termino escribiendo El alquimista! y siendo millonario.
A vos te deseo la dicha de cohelo y las palabras de cortazar.

Era necesario incluir al Dr. Corbalan en el relato! ?

TucuMALA

Gabriel Aráoz dijo...

Pensé que la historia se trataba de un inspector de tránsito que te hacía una multa jaja Buena historia hermano... que sigan volando caballos, palomas y burbujas.. y que la Palabra siga siendo pasaje de grandes viajes! Gracias por compartirlo. Un abrazo!

P/D: ...y todo eso sin fumar porquerías? una ganga!

Bruno Cirnigliaro dijo...

Pedro: gracias pedrito!

Rafa: brindo por eso también!

Miguel: abrazo grande cordobés, la libretita azul está siempre a mano sino se arma...


Vieja admiradora: me alegro que esta historia te haga reir. Pero, es para reir o llorar?

Psicologa: gracias por tus deseos, aunque no creo que alcance nunca ni la dicha de Coelho ni las palabras de Cortázar. Ellos son únicos. Uno en hacer dinero, el otro en cambiar vidas. Saludos!

Gabriel: que la palabra sea y siga siendo!!!

Mente Ridícula dijo...

Salud por la libretita azul, señor. Que no se le acaben nunca las hojas en blanco y que te acompañe siempre. Gracias por compartir eso, es delicioso el texto. Besos

Anónimo dijo...

"yo escribo para estar a salvo"

"mi universo es otro: existe en la palabra pero no en la dimensión"

ay ay brunito... me matás, me matás!

Lina

Juan Pablo Sosa dijo...

Es mejor vivir en mundo de fantasía o en la densa realidad? Si las visiones sirven para escapar de lo cotidiano, en horabuena que así sea.
Sabés que debería cargar una libretita de cualquier color para dejar plasmado en ella todo lo que se me cruza por la cabeza y termina perdido en algín ricón.
Qué bueno que los príncipes que cabalgaban los caballos vestían de celeste y blanco. Me recuerda a que estoy partiendo a ver la previa del partido del Deca.
Abrazo Brunín.

Mente Ridícula dijo...

oiga señor, pase por mi blog que hay un encargo para usted, si quiere hacerlo. Besos

Horacio Gambarte dijo...

"Yo escribo para estar a salvo..." fue emocionante para mí el relato pero esa frase fue la que más me llegó. Me subo a los pegasos del Rafa y te saludo, aunque tal vez no sea principesco, con el alma de la hermandad en la tinta.
Y no se preocupe: su riqueza está en cómo combina las palabras para hacer de cada relato una obra única.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

gracias por compartir tu libretita azul, yo tambien estuve de vacaciones con joaquin y posta, hay quedecir que uno ya no escribe en su libretita azul y que es normalito.
yo no me avergÜenzo de haber visitado el IPPI más de una vez, ceeme Brunito: jugamos con ventaja, no necesitamos la falopa para viajar, nuestra cabecita trastornada tiene pasajes de ida y vuelta para cualquier parte.
gracias por compartir tus duendes, yo tambien tengo muchos.
un beso
fifí

ViKi dijo...

Es inesperado, demasiada sinceridad expuesta. Un mundo mágico dentro de otro que no tiene que ser menos.

Qué es? Excelente, como siempre.

Yo comencé a descubrir mucha utilidad en las palabras desde que empecé a robarle los libros a mi hermano.

Y cuando entré por primera vez aquí comencé a inundarme nuevamente de mi mundo fantático, siempre con un toque de conciente realidad. Tu manera de escribir es deliciosa, eso ya lo sabés.

El pensarte lejos fue una gran fuente de inspiración, el saberte cerca, un mar de incertidumbre.

Por alguna razón no vine antes. Entré un par de veces y nunca pude leer desde el principio hasta el final. Una especie de desengaño, quizás.

Quizás nuestros modos, tal vez mi carácter inquieto, el tipear una letra y no saber cómo expresar lo que provocás en mí. No sé, en todo caso, en todo caso acabo de borrar 5 líneas, y mejor lo dejo así.

A vos también tengo que desfantasearte.

Hoy te dejo mis palabras y al viento van.

ViKi dijo...

Ahra pienso que valía un mail.

Culpa del Turco Nofal.

Anónimo dijo...

es cierto que una imagen vale mas que mil palabras? y lo opuesto no es posible?.... siempre has tenido una capacidad impecable para escribir... habia algo escondido.... ni yo lo he sabido... mirá que hemos compartido sueños.... imágenes... palabras....
que belleza tu escrito.... besos!! Anahí

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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