martes, 23 de junio de 2009

El juego

Comenzó casi sin que nos diéramos cuenta. El primer roce fue incómodo como un trocito de carne entre los dientes. Después nos fuimos acostumbrando. Le encontramos el gustito como a todo; como a la tribuna repleta donde siempre jugábamos el juego, allí donde los cuerpos se convierten en una goma esponjosa que se pegotea en el que está al lado y se transforma en una masa informe de hinchas de fútbol. Siempre jugábamos así, bajo esas circunstancias, sino no tendría sentido. Los pozos de aire y espacio en una tribuna vacía nos habrían separado de inmediato con la complicidad de la vergüenza. A cancha llena no podíamos poner excusa, terminábamos rozándonos sí o sí en la tribuna de calle Laprida.

Todavía recuerdo la primera vez. Era uno de los primeros partidos del campeonato. Fui con el Turco, amigo y compañero de tribuna. Siempre delante de mí en el escalón de abajo, yo me apoyaba en sus hombros cada vez que venía una avalancha o un grito de gol enardecido. A mi lado estaba ella, casi con la misma posición, sólo que adelante estaba su hermano. Sus manos posaban sobre los hombros de él al igual que las mías sobre los del turco, que servían también de apoyo cuando la cosa se desbordaba por alguna jugada arriesgada de nuestro equipo.

Fue en un tiro de esquina creo. Estirábamos nuestros cuellos como jirafas para poder apreciar el remate entre tanta gente, banderas y papelitos. Justo antes de que el jugador rematara el balón hacia el área en busca de algún cabezazo, sentí el dedo meñique de su mano izquierda subirse despacito al dedo meñique de mi mano derecha. Primero el desconcierto… una incomodidad de basurita en el ojo, luego mirar de reojo sin saber si el dedito montado sobre el mío era producto de una casualidad lógica entre multitudes, o una intención premeditada de querer abrir la puerta para salir a jugar. Fue un segundo, pero duró una eternidad. Su dedo se subió al mío como queriéndolo jinetear y con una leve presión muscular lo oprimió con fuerzas. En el césped, el balón fue directo a la cabeza de Páez para luego pasar rozando el travesaño provocando una avalancha ensordecedora donde, estoy casi seguro, su meñique aprovechó el impulso de la multitud para subirse al mío que –ni lento ni perezoso- lejos de quitarse el peso de encima, se quedó quietito al calorcito de su tersa piel.

Ésa fue la primera vez que jugamos el juego. Ya en los partidos posteriores nos ubicaríamos siempre en la misma fila y a la misma altura, sin decirnos nada. El juego tenía esa regla implícita: no decirnos nada, simplemente jugar. El Turco nunca se daba cuenta de nuestras maniobras. Estaba muy atento al partido y no podía enterarse de que su hombro era nuestro parque de diversiones. Sólo una vez, en un entretiempo, miró hacia atrás y yo me hice el tonto, claro.

Ella tenía la piel trigueña, era bajita y usaba collares de colores; masticaba chicle con fuerza y precisión. No debe haber tenido más de 20 años. Nunca me animé a decirle nada; a lo sumo, movía mi dedo meñique en busca del suyo y así jugábamos un rato. Una tarde lluviosa y fría decidió ir con guantes. Mis manos estaban casi congeladas y yo saltaba y cantaba como nunca en busca de calor. Ese día su dedo se quedó más tiempo que de costumbre sobre el mío, dándome lo que buscaba, y quizás también algo más. Estuve a punto de mirarla y decirle lo que pensaba, pero justo el Pulguita encaraba mano a mano al arquero y metía el tercer gol de la tarde para el delirio de la hinchada. Recién en la decimoquinta fecha -ya hacía calor- me animé a regalarle un vaso de gaseosa antes de que comenzara el partido. Cuando le alcancé el vaso, sus dedos se pegaron a los míos y se detuvieron unos segundos junto a esa frescura descartable con sabor a coca. Sonreí nervioso, ella agradeció con un gesto noble parecido a una caricia.

La cosa se complicó un poco cuando el hermano comenzó a sospechar. Entonces durante un par de partidos decidimos –tácitamente- suspender el juego. En ese lapso, el Turco se lesionó la rodilla en un picado con amigos y dejó de ir a la cancha, con lo cual yo no tenía hombro conocido donde apoyarme. En la clandestinidad inferior de nuestras cinturas, uno al lado del otro, nuestros dedos se enlazaron con osadía, desafiando como nunca antes la sospecha y proximidad del hermano. Nos divertíamos tanto… a veces se nos escapaba una carcajada. Y si eso ocurría durante una jugada peligrosa del rival, los demás nos miraban con un enojo que te la devo dire. Aún así, casi nadie podía sospechar lo que pasaba entre nosotros: ese juego mínimo, tácito, anónimo quizás, de deditos que se entrelazan y se tocan como si tuvieran vida propia en un universo de decisiones que no tomamos. Tal vez como dos hormiguitas negras picoteando un arenal.

Después vino la etapa de los mensajes. Los escribíamos con las uñas en nuestras manos, invisibles para la multitud pero no para nosotros que sentíamos el surcar de nuestros dedos en la piel como un dialecto rupestre y nómade que sólo nosotros podíamos comprender. Ahí la cosa se puso linda. “No puedo evitar tocarte” escribió ella con dificultad sobre mi mano transpirada. “No me culpes por lo que hagan mis dedos”, agregué en la suya, tembloroso, con mis uñas recién cortadas. La emoción del partido a punto de finalizar nos envolvía. Era el último de la temporada y no podíamos esperar dos meses hasta que empiece otro y jugar de cero. Con un poco más de presión y completamente decidido, di una última estocada sobre su mano trigueña: “esta noche, como sea, tu teléfono, te llamo”. Ella leyó a las apuradas prestando más atención al campo de juego que a su mano. Sonrió y me dijo “todo a su tiempo” al oído, casi rozando su diminuta boca en el cartílago de mi oreja derecha. El árbitro se pone el silbato a la boca, está a punto de finalizar el partido. Todos cantan “dale campeón”, la tribuna tiembla y nuestros dedos se estremecen juntos, cuerpo a cuerpo, graciosos, contentos, sudados de emoción aunque acaso presumiendo el final.

Entonces escribe números en mi mano. Siempre con su dedo meñique y sus uñas comidas y mal pintadas. Siento el cosquilleo de una posibilidad dibujándose –por fin- sobre mi mano derecha. Casi todo estaba escrito ya entre nosotros. Faltaban apenas unos números. Todos gritan como locos, papelitos por los aires, las banderas que flamean, los fuegos artificiales en el cielo. ¡Somos campeones!, le grito al Turco visiblemente emocionado. Nos fundimos en un abrazo eterno. Levanto con fuerzas mis puños cerrados hacia lo alto; ella me mira como ofendida, seria, vulnerada y apuñalada en lo más hondo de su orgullo… mira mis puños con el ceño fruncido yéndose al cielo. Acaso no puede creer lo que ve… los números que ella finalmente dibujaba en mi mano como una posibilidad de encontrarnos esa noche en otro lugar, se confunden con los papelitos en el aire y vuelan desperdigándose por todo lo alto. Mis puños cerrados sienten como una cascarita que se desprende de la piel, como esas cicatrices que nos gustaba raspar de niños. Entonces la pierdo de vista, comienzo a buscarla y a gritarle en vano entre tanto ruido; el vaivén impune de la multitud me lleva a su antojo de aquí para allá y no tengo control sobre mis movimientos… yo sólo quiero encontrarla, mirarla a los ojos, pedirle perdón por haber arrojado tan lejos y sin quererlo, nuestra única y verdadera posibilidad de futuro… o de que, al menos, nuestros cuerpos sean finalmente como dos dedos que se tocan, casi sin querer, en la inesperada disponibilidad de un juego ocasional.

35 comentarios:

Agustita dijo...

Me encantó!!!! mucho!!!
besos tuquito!!

Anónimo dijo...

Me encantóoooo! Ese suspense que sabés crear con esas metáforas tan inesperadas, me llenan de satisfación! la lectura de tus relatos es siempre una sorpresa: sabemos donde comienza, pero lejos de nuestra imaginación está el final elegido por vos.
Te repito desde corazón:"Vai fundo que cada vez vc está escrevendo simples, mas espontaneamente lindo". Mil besos; Ilma

Yo NO SOY Cindy Crawford!! dijo...

Y qué pasó al final????

Cómo escribís desgraciado...

Vi ck dijo...

Genial... así de simple.

Anónimo dijo...

lo único que se me ocurre decirte nene una vez mas: sos un hdp. no podés acelerar asi mi corazon con un relato.

te admiro, te odio
me encantó
Jo

Lorena Tapia Garzón dijo...

Bruno,el juego de los deditos es el más bello de todos los juegos. Hermosa imagen. Hermoso relato.

Pedro Noli dijo...

Mujeres, hermano, ¿por qué siempre son tan inalcanzables?
Felicidades por el grandiosa crónica.
Un abrazo

Horacio Gambarte dijo...

Mis respetos, poeta... me gustó mucho su relato.

Anónimo dijo...

Me gustó mucho. Más alla de las dotes literarias supiste entrelazar y conjugar las dos pasiones centrales del hombre: fútbol y mujeres. Pusiste en un mismo plano locuras distintas y las soldaste en el tiempo y en el espacio. Un hombre que asiste fútbol pot TV únicamente suele manotear papas fritas o un vaso de cerveza, pero cuando va a la cancha manotea el aire cuando grita un gol o cuando su equipo erró un penal. Unicamente vos, un burbujador de pasiones, podrías manotear un dedo meñique, aunque se te escapó el papel por el cual accederías a manoatearlo todo, como presagiaba ese "no puedo evitar tocarte" que ella escribiera decidida en tu mano. Muy bueno. Renzo

Psicologa con problemas dijo...

genial, me quede con ganas de gritar el gol!

tucuMALA

Psicologa con problemas dijo...

muchos anonimos en tu blog! xq?

Bruno Cirnigliaro dijo...

Agustita: qué bueno que pases por acá, hace mucho no venías. Gracias.

Ilma: tan fiel como una madre, tus palabras me llegan al corazón.

Yo no soy Cindy: quien sabe en el próximo torneo seguimos con esta historia. Gracias!

Vick: gracias!

Jo: sos la que yo pienso? Todavía tengo mis dudas. Igualmente, gracias. NO me odies por favor.

Tapia: muchas gracias actriz!

Pedro: es una muy buena pregunta. Gracias por pasar hermano, y ya sabés que esta semana hay encuentro.

Horacio: ...¿poeta? No será mucho?
Gracias!

Renzo: me gustó lo de que cuando uno lo mira en la TV manotea papas fritas y cervezas, y en la cancha manotea otras cosas. Linda analogía. Siempre haciéndome mirar más allá.

Psicóloga: nunca te quedes con las ganas... y menos de gritar un gol. Respecto a los anónimos: vos qué pensás?

ViKi dijo...

Me deslicé por tu juego con una sonrisa que bailó expectante hasta el final, dibujada en el medio una sensación particular que para qué descubrirla; y luego retomando su danza la sonrisa volvió para quedarse a saborear el final.

Besos

Sofy M dijo...

Que lindo relato, me gustó mcuho.Besos.

Gabriel dijo...

Excelente historia hno! (si le convidabas fernet capaz que acelerabas el trámite jajaja). Espero que tengas más juegos y "de primera" :-) (aguante el DK!!). Te mando un gran abrazo!

Mente Ridícula dijo...

Perdón Perdón Perón, te invito un tango, un vino y unas empanadas.

Marco Lamoglia dijo...

TREMEEEEEEEEEEEENDO CAMERO!!!! Solo vos vas a levantar a la cancha, sos un culiao jajajaja. Te faltó decirle algo... "que te parece si salimos...?" jajajajajaja
Abrazo campeón, abrazo de ascenso, abrazo de felicidad.

Luli Casanova dijo...

Y bueno Brunito... como siempre, un relato impecable. Me encantó, mucho mucho. Quí lindo juego el de los deditos que se tocan, no? Uno de los más lindos juegos. Besos querido y que nunca se corte esa pluma.

macanudas* dijo...

el futbol es pasión de multitudes. el amor es pasión de unos pocos.
y es re difícil que dos personas se gusten, lo cual me genera algo de bronca y más cuando leo cosas de este tipo.
él tendría que haberla corrido buscado, gritado.
él tendría que haber puesto en palabras lo que sus dedos en movimientos.

muy bueno bruno. muy bueno de verdad.
besos,
lu

Bruno Cirnigliaro dijo...

Viki: si fui capaz de dibujarte una sonrisa (sabiendo lo difícil que es eso en vos) ya me siento más que satisfecho!

Sofy M: me alegro señorita, bienvenida!

Gabriel: ambos sabemos lo dificil que es encontrar al fernetero una vez comenzado el partido... quién sabe así la historia hubiese sido otra.!

Marco: jejeje, querido amigo... sólo vos te acordás de mis canciones... 'qué te parece si salimos?"... ja sos un grande!

Luli: tanto tiempo. Que no se corte!

Lu: es una historia abierta; quien sabe en el próximo torneo hay más encuentros y deditos que se tocan. En el fútbol, como en el amor, nunca se sabe lo que puede ocurrir. Me gusta que te guste. Besos

Daphne dijo...

qué linda historia!
y qué triste al mismo tiempo...
creo que más que triste, nostálgica

me encantó

saludos!

Daphne dijo...

Volveré siempre!

Saludos desde Perú!

Te invito a pasar por mi otro blog, que actualizo más seguido

http://lavidamodernadedaphne.blogspot.com/

Un abrazo!

Juan Pablo Sosa dijo...

La voy cagar, sé que la voy cagar: cómo se hace para prestarle atención a una mina si juega el Deca? Espero que no lea este comentario mi novia, que dicho sea de paso, la llevé al partido contra Quilmes. Hablando de Quilmes, que salga una de ellas.
Abrazo querido

Psicologa con problemas dijo...

yo por mi parte dejo ahi los comentarios anonimos, si lo s habilito a publicar su comentario desp me la tengo que bancar.
A mi no me joden, obvio que es una falta total de huevos, pero estamos rodeados de inseguros y miedosos o no?

TucuMALA

¿q pasa q no esccribis?

Psicologa con problemas dijo...

yo por mi parte dejo ahi los comentarios anonimos, si lo s habilito a publicar su comentario desp me la tengo que bancar.
A mi no me joden, obvio que es una falta total de huevos, pero estamos rodeados de inseguros y miedosos o no?

TucuMALA

¿q pasa q no esccribis?

Bruno Cirnigliaro dijo...

Daphne: gracias por volver. Pasaré por ese blog cuanto antes.

JuanPa: como verás, todo es posible en el reino del revés! Que esas Quilmes lleguen pronto.

Tucumala: pronto volveré con más historias... estuve un poco complicado en este tiempo. Gracias por volver... besos

Psicologa con problemas dijo...

yo volvi y fui millones...

Tálamo e Hipotálamo dijo...

mierda, Cirnigliaro, cuando te inspirás clavás un olímpico. Me harté de pifiarle al blog. Fiel seguidor, salú.

Tálamo e Hipotálamo dijo...

Gracias por sus exageradas palabras, querido Bruno. No creo que adelgace hasta que llegue el verano. Cuando un texto es bueno, uno vuelve porque cada vez que lo hace descubre un guante, un papel, una avalancha. Pasa así con los relatos de Julio Florencio. Todos queremos sonar como él, lo lograste. Ahora, como lector insaciable e hincha del talento, creo que hay un público para estas historias, un público que disfrutará con la objetividad que da el anonimato, sin besitos ni tanto abrigate, nene.

Aráoz.

((Cioran el pirata)) dijo...

muy bueno. lo disfrute y fue gratis, que mas puedo pedir?

saludos.

luisalfredo dijo...

Hola Bruno. Vuelvo a leerte después de un tiempo y la verdad que pienso que nunca debería haber dejado pasar tanto tiempo. Genial el relato. Es como si me estuviera pasando a mí. Muy bueno. Saludos

Anónimo dijo...

Muy lindo!!! no te tenía con esa faceta de escritor!!!
besote y buena semana!!!

Lu (la odalisca, jajaja!!!)
www.webjam.com/luciabahia

Imaginemos dijo...

Bastante suspenso has dejado con esta historia que resulto a su ves maravillosa.

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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