Todavía sudados y agitados recogimos la ropa desparramada por el suelo. Muy de prisa comenzamos a vestirnos otra vez, y recién cuando miré por la ventana entendí por qué se empañan los vidrios cuando se hace el amor en pleno invierno.
- Quedate un rato más-, dijo ella.
- En veinte minutos sale el tren… no puedo quedarme-, dije yo.
- Pero si salís en el de las ocho no va a pasar nada; él vendrá recién a las nueve en punto.
- Sabés que no puedo, lo supiste siempre… ¿Qué ganás con una hora más si no podemos cambiar nuestro destino?
- ¿Y quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino, Bruno?
- ¡El mismo destino, que lo parió!
Inés me miró con esos ojos tristes, semidesnuda. La ventana seguía empañada por el brutal contraste de temperaturas, y su cuerpo aún llagado de apresuradas pasiones intentaba reanimarse de a poco. El aire espeso de la habitación parecía cortar nuestras respiraciones y el movimiento mínimo de vestirse nos fatigaba como una maratón. Aunque habíamos pasado la tarde juntos, una adolescente fatalidad hizo que nuestros cuerpos se encontraran recién al anochecer, minutos antes de mi partida. No nos dimos cuenta de que a veces es el tiempo el aire que suele avivar el fuego de las pasiones. Por eso en ese momento todo supo a poco, como en cada encuentro. Y ya no quedaba más que correr hacia la estación y llegar a tiempo a ese tren que me llevara de regreso a la lejanía cómoda e irrenunciable de mi hogar y mi mujer.
Recuerdo que no esperamos al ascensor y bajamos directo por las escaleras. Yo iba más de prisa que ella que hacía lo posible por seguirme pero no aguantaba, se quedaba atrás, cansada.
- Si seguimos tu ritmo no llego a la estación y pierdo el tren-, dije sin aire.
- Bueno andá, andá Bruno… yo me quedo acá, no puedo correr así… andá- dijo, extenuada y rendida, con los brazos caídos.
Antes, habíamos jurado que ése iba a ser el último encuentro. Así que nos despedimos ahí nomás, con un beso en la frente, de ésos que se dan cuando se dice adiós y para siempre. Ella se quedó parada, exhausta, mirándome alejarme de su vida en una esquina. Yo corría sin ganas y el aire polar me entraba como un acero helado por las entrañas. Miré una sola vez hacia atrás y ella, apoyada en una pared, intentó disimular el desencanto con una sonrisa forzada que no creí. Alguien había escrito ese final y nosotros no pudimos editarlo. No merecíamos –nadie merece- un final así de abrupto, así de lacerante. Cinco minutos antes habíamos estado desnudos en un mundo perfecto para los dos. “Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiéramos conocido antes de casarnos”, solía repetirme Inés, tendida boca arriba en el sofá, mientras fumaba el cigarrillo típico del después en cada uno de nuestros secretos encuentros.
Cuando llegué a la estación, el tren ya estaba partiendo. Logré saltar y entrar, y me hundí en la butaca de inmediato a atrapar un poco de oxigeno. Miré hacia fuera cómo todo se me escapaba de las manos entre las vías, incluso su imagen borrosa pidiéndome me quedara una hora más, como si en ese lapso estuviera oculta la felicidad. Lo único sensato que podía hacer, entre toda la insensatez de nuestra historia, era tomar ese tren de regreso a mi casa y a mi destino conyugal ya determinado, con ese silencio resignado de cadalso que amordaza cualquier expectativa de movimiento y resucitación.
Del otro lado, todo sucedió demasiado pronto como para que ella comprendiera. Miró el cielo con los ojos bien abiertos, como quien los airea para evitar el brote de las lágrimas, tragó otra vez el nudo en la garganta y regresó a su casa a preparar la cena para su marido, pronto al caer. Era el momento exacto de la tarde en que el día y la noche deciden encontrarse; ese minuto irrepetible, misterioso en el que ambos bajan la guardia y se encuentran para rozarse, coquetear con la eternidad. La noche llega, el día se va, y debajo de todo, sumida en su soledad, Inés buscaba todas las explicaciones de la insensatez en una sartén ardiendo de aceite donde ahora preparaba unos spaguettis alla carbonara para su marido. Minutos atrás, antes de que la noche viniera, nuestros cuerpos habían sido una sola cosa a metros de esa cocina, como ahora lo eran el sol y la luna, el día y la noche, la vida y la muerte, que se repite obstinadamente sobre el pozo de aire y tiempo de las horas.
Todavía no estaba del todo oscuro cuando decidí bajarme del tren abruptamente. “¿Quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino?”, resonaba en mis oídos aturdidos. “Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiéramos conocido antes de casarnos”, taladraba mi desánimo. Todo sonaba a provocación para un orgullo demasiado grande como el mío. Quería darle una respuesta, una lección al porvenir. Me bajé entonces en la tercera parada aprovechando un desperfecto del tren. Sentía liberarme de todo el peso de la culpa mientras corría de regreso hacia ella. Quería encontrarla, abrazarla, escribir con mis manos un destino propio, no determinado, para los dos. Los faroles de las veredas se encendían. La ciudad y sus habitantes seguían su ritmo habitual, indiferentes a mi carrera contra el tiempo. Quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino. Quién.
Cuando llegué, encontré la puerta abierta y un fuerte olor a quemado bajaba por las escaleras. No esperé el ascensor. Subí desandando lo que hace un rato nomás habíamos andado juntos escalón tras escalón, hasta que llegué al pasillo del quinto piso y ví un hilo de aceite colorado avanzando por el suelo. Siento claramente que la abrazo, que no me alcanzan las manos para absorber su pelo, su cabeza. También sé que balbuceo palabras, aquí estoy, quisiera intentarlo, no tengamos miedo, quién sabe un día, no llores más, sí tonta… me bajé en la tercera, aquí estoy, ya nadie nos separa vas a ver.
Grité su nombre y entré al departamento, resbalé con el aceite y caí justo a su lado. Inés apenas respiraba en el suelo; agarré con mis dos manos abiertas y bien fuerte su rostro empapado de aceite caliente y sangre fría, como si la muerte o el destino pudiera evitarse con dos manos que oprimen lo irreversible. “Qué suerte que viniste, Bruno… tenemos tanto de qué hablar”, me dijo temblorosa, con voz ronca, justo antes del suspiro final. Miré el reloj. Eran las nueve. Las nueve en punto.
- Quedate un rato más-, dijo ella.
- En veinte minutos sale el tren… no puedo quedarme-, dije yo.
- Pero si salís en el de las ocho no va a pasar nada; él vendrá recién a las nueve en punto.
- Sabés que no puedo, lo supiste siempre… ¿Qué ganás con una hora más si no podemos cambiar nuestro destino?
- ¿Y quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino, Bruno?
- ¡El mismo destino, que lo parió!
Inés me miró con esos ojos tristes, semidesnuda. La ventana seguía empañada por el brutal contraste de temperaturas, y su cuerpo aún llagado de apresuradas pasiones intentaba reanimarse de a poco. El aire espeso de la habitación parecía cortar nuestras respiraciones y el movimiento mínimo de vestirse nos fatigaba como una maratón. Aunque habíamos pasado la tarde juntos, una adolescente fatalidad hizo que nuestros cuerpos se encontraran recién al anochecer, minutos antes de mi partida. No nos dimos cuenta de que a veces es el tiempo el aire que suele avivar el fuego de las pasiones. Por eso en ese momento todo supo a poco, como en cada encuentro. Y ya no quedaba más que correr hacia la estación y llegar a tiempo a ese tren que me llevara de regreso a la lejanía cómoda e irrenunciable de mi hogar y mi mujer.
Recuerdo que no esperamos al ascensor y bajamos directo por las escaleras. Yo iba más de prisa que ella que hacía lo posible por seguirme pero no aguantaba, se quedaba atrás, cansada.
- Si seguimos tu ritmo no llego a la estación y pierdo el tren-, dije sin aire.
- Bueno andá, andá Bruno… yo me quedo acá, no puedo correr así… andá- dijo, extenuada y rendida, con los brazos caídos.
Antes, habíamos jurado que ése iba a ser el último encuentro. Así que nos despedimos ahí nomás, con un beso en la frente, de ésos que se dan cuando se dice adiós y para siempre. Ella se quedó parada, exhausta, mirándome alejarme de su vida en una esquina. Yo corría sin ganas y el aire polar me entraba como un acero helado por las entrañas. Miré una sola vez hacia atrás y ella, apoyada en una pared, intentó disimular el desencanto con una sonrisa forzada que no creí. Alguien había escrito ese final y nosotros no pudimos editarlo. No merecíamos –nadie merece- un final así de abrupto, así de lacerante. Cinco minutos antes habíamos estado desnudos en un mundo perfecto para los dos. “Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiéramos conocido antes de casarnos”, solía repetirme Inés, tendida boca arriba en el sofá, mientras fumaba el cigarrillo típico del después en cada uno de nuestros secretos encuentros.
Cuando llegué a la estación, el tren ya estaba partiendo. Logré saltar y entrar, y me hundí en la butaca de inmediato a atrapar un poco de oxigeno. Miré hacia fuera cómo todo se me escapaba de las manos entre las vías, incluso su imagen borrosa pidiéndome me quedara una hora más, como si en ese lapso estuviera oculta la felicidad. Lo único sensato que podía hacer, entre toda la insensatez de nuestra historia, era tomar ese tren de regreso a mi casa y a mi destino conyugal ya determinado, con ese silencio resignado de cadalso que amordaza cualquier expectativa de movimiento y resucitación.
Del otro lado, todo sucedió demasiado pronto como para que ella comprendiera. Miró el cielo con los ojos bien abiertos, como quien los airea para evitar el brote de las lágrimas, tragó otra vez el nudo en la garganta y regresó a su casa a preparar la cena para su marido, pronto al caer. Era el momento exacto de la tarde en que el día y la noche deciden encontrarse; ese minuto irrepetible, misterioso en el que ambos bajan la guardia y se encuentran para rozarse, coquetear con la eternidad. La noche llega, el día se va, y debajo de todo, sumida en su soledad, Inés buscaba todas las explicaciones de la insensatez en una sartén ardiendo de aceite donde ahora preparaba unos spaguettis alla carbonara para su marido. Minutos atrás, antes de que la noche viniera, nuestros cuerpos habían sido una sola cosa a metros de esa cocina, como ahora lo eran el sol y la luna, el día y la noche, la vida y la muerte, que se repite obstinadamente sobre el pozo de aire y tiempo de las horas.
Todavía no estaba del todo oscuro cuando decidí bajarme del tren abruptamente. “¿Quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino?”, resonaba en mis oídos aturdidos. “Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiéramos conocido antes de casarnos”, taladraba mi desánimo. Todo sonaba a provocación para un orgullo demasiado grande como el mío. Quería darle una respuesta, una lección al porvenir. Me bajé entonces en la tercera parada aprovechando un desperfecto del tren. Sentía liberarme de todo el peso de la culpa mientras corría de regreso hacia ella. Quería encontrarla, abrazarla, escribir con mis manos un destino propio, no determinado, para los dos. Los faroles de las veredas se encendían. La ciudad y sus habitantes seguían su ritmo habitual, indiferentes a mi carrera contra el tiempo. Quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino. Quién.
Cuando llegué, encontré la puerta abierta y un fuerte olor a quemado bajaba por las escaleras. No esperé el ascensor. Subí desandando lo que hace un rato nomás habíamos andado juntos escalón tras escalón, hasta que llegué al pasillo del quinto piso y ví un hilo de aceite colorado avanzando por el suelo. Siento claramente que la abrazo, que no me alcanzan las manos para absorber su pelo, su cabeza. También sé que balbuceo palabras, aquí estoy, quisiera intentarlo, no tengamos miedo, quién sabe un día, no llores más, sí tonta… me bajé en la tercera, aquí estoy, ya nadie nos separa vas a ver.
Grité su nombre y entré al departamento, resbalé con el aceite y caí justo a su lado. Inés apenas respiraba en el suelo; agarré con mis dos manos abiertas y bien fuerte su rostro empapado de aceite caliente y sangre fría, como si la muerte o el destino pudiera evitarse con dos manos que oprimen lo irreversible. “Qué suerte que viniste, Bruno… tenemos tanto de qué hablar”, me dijo temblorosa, con voz ronca, justo antes del suspiro final. Miré el reloj. Eran las nueve. Las nueve en punto.