martes, 26 de octubre de 2010

La ley del gol

Pedro no sabe lo que voy a contar por acá y no sé qué cara pondrá cuando lea esto. Realmente no lo sé. Porque debería haber sido el primero en venir con nosotros ayer, al fin y al cabo él es el autor de la ley, el culpable de toda esta historia. Pero por una cosa o por otra fuimos sin él. Pedrito, vos disculpanos, jamás podrías haber sospechado que en todos estos días estuvimos haciendo llamados que nunca creímos que haríamos, golpeando puertas de despachos impensadas, metiéndonos en secretarías y ministerios públicos cada mañana, sometiéndonos al burócrata de turno que siempre nos hacía volver al día siguiente porque eso es lo que hacen los burócratas de turno, y esgrimiendo todo tipo de artilugios ante funcionarios escépticos que nos miraban absortos cuando les hablábamos de tu ley y de su urgente necesidad de aprobación.

A nosotros nunca nos gustó esto de la política, vos lo sabés. Pero cuando leímos la ley sentimos como un gol en el pecho, qué querés que te diga, una avalancha desde adentro que nos movía a hacer todo lo posible para que se cumpla. Así fue que decidimos la última jugada, yo y todos tus amigos, claro; acaso también cansados de peregrinar por los pasillos de organismos públicos sin que nadie nos prometiera al menos un intento, un “déjenos que lo estudiemos al caso chicos y los llamamos el lunes”, ni siquiera eso, aunque fuera mentira.

Así que hastiados y resignados tragamos saliva como pudimos, nos encajamos la carpeta con la ley bajo el brazo y empujamos el pesado portón de la calle San Martín. Ahí estábamos todos: el negro Walter, Charly, el Turco, Diego, Juan Pablo… en nombre de todos los que queremos que esta ley sea realidad. Nunca nos sentimos tan solos y acompañados a la vez, pasando entre tanto policía que nos miraba en la frente mientras subíamos la escalera al primer piso. Y recé para no encontrarme con algún conocido, te imaginás qué cara pondrían si me vieran ahí, esperando en el despacho del Gobernador, justo yo, Pedrito, justo yo, qué vergüenza. Pero al fin y al cabo, él era la única persona que podía desenredar el nudo de tanta burocracia y desatar una ilusión con pies en la tierra. 

                          Art. 1- El Estado provincial deberá garantizar a sus ciudadanos anotar un gol en primera división de cualquiera de los clubes del fútbol argentino.

          Art. 2- Podrán hacer uso de este derecho hombres o mujeres nacidos en esta provincia, o que hayan nacido en alguna provincia futbolera sudamericana y que amen el fútbol argentino.

          Art. 3- La persona que haga uso del derecho podrá elegir el equipo para el que anotará, pero no el rival. Eso quedará a consideración de la Comisión Provincial de la Ley del Gol, organismo que deberá crear la secretaría de Deportes de la Provincia y cuya prioridad será difundir este derecho para que nadie se muera sin saberlo.

Habían pasado tres largas horas desde que nos sentamos a esperar al Gobernador. Poco a poco se fue formando una fila larga de personas que iban como nosotros a verlo a él. Me imaginé que nunca nos atendería o que nos harían volver y volver eternamente por varios años más. Pero algunos mecanismos de la política suelen ser curiosos y por la misma razón que creí que no nos harían entrar nos hicieron pasar primero.

                          Art. 4- El gol será válido y oficial, y por lo tanto será televisado, repetido en los canales abiertos y de cable, y sujeto a críticas de los periodistas.

          Art. 5- La noche anterior al gol, el goleador se acostará temprano y hablará por teléfono fijo con su abuela. La abuela le dirá que se cuide de los defensores del rival porque sin dudas estarán más entrenados. Le pedirá también que salga abrigado de la casa.

          Art 6- El técnico del equipo decidirá en qué momento pone en la cancha al homenajeado. No habrá ninguna simulación ni actuación para que sea éste quien clave la pelota contra la red. Todo ocurrirá naturalmente, por designio divino, casi maradoniano. Ese día, sin más explicación, anotará su gol en primera división.

Nunca antes habíamos entrado al despacho de un gobernador. Sentíamos que estábamos en un lugar privilegiado, tocando de cerca el poder. Sin embargo hicimos de cuenta que estábamos en nuestras casas, sin mostrar asombro o nervios, como jugando de local. Nos sentamos en los sillones del costado, había café y biscochitos, y dos jarras grandes de agua fresca. Juan Pablo, acostumbrado a tratar con políticos, tomó la posta y comenzó a hablar. El Gobernador parecía atento. Nosotros mirábamos de reojo. Después nos fuimos soltando y hablando más. Nuestras palabras eran un goteo incesante de fundamentos que de a poco irían llenando de convencimiento su cabeza. Por eso en un momento se puso de pie, caminó hacia la ventana dándonos la espalda y se quedó quietito mirando la Plaza. No se quién hablaba en ese momento cuando nos interrumpió de golpe: - Quién está detrás de todo esto?

          Art. 7- El festejo del gol quedará a propia elección del goleador. No podrá ser sancionado por quitarse la camiseta y llenarla de besos, ni por saltar la tela de alambre y abrazarse con los amigos del barrio. Podrá emular a grandes festejos de futbolistas profesionales, dedicárselo a su novia, madre o hijos, gritarlo a la cámara con júbilo o tocarse el corazón y mirar al cielo mientras recuerda al viejo que ya falleció.

          Art. 8- El goleador tendrá derecho a 50 entradas gratuitas para el partido de su gol. Las deberá repartir personalmente, casa por casa, entre sus elegidos, como hacen los niños cuando invitan a su fiesta de cumpleaños.

Ante nuestro silencio se quedó sin decir nada durante unos segundos, se lo notaba pensativo, vaya a saber en qué pensaba. Se acercó al escritorio y levantó el teléfono. “Dígale al Ministro que venga ahora”. Yo estaba ahí sentadito, con unos nervios que ni te cuento, los otros seguían como en sus casas. Ni el café logré tomar, apenas unos sorbos de agua fresca. Llegó el Ministro. “Aquí los chicos le van a entregar esta carpeta. Es un proyecto de ley. Quiero que salga ya mismo. Hable con la prensa. Que se enteren todos. Si hace falta un DNU no hay ningún problema. Llame a los delegados y a los gremios, el domingo llenamos la Plaza, como sea”.

          Art. 9- Los invitados asistirán todos juntos a la cancha. Los más jóvenes registrarán el encuentro con videos tomados por sus teléfonos celulares. Las mujeres se pintarán con lápiz labial el nombre del homenajeado en la frente. Los amigos del barrio llevarán una bandera donde incluirán la palabra "aguante". Y la madre del goleador será la primera en llegar, se vestirá con pantalón de algodón y, cuando su hijo entre a la cancha, se secará las lágrimas con un pañuelo rosa o blanco.

Cómo explicar lo que sentimos en ese momento. Comenzamos a ver a una turba interminable de jugadores con sobrepeso, émulos de Maradona, Kempes, Olguín, zurdos y derechos llevando en sus ojos el fuego helado de glorias perdidas, todos ellos acercándose a anotar su gol en primera división. Nos imaginamos leyendo al día siguiente en todos los diarios: “Propuesta de ley en Tucumán conmociona al país"; candidatos a diputados y senadores de todos los partidos haciendo el eje de su campaña en la ley del gol, y hasta a Grondona golpeando con fuerza su escritorio con los puños cerrados, indignado por no ser, esta vez, el dueño de la pelota.

          Art. 10- Los amigos y familiares directos e indirectos deberán organizar un asado el mismo día del gol, y al momento de saludarlo, esa noche, le dirán: "Feliz Gol". Lo llamarán por teléfono amigos lejanos y tías que confunde el nombre. En la ceremonia se le asignará un padrino, que será la persona que lo hizo hincha de su equipo. Como el día del gol es considerado más importante que el cumpleaños, no será perdonado el amigo cercano que se ausente al festejo y ponga como excusa a su novia o saliente.

          Art. 11- En el epitafio del goleador se incluirá, además de los días de nacimiento y muerte, la fecha en que hizo el gol, el minuto en que lo cometió y el rival al que se enfrentó.

Todo es real, increíblemente real. De contento que se va a poner Pedro cuando lea esta historia. Ahora sí podrá anotar su gol soñado, ése cabezazo cruzado con pique a los pies del arquero en la canchita del Barrio Viajante. Ahora sí, Pedrito, ahora sí nos espera la consagración. Ahora sí logramos, tal y como vos querías, que en nuestro país también se legisle para el corazón.


(dedicado a Pedro Noli, autor de la ley del gol, 
y a Quinca, porque juega cada partido de su vida como si fuese una final)

martes, 5 de octubre de 2010

El retorno

La casa era grande y espaciosa. De ésas que ya no se ven por la zona oeste de São Paulo. Tenía un frente amplio, con piso de rocas multiformes y un pequeño invernadero que daba a la vereda. Dos pisos, tres o cuatro habitaciones, balcón a la calle, una cocina generosa en aromas y sabores, y un patio glorioso con una higuera que no sólo fue alimento, sino escondite, telaraña, arco de fútbol, casita, refugio, secreto y resignación. No recuerdo ahora el color de entonces de la casa, sí la verde vitalidad de ésas plantas que adornaban la fachada oponiéndose con justicia a tanto hormigón de la vereda.

Todos los años íbamos a São Paulo en las vacaciones de verano. Ahí estaban nuestros parientes: tíos, primos, amigos y amigas. Siempre parábamos en esa casa, que era de los abuelos. Entonces todos venían a visitar a ‘os argentinos’ y el lugar se poblaba de personas, de juegos infantiles, de ruidos y de todo eso que ahora son sólo pedazos fragmentados de recuerdos: el fútbol en el patio, el abuelo puteando cuando gritábamos un gol con emoción justo debajo de su habitación, la escondida, las correrías y las risas, los cumpleaños felices y las tortas; también la siesta abrazado al abuelo con la radio prendida, la berenjena al escabeche y el pastel de queso, la abuela con botas de goma manguereando el patio cada mañana de miércoles, la escalera ancha y circular en el centro de la sala. La casa era esto y mucho más. Y aunque lo supe mucho tiempo después, yo fui feliz en esa casa quizás como en ningún otro lugar del mundo.

Luego todo fue cambiando. La vida misma, ese ovillo que se desenreda sin vuelta atrás, fue alejándonos a todos de esa casa. Primero con la muerte natural de los abuelos, luego con las distancias cada vez más prolongadas entre viajes y regresos. Todo se nos fue escapando de las manos, todo fue tomando la forma de un recuerdo circular con aroma a despedida, al que uno siempre, irremediablemente, quiere volver.

En los años posteriores regresé varias veces a São Paulo; algunas veces de manera literal, en avión y dos horas. Pero también lo hice en sueños, recurrentes todos ellos, donde veía a mi abuela manguerear el patio un miércoles pero sin envejecer; o bien la casa vacía vestida de fiesta con un banquete servido para invitados que no llegaban nunca porque estaban en otra fiesta mejor. Sí… en otra fiesta mejor. Siempre soñaba cosas por el estilo. Y siempre esa misma angustia de cosa lejana, inalcanzable, que ya no podemos volver a ver y tocar.

Por eso es que hace poco decidí volver. Volver para pelearle al olvido, para remediar la lejanía, para hacerle una mueca a lo que aparenta ser inalcanzable pero no lo es. Para eso volví.

En todas mis visitas anteriores a São Paulo pasé alguna vez por la casa. Hoy es un jardín de infantes y guardería para niños. Pero siempre lo hice en auto y de casualidad. En esas ocasiones, me quedaba mirándola por la ventanilla y estirando el cuello como jirafa para prolongar esos segundos en que pasábamos por ahí en auto. Deseaba un semáforo en rojo para que al detenernos el tiempo sea un aliado de mi curiosidad. Siempre soñé con volver a entrar, no como a una casa vieja donde uno ha vivido momentos de felicidad, sino como quien vuelve a entrar en un pasado de seres que ya no existen y revivir en texturas y aromas lo que el viento inexplicablemente se llevó. Así que esta vez tomé coraje y decidí enfrentar la casualidad, el semáforo y el tiempo.

Me detuve en la puerta, pisé otra vez el suelo de rocas multiformes. No con esos pies pequeños y sucios de entonces. Sino con otros que han caminado lo suficiente como para entender de una buena vez por todas, brunito, que no todo tiene que seguir siendo igual. Miré el balcón, el portón, las paredes ahora de colores, y todo comenzó a tomar aquélla forma, a poblarse de esos seres que ya no están.

Entonces sale una mujer gorda desde adentro. Mira con curiosidad quiénes podían ser éstos que miran con tanto detenimiento un sencillo jardín de infantes como si fuese un Guernica de colores vivos. Pregunta desde la puerta si necesitamos algo, con cautela. Me adelanto unos pasos, intento poner cara de amable, sonriente, como para generar confianza. Le explico un poco la historia de la casa, que vivimos lejos, que ahí adentro donde ella trabaja todos los días nació una familia que fue feliz. Con inexplicable comprensión, como si todos los días se le acercaran locos que quieren entrar a la casa, abrió la puerta amablemente y nos convidó a pasar.

- ¿Seguro podemos pasar?, ¿no molestamos?
- Por favor, pasen. Han venido desde muy lejos…

En ese momento se me hizo un nudo en el estómago. Lo que tantas veces había añorado, lo que había sido tan inalcanzable durante tanto tiempo, de pronto y así como si nada, se estaba haciendo realidad. Entonces sentí miedo de ver otra casa, no la que recordaba, sino una nueva, reformada, distinta. El corazón comenzó a agitarse a medida que mis pasos iban entrando. Fuera de los mobiliarios lógicos de un jardín de infantes, por detrás está la misma casa, las mismas puertas, las mismas ventanas, el mismo patio y la misma cocina. Incluso el mismo baño. No podía entender muy bien lo que veía pero volví al olor de la berenjena al escabeche, a mi abuela llegando con pastel de queso de la feria, volví al fútbol en el patio con mis primos y hermanos, volví a la escondida en la pieza grande, volví a ver y a tocar el dial de la radio encendida con mi abuelo durmiendo siesta a mi lado, volví a soplar la torta de mi cumpleaños número seis, o siete u ocho; volví a subir esa escalera, volví a refugiarme en la higuera –sigue intacta-, volví… volví a sentir que lo inalcanzable se puede volver a tocar. Volví, al fin de cuentas, a personas y a cosas que no existen más desde hace tiempo pero si hoy las revivo entonces quiere decir que existen, que aún están conmigo. Y vaya si existen.

Ahora pienso que lo realmente cuestionable del paso del tiempo no es la adultez que llega sin que uno se dé cuenta, ni las canas que empujan o las arrugas que surcan, sino esa frialdad que tiene el maldito para ir dejando todo atrás como si nada. Sí, como si nada. Aunque también pienso que por suerte existe el recurso de la memoria, por cuyas grietas se cuela siempre el recuerdo vivo que preña de inmortalidad un pasado presumiblemente inalcanzable, aunque extrañamente vigente.

La mujer gorda seguía nuestros pasos por la casa con indiferencia, quizás intentando comprender por qué esa obstinación en querer escarbar en el pasado. Pero sólo cuando me vio llorar compulsivamente al salir de una de las habitaciones, comprendió quizás el por qué e intentó consolarme. Con la amabilidad de siempre, me abrazó diciéndome: “Esta casa sigue haciendo feliz a mucha gente, así que quedate tranquilo, no te preocupes”.

Yo sentí en ese abrazo que ella no era ella y que esa frase no era suya. Se la estaba dictando alguien. Lo sentí con esa intensidad con que siento mis sueños recurrentes. Quizás ahora entiendo en qué otra fiesta mejor están los que ya no están. Quizás para eso he vuelto. Para saberlo ahora. Para saberlo ahora y para siempre.