martes, 5 de octubre de 2010

El retorno

La casa era grande y espaciosa. De ésas que ya no se ven por la zona oeste de São Paulo. Tenía un frente amplio, con piso de rocas multiformes y un pequeño invernadero que daba a la vereda. Dos pisos, tres o cuatro habitaciones, balcón a la calle, una cocina generosa en aromas y sabores, y un patio glorioso con una higuera que no sólo fue alimento, sino escondite, telaraña, arco de fútbol, casita, refugio, secreto y resignación. No recuerdo ahora el color de entonces de la casa, sí la verde vitalidad de ésas plantas que adornaban la fachada oponiéndose con justicia a tanto hormigón de la vereda.

Todos los años íbamos a São Paulo en las vacaciones de verano. Ahí estaban nuestros parientes: tíos, primos, amigos y amigas. Siempre parábamos en esa casa, que era de los abuelos. Entonces todos venían a visitar a ‘os argentinos’ y el lugar se poblaba de personas, de juegos infantiles, de ruidos y de todo eso que ahora son sólo pedazos fragmentados de recuerdos: el fútbol en el patio, el abuelo puteando cuando gritábamos un gol con emoción justo debajo de su habitación, la escondida, las correrías y las risas, los cumpleaños felices y las tortas; también la siesta abrazado al abuelo con la radio prendida, la berenjena al escabeche y el pastel de queso, la abuela con botas de goma manguereando el patio cada mañana de miércoles, la escalera ancha y circular en el centro de la sala. La casa era esto y mucho más. Y aunque lo supe mucho tiempo después, yo fui feliz en esa casa quizás como en ningún otro lugar del mundo.

Luego todo fue cambiando. La vida misma, ese ovillo que se desenreda sin vuelta atrás, fue alejándonos a todos de esa casa. Primero con la muerte natural de los abuelos, luego con las distancias cada vez más prolongadas entre viajes y regresos. Todo se nos fue escapando de las manos, todo fue tomando la forma de un recuerdo circular con aroma a despedida, al que uno siempre, irremediablemente, quiere volver.

En los años posteriores regresé varias veces a São Paulo; algunas veces de manera literal, en avión y dos horas. Pero también lo hice en sueños, recurrentes todos ellos, donde veía a mi abuela manguerear el patio un miércoles pero sin envejecer; o bien la casa vacía vestida de fiesta con un banquete servido para invitados que no llegaban nunca porque estaban en otra fiesta mejor. Sí… en otra fiesta mejor. Siempre soñaba cosas por el estilo. Y siempre esa misma angustia de cosa lejana, inalcanzable, que ya no podemos volver a ver y tocar.

Por eso es que hace poco decidí volver. Volver para pelearle al olvido, para remediar la lejanía, para hacerle una mueca a lo que aparenta ser inalcanzable pero no lo es. Para eso volví.

En todas mis visitas anteriores a São Paulo pasé alguna vez por la casa. Hoy es un jardín de infantes y guardería para niños. Pero siempre lo hice en auto y de casualidad. En esas ocasiones, me quedaba mirándola por la ventanilla y estirando el cuello como jirafa para prolongar esos segundos en que pasábamos por ahí en auto. Deseaba un semáforo en rojo para que al detenernos el tiempo sea un aliado de mi curiosidad. Siempre soñé con volver a entrar, no como a una casa vieja donde uno ha vivido momentos de felicidad, sino como quien vuelve a entrar en un pasado de seres que ya no existen y revivir en texturas y aromas lo que el viento inexplicablemente se llevó. Así que esta vez tomé coraje y decidí enfrentar la casualidad, el semáforo y el tiempo.

Me detuve en la puerta, pisé otra vez el suelo de rocas multiformes. No con esos pies pequeños y sucios de entonces. Sino con otros que han caminado lo suficiente como para entender de una buena vez por todas, brunito, que no todo tiene que seguir siendo igual. Miré el balcón, el portón, las paredes ahora de colores, y todo comenzó a tomar aquélla forma, a poblarse de esos seres que ya no están.

Entonces sale una mujer gorda desde adentro. Mira con curiosidad quiénes podían ser éstos que miran con tanto detenimiento un sencillo jardín de infantes como si fuese un Guernica de colores vivos. Pregunta desde la puerta si necesitamos algo, con cautela. Me adelanto unos pasos, intento poner cara de amable, sonriente, como para generar confianza. Le explico un poco la historia de la casa, que vivimos lejos, que ahí adentro donde ella trabaja todos los días nació una familia que fue feliz. Con inexplicable comprensión, como si todos los días se le acercaran locos que quieren entrar a la casa, abrió la puerta amablemente y nos convidó a pasar.

- ¿Seguro podemos pasar?, ¿no molestamos?
- Por favor, pasen. Han venido desde muy lejos…

En ese momento se me hizo un nudo en el estómago. Lo que tantas veces había añorado, lo que había sido tan inalcanzable durante tanto tiempo, de pronto y así como si nada, se estaba haciendo realidad. Entonces sentí miedo de ver otra casa, no la que recordaba, sino una nueva, reformada, distinta. El corazón comenzó a agitarse a medida que mis pasos iban entrando. Fuera de los mobiliarios lógicos de un jardín de infantes, por detrás está la misma casa, las mismas puertas, las mismas ventanas, el mismo patio y la misma cocina. Incluso el mismo baño. No podía entender muy bien lo que veía pero volví al olor de la berenjena al escabeche, a mi abuela llegando con pastel de queso de la feria, volví al fútbol en el patio con mis primos y hermanos, volví a la escondida en la pieza grande, volví a ver y a tocar el dial de la radio encendida con mi abuelo durmiendo siesta a mi lado, volví a soplar la torta de mi cumpleaños número seis, o siete u ocho; volví a subir esa escalera, volví a refugiarme en la higuera –sigue intacta-, volví… volví a sentir que lo inalcanzable se puede volver a tocar. Volví, al fin de cuentas, a personas y a cosas que no existen más desde hace tiempo pero si hoy las revivo entonces quiere decir que existen, que aún están conmigo. Y vaya si existen.

Ahora pienso que lo realmente cuestionable del paso del tiempo no es la adultez que llega sin que uno se dé cuenta, ni las canas que empujan o las arrugas que surcan, sino esa frialdad que tiene el maldito para ir dejando todo atrás como si nada. Sí, como si nada. Aunque también pienso que por suerte existe el recurso de la memoria, por cuyas grietas se cuela siempre el recuerdo vivo que preña de inmortalidad un pasado presumiblemente inalcanzable, aunque extrañamente vigente.

La mujer gorda seguía nuestros pasos por la casa con indiferencia, quizás intentando comprender por qué esa obstinación en querer escarbar en el pasado. Pero sólo cuando me vio llorar compulsivamente al salir de una de las habitaciones, comprendió quizás el por qué e intentó consolarme. Con la amabilidad de siempre, me abrazó diciéndome: “Esta casa sigue haciendo feliz a mucha gente, así que quedate tranquilo, no te preocupes”.

Yo sentí en ese abrazo que ella no era ella y que esa frase no era suya. Se la estaba dictando alguien. Lo sentí con esa intensidad con que siento mis sueños recurrentes. Quizás ahora entiendo en qué otra fiesta mejor están los que ya no están. Quizás para eso he vuelto. Para saberlo ahora. Para saberlo ahora y para siempre.

16 comentarios:

Cris Saracco dijo...

Gracias por volver! :)

Posiblemente estén en otra fiesta... Nos e si mejor o peor... tan sólo otra...

Tal vez, sólo digo tal vez, la fiesta dependa de las que han sabido gozar antes :))))

Al fin y al cabo, mejor y peor son términos relativos ;-)

Gracias... en serio... Es un gustazo leerte!

Yo NO SOY Cindy Crawford!! dijo...

Por el amor de Dios, Bruno. Qué alegría que vuelvas con semejante pedazo de historia.


Abrazo enorme.

Vir dijo...

Què seriamos sin los recuerdos?!
Hermoso volver a leerte.
=)

Anónimo dijo...

A través de tus recuerdos volé hacia los míos... encantada.

ViKi dijo...

La nostalgia se me pega al ser como natura al agua. En este espacio en que intento correr contra ella, contra esos recuerdos que como vos me guardan un lugar seguro para siempre volver, a la vez no me deja avanzar... o es que no aprendí a resignar tantos olores, aromas y colores.

Cómo es que en un espejo te observo, desde la distancia, desde otro recuerdo, tu regreso me agolpa el pecho, como el viento que llama a tu ventana y te levanta, te anima.

Como tantos te dejo mi recorte, mi saludo, mi alegría de que hayas vuelto a estos lares, donde sos vos, sin ratos.

No todo tiene que seguir siendo igual.

Psicologa con problemas dijo...

felicitaciones por las vueltas, regresar no es volver atrás!

TucuMALA

Hipotálamo (gracias, Tálamo) dijo...

Esa gorda salió de esas grietas. Los pies sucios y pequeños ahora llevan delantal. La gracia del ciclo es que toda línea siempre queda unida.
Esa casa vive en tu mano.
Glorioso párrafo cortazariano, Brunito. Algo redundante, eso sí, en imágenes que no necesitan la frase después de la coma.
Le mando un abrazo desde Buenos Aires, donde otras casas y otras gordas lo invitarán a pasar.

Suyo, Aráoz.

Bruno Cirnigliaro dijo...

Cris, mejor o peor son términos relativos, es verdad. Yo prefiero pensar en lo mejor :))) Gracias a vos por pasar.

YoNoSoyCindy, graciassssss

Vir, seríamos pura materia, nada más. Gracias.

Anónimo, q bueno q todavía tengamos alas para volar. Me alegro.

Viki, nada tiene q seguir siendo igual. Comparto. Gracias por seguir estando.

Tucumala, totalmente cierto. Qué psicologa es ud! Grande!

Aráoz, no tengo poder de síntesis. Te acordás cómo me mochaban las crónicas en el diario? Es algo q me cuesta, quizás por falta de ideas o vocabulario. O por pura incapacidad nomás. Voy a tratar de mejorar eso, todavía más. Ud, siempre un ejemplo a seguir. Gracias por volver!

Coni dijo...

Muy emotivo, mas aun cuando estas palabras de memoria te ayudan a volver a recuerdos propios, de esos que jamas queremos perder. Me gusto mucho bruno! Beso.

Anónimo dijo...

Un regreso a pleno sol. Gracias por escribir así. Renzo

Luli Casanova dijo...

Qué bueno volver a leerte Brunin... Siempre un placer, desde que arranco hasta que termino. Y siempre me hacés terminar con los ojos vidriosos... Qué lindo es volver, qué lindo es poder volver las veces que necesitemos. Miles de besos y felicidades por esa pluma, una vez más.

el Rafa (que no vuelve) dijo...

El cristal con que vemos los recuerdos es como ver con un caledoscopio: siempre se ven cosas raras y diferentes.

Excelente escrito.

Dicen que los que se van sin que los corran vuelven sin que los llamen. Eso es totalmente cierto. Un gusto volver a leerte pa. Esta noche nos juntamos con los pibes en Ayacucho y piedras. Abrazo de gol.

Bruno Cirnigliaro dijo...

Coni: gracias por pasar por acá. Me alegro te haya gustado.

Gracias Renzo.

Luli querida, q bueno q sigas viniendo por acá, gracias amiga.

Rafa. Ud es uno de los que debería volver al ruedo. Se lo extraña.

Anónimo dijo...

Bru LINDO, LINDO, LINDO!
Y cómo leer esa maravilla sin ahogarme en mis lágrimas coloridas por la alegría y felicidad!
cómo aceptar tu invitación a esa visita, sin llenar mi corazón de amor y ternura?
Retornar a esa casa, ahora con el auxilio de tus manos, fue un momento esplendoroso, sublime, inigualable!
GRACIAS por volver, pero también mil veces Gracias por hacerme re-volver a lugares tan queridos por todos nosotros.
Mamá

macanudas* dijo...

wow, que lindo! todavia los pelitos de mi brazo estan parados..
Es que no hizo falta avion, y yo viaje con vos, a tu casa, y a mi infancia en curitiva que , resulta que tenia colores y olores parecidos a los tuyos.
Lo bueno es que siempre se puede volver. a veces inesperadamente,
como hoy

gracias
muy lindo!

Jian Zhuo dijo...

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