jueves, 11 de noviembre de 2010

De azúcar y bizcochitos

Esa mañana de octubre nos despertamos temprano. María fue a la cocina y puso la pava para el mate y yo me fui hasta lo de doña Amanda a comprar un paquete de yerba y otro de bizcochitos que  tanto le gustaba. Me acuerdo bien de esa mañana porque ese día María decidió, de pronto, que le gustaba el mate dulce. Siete años conviviendo bajo un mismo techo, tomando mate amargo todas las mañanas y tardes de nuestros días, y nunca, nunca una pizca de azúcar. Pensé que sería uno de ésos caprichos repentinos que a veces le venía a María… pero ésta vez parecía diferente. En esta casa nunca hay azúcar, se quejó mientras buscaba en latas y potes de vidrios por toda la cocina, derribando las pocas monedas que guardábamos para las compras menores en el almacén de doña Amanda. Y era verdad, en nuestra casa nunca había azúcar porque no la necesitábamos. Pero a María se la notaba nerviosa y exaltada. No era para menos, la noche anterior habíamos discutido feo. Nada fue lo que soñamos al juntarnos. Ni la casita propia, ni el jardín con jazmines y verduras, ni el sueldo fijo a fin de mes, ni siquiera la revolución o el bebé que nunca llegaría porque no nos animábamos a traer al mundo un hijo en condiciones tan precarias.

María trabajaba por horas cuando en la casa de la señora Francinet había alguna fiesta con invitados, cosa que casi siempre ocurría dos veces por semana. Yo hacía lo que Don Mario me pidiera en las fincas que tenía en las afueras de la ciudad. Ambos patrones eran buenos con nosotros, siempre nos tenían en cuenta para que los ayudáramos y el poco dinero que ganábamos nos alcanzaba para vivir. Pero esa noche a María se le pelaron los cables. Quizás venía acumulando bronca, no se. Yo no pude darle la vida que soñamos juntos y ella hizo del silencio su mejor arma de resignación. Por eso no me sorprendió que de un día para otro explotara y decidiera que el mate amargo no le gustaba más. Esos enojos repentinos yo se los permitía a María sin oponer resistencia, por algún lado tenía que salir la frustración de una vida de sueños rotos y esa rebeldía tan de ella que me enamoró cuando la conocí hace nueve años en la puerta del baile tropical de los López, haciendo un escándalo insólito por el alto valor de las entradas. Manga de capitalistas, no saben con quién se metieron, gritaba ella desde la vereda sin saber que ahí mismo estaba yo haciendo la fila para entrar al baile pero que al escucharla decidí invitarla a tomar una gaseosa en lo de Huguito en vez de entrar a lo de los López y emborracharme. Esa noche María me contó que estuvo en Lacandona varios años por amor a un novio que había tenido. Nunca pudo ver a Marcos pero, según me dijo, él estaba siempre cerca. Después, al separarse, decidió volver y empezar de cero. Había algo en sus ojos que me quemaba mientras me contaba sus historias de revoluciones y mundos que se sueñan posibles, a esa hora de la noche en que reinan el tabaco y la palabra.



De todo eso me acordaba mientras leía un diario viejo sobre la mesa de la cocina esa mañana de octubre. Si querés azúcar andá a comprar, le dije, y María se puso las sandalias rojas y salió diciendo ya vuelvo. Fui a encender otra vez el fuego, puse otra pava para el mate y salí a la puerta para esperar a María.



Esa mañana de octubre fue la más larga de todas. La espera comenzó a pudrirse adentro mío. Salí a la calle entonces, pregunté a los vecinos y nadie sabía responderme dónde estaba María. Fui al bar de la esquina, al hospital, al billar de don Alberto. Llegué hasta la estación parando en cada kiosco del trayecto, la busqué en los baños, en los mostradores, en cada andén. Caminé casi toda la ciudad buscándola como un loco sin encontrar rastros de María mientras ya se hacía de noche, mi pobre María, mi negrita revolucionaria, dónde te metiste me querés decir, dónde andarás a estas horas, tontita, por qué tuviste que irte así, a buscar azúcar en cualquier parte, si aquí al frente había... y sino en algún lugar encontraríamos, claro que sí, y te lo preparo yo al mate, vas a ver qué rico me sale, mi María, mi negrita rebelde, dónde estarás ahora, por qué te dejé ir así… pero qué tarado, cómo no me dí cuenta que sólo querías un poquito de azúcar, sólo un terroncito nos hubiera hecho tan felices, mi negrita linda, un poquito de azúcar nada más, de azúcar para nuestro mate, para nuestro mate con bizcochitos.