martes 21 de diciembre de 2010

La insoportable soledad de un colchón

Ayer, con mi amigo y socio Adolfo Valentín decidimos cerrar nuestra empresa. Fueron dos años de intenso trabajo, en los que pusimos todas nuestras energías, ansias de progreso y esas cosas que alguna vez soñamos juntos en un aula de nuestra facultad. Y aunque parezca raro, estamos contentos. Porque lo logramos con creces. Esa parte la logramos: cumplir nuestro sueño, salir al mercado, ser profesionales independientes. El resto, los resultados, el éxito o el fracaso, son cosas relativas en este mundo que aún así algún día tendremos que analizar.
 
Como toda decisión importante, fue difícil enfrentarla. Sostener una empresa sólo con la pasión es algo que se paga demasiado caro en nuestro país. Y si bien la pasión nos sirve para alimentar el alma, no nos sirve en este caso para alimentar el cuerpo y ciertas necesidades básicas, puesto que el mercado tiene sus propios mecanismos y ni hablar del propio cuerpo. Por eso, lo mejor fue cerrar. A veces es mejor saber detenerse a tiempo que seguir avanzando hacia un daño mayor. Y aunque resulte duro, ayer, queridos lectores, con mi amigo y socio Adolfo Valentín, literalmente, cerramos.
 
A esta altura del año, encontrar trabajo es algo bastante complicado por estas tierras, y si bien hice algunos llamados y tiré algunos curriculums en algunas empresas en las que tengo gente conocida, decidí parar la pelota y tomarme este tiempo de navidades y año nuevo para estar tranquilo. Lo primero que hice fue recorrer algunos comercios para ver algunos regalos de navidad.
 
Caminaba por el centro de esta ciudad y me encontré de pronto con una vidriera de una conocida tienda de colchones. No estoy seguro pero debo haber estado entre diez y quince minutos ahí, con la ñata contra el vidrio –como dice el tango-. E inmediatamente me ví hace veinte años atrás, de la mano de mamá, observando encantado y lleno de fantasía lo que para mí era entonces el fascinante mundo de los colchones. Recuerdo que se me iluminaban los ojos al llegar a una vidriera de colchones: me detenía a mirar cada unos de sus pliegues, las mullidas almohadas muy bien dispuestas, el edredón que invitaba al descanso y todo ese territorio virgen donde yo me imaginaba, a tan temprana edad, el eventual amor de una pareja, una posible charla profunda o un leve despertar de campo con una luz clara que ingrese apenas por una ventana entreabierta sobre todos esos colchones. Mamá me tironeaba del brazo porque no comprendía que yo me detuviera en una vidriera a mirar un colchón durante tanto tiempo. No sabía –no podía saber- que al mirarlos yo me imaginaba todas estas cosas, atmósferas posibles alrededor de un simple colchón.

Pero también veía esa insoportable soledad con la que los colchones son exhibidos en las vidrieras de sus tiendas. Nunca entendí a los dueños de las colchonerías. Montan una impresionante king size en las vidrieras, le ponen el mejor acolchado, los mejores almohadones, pero por muy bonito que luzcan, les sigue faltando lo más importante: mostrar cómo se siente alguien al acostarse allí. Quizás de ese dolor, de ese dolor de ver la soledad de los colchones de vidrieras es que provenga uno de mis sueños más anhelados: trabajar en una colchonería como modelo. Pero no cualquier modelo, sino uno que duerma en colchones de escaparates.
 
- ¡¿Un modelo que duerma en los colchones que tenemos en vidriera?!, -preguntó el dueño del local.

- Sí, señor… lo que se dice un dormidor. Lo que usted necesita es un dormidor. Alguien que duerma en sus colchones cuando el comercio esté abierto, para que la gente vea por la vidriera lo cómodos que son y sienta qué bien se duerme en sus colchones.

- ¿Pero cómo haríamos algo semejante? Nunca se hizo esto.

- Señor, yo nací para esto.

- ¿Para dormir?

- ¡No! Para impedir la soledad de los colchones de vidrieras.

- Usted está loco.

- No, mire… Qué mejor manera de venderlos que mostrar a alguien durmiendo placidamente sobre uno de sus colchones. Basta ya de mostrarlos ahí solitos. Si le ponemos un modelo arriba que duerma, se venderían como pan caliente, hombre. Y yo puedo hacer ese trabajo, nací para esto. No tengo el sueño leve, así que nadie deberá cuidarse en la tienda de hablar en voz alta porque no me despierto por nada. Tampoco ronco, quédese tranquilo con eso. Y póngame el pijama que quiera.

- Don Bruno… -suspiró el hombre- ¿usted me está pidiendo que le pague por dormir?

- Si lo quiere ver así…

Nos pasamos más de dos horas hablando. Pude desplegar todos los argumentos que vengo tejiendo desde que caminaba del brazo de mamá y descubrí la soledad de los colchones en las vidrieras; tenía –tengo- armado todo el modelo de promoción y venta en mi cabeza con el nuevo sistema y cómo eso aumentaría la rentabilidad del negocio. El dueño del local comenzaba a escucharme de otra manera. Parecía estar entendiendo la cosa. Le hablé de lo que en marketing se conoce como experiencias de marcas, atributos diferenciales, que hoy lo que verdaderamente importa es lo que un producto te hace sentir, etc, etc…
 
Con tantas argumentaciones y cifras que le tiré en la mesa, el hombre aceptó finalmente una pequeña prueba: desde la próxima semana seré el nuevo dormidor de los colchones 'Romance Rélax' exhibidos en la vidriera de la casa central. Estaré a prueba durante un mes, con sueldo mínimo, durmiendo todas las mañanas en el local de microcentro, de 8.30 a 13.30, aprovechando ahora que hay tanta gente haciendo compras para navidad en las calles. Eventualmente me llamarían por la tarde a dormir unas horas. Eso sí… si la cosa anda bien, me haré cargo de todas las vidrieras de la colchonería y pondré modelos dormidores en cada sucursal. Y si Dios quiere y la cosa sigue funcionando, hasta tendré una agencia de dormidores, haremos estrictas selecciones de modelos, analizaremos ronquidos y niveles de mal aliento al despertar, cuidaremos cada detalle al máximo con el único objetivo de erradicar la insoportable soledad con la que los colcohnes son exhibidos en las vidrieras de esta ciudad. Por supuesto, cuando todo eso ocurra, tendré un socio. Acabo de hablar con Adolfo Valentín. Aceptó encantado.

jueves 11 de noviembre de 2010

De azúcar y biscochitos

Esa mañana de octubre nos despertamos temprano. María fue a la cocina y puso la pava para el mate y yo me fui hasta lo de doña Amanda a comprar un paquete de yerba y otro de biscochitos que  tanto le gustaba. Me acuerdo bien de esa mañana porque ese día María decidió, de pronto, que le gustaba el mate dulce. Siete años conviviendo bajo un mismo techo, tomando mate amargo todas las mañanas y tardes de nuestros días, y nunca, nunca una pizca de azúcar. Pensé que sería uno de ésos caprichos repentinos que a veces le venía a María… pero ésta vez parecía diferente. En esta casa nunca hay azúcar, se quejó mientras buscaba en latas y potes de vidrios por toda la cocina, derribando las pocas monedas que guardábamos para las compras menores en el almacén de doña Amanda. Y era verdad, en nuestra casa nunca había azúcar porque no la necesitábamos. Pero a María se la notaba nerviosa y exaltada. No era para menos, la noche anterior habíamos discutido feo. Nada fue lo que soñamos al juntarnos. Ni la casita propia, ni el jardín con jazmines y verduras, ni el sueldo fijo a fin de mes, ni siquiera la revolución o el bebé que nunca llegaría porque no nos animábamos a traer al mundo un hijo en condiciones tan precarias.
 
María trabajaba por horas cuando en la casa de la señora Francinet había alguna fiesta con invitados, cosa que casi siempre ocurría dos veces por semana. Yo hacía lo que Don Mario me pidiera en las fincas que tenía en las afueras de la ciudad. Ambos patrones eran buenos con nosotros, siempre nos tenían en cuenta para que los ayudáramos y el poco dinero que ganábamos nos alcanzaba para vivir. Pero esa noche a María se le pelaron los cables. Quizás venía acumulando bronca, no se. Yo no pude darle la vida que soñamos juntos y ella hizo del silencio su mejor arma de resignación. Por eso no me sorprendió que de un día para otro explotara y decidiera que el mate amargo no le gustaba más. Esos enojos repentinos yo se los permitía a María sin oponer resistencia, por algún lado tenía que salir la frustración de una vida de sueños rotos y esa rebeldía tan de ella que me enamoró cuando la conocí hace nueve años en la puerta del baile tropical de los López, haciendo un escándalo insólito por el alto valor de las entradas. Manga de capitalistas, no saben con quién se metieron, gritaba ella desde la vereda sin saber que ahí mismo estaba yo haciendo la fila para entrar al baile pero que al escucharla decidí invitarla a tomar una gaseosa en lo de Huguito en vez de entrar a lo de los López y emborracharme. Esa noche María me contó que estuvo en Lacandona varios años por amor a un novio que había tenido. Nunca pudo ver a Marcos pero, según me dijo, él estaba siempre cerca. Después, al separarse, decidió volver y empezar de cero. Había algo en sus ojos que me quemaba mientras me contaba sus historias de revoluciones y mundos que se sueñan posibles, a esa hora de la noche en que reinan el tabaco y la palabra.

De todo eso me acordaba mientras leía un diario viejo sobre la mesa de la cocina esa mañana de octubre. Si querés azúcar andá a comprar, le dije, y María se puso las sandalias rojas y salió diciendo ya vuelvo. Fui a encender otra vez el fuego, puse otra pava para el mate y salí a la puerta para esperar a María.

Esa mañana de octubre fue la más larga de todas. La espera comenzó a pudrirse adentro mío. Salí a la calle entonces, pregunté a los vecinos y nadie sabía responderme dónde estaba María. Fui al bar de la esquina, al hospital, al billar de don Alberto. Llegué hasta la estación parando en cada kiosco del trayecto, la busqué en los baños, en los mostradores, en cada andén. Caminé casi toda la ciudad buscándola como un loco sin encontrar rastros de María mientras ya se hacía de noche, mi pobre María, mi negrita revolucionaria, dónde te metiste me querés decir, dónde andarás a estas horas, tontita, por qué tuviste que irte así, a buscar azúcar en cualquier parte, si aquí al frente había... y sino en algún lugar encontraríamos, claro que sí, y te lo preparo yo al mate, vas a ver qué rico me sale, mi María, mi negrita rebelde, dónde estarás ahora, por qué te dejé ir así… pero qué tarado, cómo no me dí cuenta que sólo querías un poquito de azúcar, sólo un terroncito nos hubiera hecho tan felices, mi negrita linda, un poquito de azúcar nada más, de azúcar para nuestro mate, para nuestro mate con biscochitos.