miércoles 30 de septiembre de 2009

Las nueve en punto

Todavía sudados y agitados recogimos la ropa desparramada por el suelo. Muy de prisa comenzamos a vestirnos otra vez, y recién cuando miré por la ventana entendí por qué se empañan los vidrios cuando se hace el amor en pleno invierno.

- Quedate un rato más-, dijo ella.
- En veinte minutos sale el tren… no puedo quedarme-, dije yo.
- Pero si salís en el de las ocho no va a pasar nada; él vendrá recién a las nueve en punto.
- Sabés que no puedo, lo supiste siempre… ¿Qué ganás con una hora más si no podemos cambiar nuestro destino?
- ¿Y quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino, Bruno?
- ¡El mismo destino, que lo parió!

Inés me miró con esos ojos tristes, semidesnuda. La ventana seguía empañada por el brutal contraste de temperaturas, y su cuerpo aún llagado de apresuradas pasiones intentaba reanimarse de a poco. El aire espeso de la habitación parecía cortar nuestras respiraciones y el movimiento mínimo de vestirse nos fatigaba como una maratón. Aunque habíamos pasado la tarde juntos, una adolescente fatalidad hizo que nuestros cuerpos se encontraran recién al anochecer, minutos antes de mi partida. No nos dimos cuenta de que a veces es el tiempo el aire que suele avivar el fuego de las pasiones. Por eso en ese momento todo supo a poco, como en cada encuentro. Y ya no quedaba más que correr hacia la estación y llegar a tiempo a ese tren que me llevara de regreso a la lejanía cómoda e irrenunciable de mi hogar y mi mujer.

Recuerdo que no esperamos al ascensor y bajamos directo por las escaleras. Yo iba más de prisa que ella que hacía lo posible por seguirme pero no aguantaba, se quedaba atrás, cansada.

- Si seguimos tu ritmo no llego a la estación y pierdo el tren-, dije sin aire.
- Bueno andá, andá Bruno… yo me quedo acá, no puedo correr así… andá- dijo, extenuada y rendida, con los brazos caídos.

Antes, habíamos jurado que ése iba a ser el último encuentro. Así que nos despedimos ahí nomás, con un beso en la frente, de ésos que se dan cuando se dice adiós y para siempre. Ella se quedó parada, exhausta, mirándome alejarme de su vida en una esquina. Yo corría sin ganas y el aire polar me entraba como un acero helado por las entrañas. Miré una sola vez hacia atrás y ella, apoyada en una pared, intentó disimular el desencanto con una sonrisa forzada que no creí. Alguien había escrito ese final y nosotros no pudimos editarlo. No merecíamos –nadie merece- un final así de abrupto, así de lacerante. Cinco minutos antes habíamos estado desnudos en un mundo perfecto para los dos. “Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiéramos conocido antes de casarnos”, solía repetirme Inés, tendida boca arriba en el sofá, mientras fumaba el cigarrillo típico del después en cada uno de nuestros secretos encuentros.

Cuando llegué a la estación, el tren ya estaba partiendo. Logré saltar y entrar, y me hundí en la butaca de inmediato a atrapar un poco de oxigeno. Miré hacia fuera cómo todo se me escapaba de las manos entre las vías, incluso su imagen borrosa pidiéndome me quedara una hora más, como si en ese lapso estuviera oculta la felicidad. Lo único sensato que podía hacer, entre toda la insensatez de nuestra historia, era tomar ese tren de regreso a mi casa y a mi destino conyugal ya determinado, con ese silencio resignado de cadalso que amordaza cualquier expectativa de movimiento y resucitación.

Del otro lado, todo sucedió demasiado pronto como para que ella comprendiera. Miró el cielo con los ojos bien abiertos, como quien los airea para evitar el brote de las lágrimas, tragó otra vez el nudo en la garganta y regresó a su casa a preparar la cena para su marido, pronto al caer. Era el momento exacto de la tarde en que el día y la noche deciden encontrarse; ese minuto irrepetible, misterioso en el que ambos bajan la guardia y se encuentran para rozarse, coquetear con la eternidad. La noche llega, el día se va, y debajo de todo, sumida en su soledad, Inés buscaba todas las explicaciones de la insensatez en una sartén ardiendo de aceite donde ahora preparaba unos spaguettis alla carbonara para su marido. Minutos atrás, antes de que la noche viniera, nuestros cuerpos habían sido una sola cosa a metros de esa cocina, como ahora lo eran el sol y la luna, el día y la noche, la vida y la muerte, que se repite obstinadamente sobre el pozo de aire y tiempo de las horas.

Todavía no estaba del todo oscuro cuando decidí bajarme del tren abruptamente. “¿Quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino?”, resonaba en mis oídos aturdidos. “Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiéramos conocido antes de casarnos”, taladraba mi desánimo. Todo sonaba a provocación para un orgullo demasiado grande como el mío. Quería darle una respuesta, una lección al porvenir. Me bajé entonces en la tercera parada aprovechando un desperfecto del tren. Sentía liberarme de todo el peso de la culpa mientras corría de regreso hacia ella. Quería encontrarla, abrazarla, escribir con mis manos un destino propio, no determinado, para los dos. Los faroles de las veredas se encendían. La ciudad y sus habitantes seguían su ritmo habitual, indiferentes a mi carrera contra el tiempo. Quién dijo que no podemos cambiar nuestro destino. Quién.

Cuando llegué, encontré la puerta abierta y un fuerte olor a quemado bajaba por las escaleras. No esperé el ascensor. Subí desandando lo que hace un rato nomás habíamos andado juntos escalón tras escalón, hasta que llegué al pasillo del quinto piso y ví un hilo de aceite colorado avanzando por el suelo. Siento claramente que la abrazo, que no me alcanzan las manos para absorber su pelo, su cabeza. También sé que balbuceo palabras, aquí estoy, quisiera intentarlo, no tengamos miedo, quién sabe un día, no llores más, sí tonta… me bajé en la tercera, aquí estoy, ya nadie nos separa vas a ver.

Grité su nombre y entré al departamento, resbalé con el aceite y caí justo a su lado. Inés apenas respiraba en el suelo; agarré con mis dos manos abiertas y bien fuerte su rostro empapado de aceite caliente y sangre fría, como si la muerte o el destino pudiera evitarse con dos manos que oprimen lo irreversible. “Qué suerte que viniste, Bruno… tenemos tanto de qué hablar”, me dijo temblorosa, con voz ronca, justo antes del suspiro final. Miré el reloj. Eran las nueve. Las nueve en punto.

martes 15 de septiembre de 2009

La Fe al mediodía

La una de la tarde suele ser una hora crítica para alguien que ha dormido apenas dos horas como yo la noche anterior y que, por el ajetreo laboral, desayunó mal y a las apuradas. El malhumor es algo que sobreviene entonces con la fuerza de una catarata amarga preñada de hambre y de sueño y de no me toques que te reviento, y te cachetea sensiblemente el estado de ánimo convirtiéndote en alguien en carne viva, realmente peligroso para la sociedad.

Digamos que así de irritable me subí al taxi ése mediodía con la sola idea de llegar a casa, comer algo y descansar un poco. En condiciones normales, soy un gran conversador sentado en un taxi. Los taxistas son el termómetro de la sociedad, de la calle y me gusta entrevistarlos, indagarlos. No soporto el silencio entre ellos y yo. Es algo que me pone realmente incómodo además. Pero ésta vez, tan vapuleado e intolerante, sólo atiné al buen día, lléveme a tal parte, y al abandono de nuestra relación.

De todas formas, convengamos que si el pasajero –es decir, yo- se sube al coche con una vistosa férula en su pierna derecha que le llega hasta la rodilla y apenas puede caminar producto de una lesión jugando al fútbol por querer hacerse el habilidoso llegando a los treinta, no se puede pretender no hablar de nada. La curiosidad habitual y característica de los taxistas iniciará la conversación ya sabemos por dónde.

- Te caíste con la moto?-, me dijo el conductor
- No, jugando al fútbol. Distensión de ligamentos. Un mes con esta mierda. Ya no la soporto.
- (Risa) Hay cosas peores che…
- Sí –pensé yo- es cierto, pero es lo que hay...

Dialogo iniciado. No había con qué darle. Me sale naturalmente. Se sabe, eso de la falta de comunicación entre tacho y pasajero…

- Sabés hermano?, hay una frase que dice: “me quejaba porque no tenía zapatos, mientras otros no tenían pie”.

¡Cagamos!-, pensé. Un loco que se la da de filósofo, y con frases como éstas. A esta hora del mediodía, y yo con hambre y sueño. Sólo a mí.

- Siempre estamos quejándonos de todo –prosiguió Bucay-. Que el frío, que el calor, que la lluvia, que el gobierno, que la Selección… No somos felices, hermano. No somos felices.

Lo que yo menos quería hasta llegar a casa era pensar en algo. Y este señor, sin pedirme permiso, manoseó mi mente vaya a saber con qué fines, violando la intimidad de mi letargo y haciéndome reflexionar, inexorablemente, sobre la vida y lo tan infelices que somos. Giro entonces mi cabeza para mirar al atrevido. Me hablaba sin quitar sus ojos de la calle, con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventana. Hay que decirlo: el tipo tenía una mirada transparente, una paz interior que le dicen. Comencé a hacer una inspección ocular en el interior del roído Renault 9. Estaba bastante machacadito y polvoriento. La austeridad lo era todo ahí adentro. Nada de muñequitos colgando, ni adhesivos ni imágenes de San Expedito. Lo que sí veo es una Biblia, tapa negra de cuero, letras doradas, aunque gastada, bastante gastada. A la par, las moneditas para dar el vuelto. En eso, me interrumpe:

- Yo era así, hermano. Me quejaba de todo. No era feliz. Mi mujer no me soportaba, mis hijos… menos. Hasta que un día entendí que todo lo que nos sucede en la vida es porque así lo quiso Dios. Ese día dejé de ser el mismo. Cambié, hermano.

Al señor se le notaban ganas de hablar; nada raro para un taxista argentino. Pero no se por qué razón, cuando el hombre me decía “hermano” me sonaba a esos pastores brasileños de la iglesia universal. Igualmente el hombre era bien tucumano. Se me ocurrió meter un bocadito para tirarle la lengua y llegarle al corazón:

- No somos dueños –le dije- no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra propia vida.
- ¡Eso es, hermano! ¡Eso es!-, levantó la voz, mirándome por primera vez- . “Rendíos ante el Señor de la historia porque sólo Él permanece, en sus manos está lo oculto y profundo de la tierra”-, citó de memoria, levantando las manos.

A la mierda… con salmo y todo. Por lo menos no me cuenta sus aventuras sexuales con hombres, travestis y/o animales, algo tan común y, por lo visto, necesario de contar para los taxistas argentinos. Tantas veces tuve que escuchar cada cosa sin querer escucharlo, por qué habría de renegar ahora con este buen hombre. Al fin y al cabo, yo también soy creyente, sus palabras me sonaban de algún lado y, además, cada uno con su fe.

Manotea la Biblia negra, la levanta, la muestra:

- Aquí, hermano… aquí está todo escrito. Si el hombre supiera que aquí están todas las respuestas no viviría como vive, quejándose de todo.

A esta altura no sabía si lo decía por mí, por mi férula o por la humanidad en general. A las cosas que lleva una conversación trivial iniciada a causa de una lesión en una pierna, pensé. Tan inesperado como reconfortante, dadas las circunstancias, fue el dialogo con este buen hombre. Demasiado para un viaje tan corto. Demasiado para alguien que ha dormido dos horas la noche anterior, que tiene hambre y sueño, y poca… demasiada poca Fe a la una del mediodía.

martes 23 de junio de 2009

El juego

Comenzó casi sin que nos diéramos cuenta. El primer roce fue incómodo como un trocito de carne entre los dientes. Después nos fuimos acostumbrando. Le encontramos el gustito como a todo; como a la tribuna repleta donde siempre jugábamos el juego, allí donde los cuerpos se convierten en una goma esponjosa que se pegotea en el que está al lado y se transforma en una masa informe de hinchas de fútbol. Siempre jugábamos así, bajo esas circunstancias, sino no tendría sentido. Los pozos de aire y espacio en una tribuna vacía nos habrían separado de inmediato con la complicidad de la vergüenza. A cancha llena no podíamos poner excusa, terminábamos rozándonos sí o sí en la tribuna de calle Laprida.

Todavía recuerdo la primera vez. Era uno de los primeros partidos del campeonato. Fui con el Turco, amigo y compañero de tribuna. Siempre delante de mí en el escalón de abajo, yo me apoyaba en sus hombros cada vez que venía una avalancha o un grito de gol enardecido. A mi lado estaba ella, casi con la misma posición, sólo que adelante estaba su hermano. Sus manos posaban sobre los hombros de él al igual que las mías sobre los del turco, que servían también de apoyo cuando la cosa se desbordaba por alguna jugada arriesgada de nuestro equipo.

Fue en un tiro de esquina creo. Estirábamos nuestros cuellos como jirafas para poder apreciar el remate entre tanta gente, banderas y papelitos. Justo antes de que el jugador rematara el balón hacia el área en busca de algún cabezazo, sentí el dedo meñique de su mano izquierda subirse despacito al dedo meñique de mi mano derecha. Primero el desconcierto… una incomodidad de basurita en el ojo, luego mirar de reojo sin saber si el dedito montado sobre el mío era producto de una casualidad lógica entre multitudes, o una intención premeditada de querer abrir la puerta para salir a jugar. Fue un segundo, pero duró una eternidad. Su dedo se subió al mío como queriéndolo jinetear y con una leve presión muscular lo oprimió con fuerzas. En el césped, el balón fue directo a la cabeza de Páez para luego pasar rozando el travesaño provocando una avalancha ensordecedora donde, estoy casi seguro, su meñique aprovechó el impulso de la multitud para subirse al mío que –ni lento ni perezoso- lejos de quitarse el peso de encima, se quedó quietito al calorcito de su tersa piel.

Ésa fue la primera vez que jugamos el juego. Ya en los partidos posteriores nos ubicaríamos siempre en la misma fila y a la misma altura, sin decirnos nada. El juego tenía esa regla implícita: no decirnos nada, simplemente jugar. El Turco nunca se daba cuenta de nuestras maniobras. Estaba muy atento al partido y no podía enterarse de que su hombro era nuestro parque de diversiones. Sólo una vez, en un entretiempo, miró hacia atrás y yo me hice el tonto, claro.

Ella tenía la piel trigueña, era bajita y usaba collares de colores; masticaba chicle con fuerza y precisión. No debe haber tenido más de 20 años. Nunca me animé a decirle nada; a lo sumo, movía mi dedo meñique en busca del suyo y así jugábamos un rato. Una tarde lluviosa y fría decidió ir con guantes. Mis manos estaban casi congeladas y yo saltaba y cantaba como nunca en busca de calor. Ese día su dedo se quedó más tiempo que de costumbre sobre el mío, dándome lo que buscaba, y quizás también algo más. Estuve a punto de mirarla y decirle lo que pensaba, pero justo el Pulguita encaraba mano a mano al arquero y metía el tercer gol de la tarde para el delirio de la hinchada. Recién en la decimoquinta fecha -ya hacía calor- me animé a regalarle un vaso de gaseosa antes de que comenzara el partido. Cuando le alcancé el vaso, sus dedos se pegaron a los míos y se detuvieron unos segundos junto a esa frescura descartable con sabor a coca. Sonreí nervioso, ella agradeció con un gesto noble parecido a una caricia.

La cosa se complicó un poco cuando el hermano comenzó a sospechar. Entonces durante un par de partidos decidimos –tácitamente- suspender el juego. En ese lapso, el Turco se lesionó la rodilla en un picado con amigos y dejó de ir a la cancha, con lo cual yo no tenía hombro conocido donde apoyarme. En la clandestinidad inferior de nuestras cinturas, uno al lado del otro, nuestros dedos se enlazaron con osadía, desafiando como nunca antes la sospecha y proximidad del hermano. Nos divertíamos tanto… a veces se nos escapaba una carcajada. Y si eso ocurría durante una jugada peligrosa del rival, los demás nos miraban con un enojo que te la devo dire. Aún así, casi nadie podía sospechar lo que pasaba entre nosotros: ese juego mínimo, tácito, anónimo quizás, de deditos que se entrelazan y se tocan como si tuvieran vida propia en un universo de decisiones que no tomamos. Tal vez como dos hormiguitas negras picoteando un arenal.

Después vino la etapa de los mensajes. Los escribíamos con las uñas en nuestras manos, invisibles para la multitud pero no para nosotros que sentíamos el surcar de nuestros dedos en la piel como un dialecto rupestre y nómade que sólo nosotros podíamos comprender. Ahí la cosa se puso linda. “No puedo evitar tocarte” escribió ella con dificultad sobre mi mano transpirada. “No me culpes por lo que hagan mis dedos”, agregué en la suya, tembloroso, con mis uñas recién cortadas. La emoción del partido a punto de finalizar nos envolvía. Era el último de la temporada y no podíamos esperar dos meses hasta que empiece otro y jugar de cero. Con un poco más de presión y completamente decidido, di una última estocada sobre su mano trigueña: “esta noche, como sea, tu teléfono, te llamo”. Ella leyó a las apuradas prestando más atención al campo de juego que a su mano. Sonrió y me dijo “todo a su tiempo” al oído, casi rozando su diminuta boca en el cartílago de mi oreja derecha. El árbitro se pone el silbato a la boca, está a punto de finalizar el partido. Todos cantan “dale campeón”, la tribuna tiembla y nuestros dedos se estremecen juntos, cuerpo a cuerpo, graciosos, contentos, sudados de emoción aunque acaso presumiendo el final.

Entonces escribe números en mi mano. Siempre con su dedo meñique y sus uñas comidas y mal pintadas. Siento el cosquilleo de una posibilidad dibujándose –por fin- sobre mi mano derecha. Casi todo estaba escrito ya entre nosotros. Faltaban apenas unos números. Todos gritan como locos, papelitos por los aires, las banderas que flamean, los fuegos artificiales en el cielo. ¡Somos campeones!, le grito al Turco visiblemente emocionado. Nos fundimos en un abrazo eterno. Levanto con fuerzas mis puños cerrados hacia lo alto; ella me mira como ofendida, seria, vulnerada y apuñalada en lo más hondo de su orgullo… mira mis puños con el ceño fruncido yéndose al cielo. Acaso no puede creer lo que ve… los números que ella finalmente dibujaba en mi mano como una posibilidad de encontrarnos esa noche en otro lugar, se confunden con los papelitos en el aire y vuelan desperdigándose por todo lo alto. Mis puños cerrados sienten como una cascarita que se desprende de la piel, como esas cicatrices que nos gustaba raspar de niños. Entonces la pierdo de vista, comienzo a buscarla y a gritarle en vano entre tanto ruido; el vaivén impune de la multitud me lleva a su antojo de aquí para allá y no tengo control sobre mis movimientos… yo sólo quiero encontrarla, mirarla a los ojos, pedirle perdón por haber arrojado tan lejos y sin quererlo, nuestra única y verdadera posibilidad de futuro… o de que, al menos, nuestros cuerpos sean finalmente como dos dedos que se tocan, casi sin querer, en la inesperada disponibilidad de un juego ocasional.